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    Uno de mis pacientes, un veterano que había intentado dejar de fumar durante más de una década, me contó que después de empezar a tomar un fármaco GLP-1 para su diabetes perdió el interés por los cigarrillos. No usó parches. No fijó una fecha para dejarlo. Simplemente perdió el interés. Ocurrió sin esfuerzo.

    Otro paciente que tomaba uno de estos medicamentos para bajar de peso me dijo que el alcohol había perdido su atractivo, después de años de intentos fallidos por dejarlo.

    Personas que luchan con muchas adicciones, desde opioides hasta el juego, están reportando experiencias similares en clínicas, en redes sociales y en conversaciones cotidianas. Ninguna de ellas empezó a tomar estos medicamentos para dejar sus hábitos. Este patrón de personas que pierden el deseo por una amplia gama de sustancias adictivas no tiene precedentes en la medicina.

    Pero mis pacientes me estaban dando una pista importante. Las personas que toman medicamentos GLP-1 suelen hablar de la desaparición del “ruido alimentario”: ese diálogo mental constante sobre la comida que dominaba sus días simplemente se apaga. Pero mis pacientes señalaban que no era solo la comida: también notaban que la obsesión por fumar, beber o consumir drogas —que hace que las personas recaigan a pesar de sus mejores intenciones de dejarlo— también se estaba silenciando.

    Como médico cuyos pacientes suelen tomar medicamentos GLP-1, y como científico que trabaja en responder preguntas urgentes de salud pública —desde el COVID prolongado hasta la seguridad de los medicamentos— vi un problema evidente. Muchas adicciones no tienen tratamiento aprobado. Los pocos medicamentos que existen están muy infrautilizados, y ninguno funciona para todas las sustancias. La idea de que un fármaco que ya toman millones de personas pudiera hacer algo que ningún tratamiento contra las adicciones ha logrado antes era demasiado importante para ignorarla.

    Mi equipo y yo nos propusimos probar si los medicamentos GLP-1 —fármacos como la semaglutida (Ozempic y Wegovy) y la tirzepatida (Mounjaro y Zepbound), desarrollados originalmente para la diabetes y luego aprobados para la obesidad— podrían hacer lo que ningún tratamiento actual para las adicciones logra: reducir el deseo mismo.

    La evidencia sugiere con fuerza que sí pueden hacerlo.

    Base biológica del deseo

    La hormona que imitan estos medicamentos —GLP-1— no solo se produce en el intestino. También actúa en el cerebro, donde los receptores a los que se une se concentran en regiones que regulan la recompensa, la motivación y el estrés: los mismos circuitos que son alterados por la adicción. A dosis terapéuticas, los medicamentos GLP-1 atraviesan la barrera hematoencefálica y reducen la señalización de dopamina en el principal centro de recompensa del cerebro, haciendo que las sustancias adictivas resulten menos gratificantes.

    Los medicamentos GLP-1 parecen inhibir el deseo por varias sustancias en distintos modelos animales. Por ejemplo, los roedores que reciben estos fármacos consumen menos alcohol, se autoadministran menos cocaína y muestran menor interés por la nicotina. Cuando investigadores administraron semaglutida a monos vervet verdes —primates que beben alcohol voluntariamente de manera similar a los humanos— los animales bebieron menos sin mostrar signos de náusea ni cambios en el consumo de agua. Esto sugiere que el fármaco redujo el valor de recompensa del alcohol en lugar de provocar malestar.

    De los animales a las personas

    Para saber si estos medicamentos tienen un efecto similar en humanos, recurrimos a los registros electrónicos de salud de más de 600,000 pacientes con diabetes tipo 2 del Departamento de Asuntos de Veteranos de Estados Unidos, una de las mayores bases de datos sanitarias del mundo.

    Diseñamos un estudio que aplicó el rigor de los ensayos clínicos aleatorizados —el estándar de oro en medicina— a datos del mundo real. Comparamos a personas que comenzaron a tomar medicamentos GLP-1 con otras que no lo hicieron, ajustando por diferencias en historial médico, demografía y otros factores, y seguimos a ambos grupos durante tres años.

    Mi equipo y yo planteamos dos preguntas. Para las personas que ya luchaban con una adicción, ¿los medicamentos reducían las sobredosis, las hospitalizaciones relacionadas con drogas y las muertes? Y para quienes no tenían un trastorno por consumo de sustancias previo, ¿los GLP-1 reducían el riesgo de desarrollarlo en las principales sustancias adictivas: alcohol, opioides, cocaína, cannabis y nicotina?

    Los resultados fueron llamativos. Entre quienes ya tenían una adicción, hubo 50% menos muertes relacionadas con el consumo de sustancias entre quienes tomaban medicamentos GLP-1 en comparación con quienes no los tomaban. También encontramos 39% menos sobredosis, 26% menos hospitalizaciones relacionadas con drogas y 25% menos intentos de suicidio. En tres años, esto se tradujo en aproximadamente 12 eventos graves menos por cada 1,000 personas que utilizaban GLP-1, incluyendo dos muertes menos.

    Reducciones de esta magnitud son poco comunes en la medicina de las adicciones, y lo notable es que provienen de medicamentos diseñados inicialmente para la diabetes, posteriormente reutilizados para la obesidad y nunca pensados para tratar adicciones.

