Por Juan Pablo Ríos y Valles Boysselle*
Cada periodo vacacional repite la misma escena: familias haciendo maletas, carreteras llenas, prisas por salir y una larga lista de pendientes de última hora. Se revisa el tanque de gasolina, se aparta el hospedaje, se cargan los celulares y hasta se piensa en los snacks para el camino. Pero hay un detalle que demasiadas veces queda relegado, como si fuera menor, cuando en realidad puede ser la diferencia entre llegar bien o no llegar: el estado de las llantas.
En México, hablar de seguridad vial casi siempre nos lleva al exceso de velocidad, al cansancio al volante o al uso del cinturón. Y sí, todo eso importa. Pero pocas veces se dice con la claridad necesaria que las llantas son el único punto de contacto entre el vehículo y el pavimento. De su presión, de su desgaste y de su capacidad de agarre depende buena parte de la estabilidad del auto, de la distancia de frenado y del control en una maniobra de emergencia. No es un accesorio: es una condición básica de seguridad.
El problema es que muchos automovilistas siguen viendo las llantas como un gasto que se pospone hasta que ya no hay de otra. Mientras el coche avance, se asume que todo está bien. Sin embargo, una llanta desgastada o con presión incorrecta no suele avisar con dramatismo: simplemente responde peor cuando más se le necesita. Frena a mayor distancia, pierde adherencia en piso mojado, se vuelve más vulnerable a baches y aumenta el riesgo de derrape o incluso de una ponchadura o reventón. En otras palabras, el peligro no siempre está en que el auto no arranque, sino en que no responda a tiempo.
Semana