    Los medicamentos también parecieron prevenir que la adicción se desarrollara en primer lugar. Entre personas sin trastorno previo por consumo de sustancias, quienes tomaban GLP-1 tuvieron un riesgo 18% menor de desarrollar trastorno por consumo de alcohol, 25% menor de desarrollar trastorno por consumo de opioides y cerca de 20% menos riesgo de dependencia a la cocaína y la nicotina. En tres años, esto se tradujo en aproximadamente seis o siete diagnósticos nuevos menos por cada 1,000 usuarios de GLP-1.

    Con decenas de millones de personas que ya utilizan estos medicamentos, las reducciones en muertes, sobredosis, hospitalizaciones y nuevos diagnósticos podrían traducirse en miles de eventos graves evitados cada año.

    Evidencia convergente

    Nuestros hallazgos coinciden con un creciente cuerpo de evidencia.

    Un estudio nacional en Suecia con 227,000 personas con trastorno por consumo de alcohol encontró que quienes tomaban medicamentos GLP-1 tenían un riesgo 36% menor de hospitalizaciones relacionadas con el alcohol. Esto es más del doble de la reducción de 14% observada con la naltrexona, que fue el medicamento aprobado más efectivo para tratar el trastorno por consumo de alcohol en ese análisis. Otros estudios observacionales han vinculado los GLP-1 con tasas más bajas de nuevos casos y recaídas en el trastorno por consumo de alcohol, menos diagnósticos y recaídas en el consumo de cannabis, menos visitas médicas por dependencia a la nicotina y menor riesgo de sobredosis por opioides.

    Mientras tanto, ensayos clínicos aleatorizados que prueban directamente si estos medicamentos ayudan a personas con adicciones también muestran resultados prometedores. En un ensayo, la semaglutida redujo tanto el deseo como el consumo de alcohol en personas con trastorno por consumo de alcohol. En otro, la dulaglutida redujo el consumo de alcohol. Más de una docena de ensayos adicionales están en marcha o reclutando participantes, y varios más están planificados.

    El futuro del tratamiento de las adicciones

    Los medicamentos GLP-1 son el primer tipo de fármaco que muestra un posible beneficio en múltiples tipos de sustancias al mismo tiempo. Y, a diferencia de los medicamentos actuales para las adicciones —que suelen ser recetados por especialistas y siguen estando muy infrautilizados— los GLP-1 ya se prescriben a gran escala por médicos de atención primaria. El sistema para llegar a millones de pacientes ya existe.

    La consistencia de los efectos de los GLP-1 en alcohol, opioides, cocaína, nicotina y cannabis sugiere que estos fármacos podrían actuar sobre una vulnerabilidad compartida que subyace a la adicción, y no sobre una sola vía específica de una sustancia. Si se confirma, esto representaría un cambio fundamental en cómo la sociedad entiende la adicción y cómo los médicos la tratan.

    Aun así, quedan algunas preguntas sin resolver sobre cómo estos medicamentos afectarían la adicción. Muchas personas que toman GLP-1 para tratar la obesidad o la diabetes dejan de utilizarlos; después, su apetito suele regresar y recuperan el peso perdido. No está claro si el mismo efecto de rebote ocurriría con la adicción, ni qué significaría para alguien en recuperación enfrentar nuevamente un fuerte deseo. Tampoco está claro si los beneficios se mantienen tras años de uso continuo, o si el cerebro se adapta de manera que reduzca esos efectos.

    Además, debido a que los medicamentos GLP-1 actúan sobre los circuitos de recompensa del cerebro —el mismo sistema que regula no solo el deseo sino también la motivación cotidiana— su uso prolongado podría, en teoría, disminuir el impulso motivacional en algunas personas. Si esto podría afectar resultados en la vida real, como la iniciativa, la competitividad o el desempeño laboral, sigue siendo una cuestión abierta.

    Qué sigue

    Los medicamentos GLP-1 no han sido aprobados para tratar adicciones, y todavía no hay suficiente evidencia para recetarlos únicamente con ese propósito. Pero para millones de personas que ya están considerando iniciar un GLP-1 para la diabetes, la obesidad u otra indicación aprobada, es un factor adicional que vale la pena considerar.

    Un paciente con diabetes que también intenta dejar de fumar podría razonablemente elegir un GLP-1 en lugar de otro medicamento para reducir la glucosa, no porque esté aprobado para dejar el tabaco, sino porque podría ayudarle a lograrlo, un beneficio que otros fármacos para la diabetes no ofrecen. De manera similar, para personas con obesidad que también tienen dificultades con el alcohol, el posible beneficio más allá de la pérdida de peso podría ser otra razón para considerar un GLP-1.

    Si ensayos adicionales confirman que estos medicamentos reducen eficazmente el deseo por distintas sustancias adictivas, podrían comenzar a cerrar una de las brechas de tratamiento más importantes de la medicina. Y el avance más prometedor en el campo de las adicciones en décadas no habría surgido de una búsqueda deliberada, sino de pacientes que reportaron un beneficio que nadie esperaba. Como mi paciente que dejó de fumar después de toda una vida intentándolo, ocurrió sin esfuerzo.

    *Sobre el autor:

    Ziyad Al-Aly es epidemiólogo clínico en la Universidad de Washington en St. Louis.

    Este texto fue publicado originalmente en The Conversation.

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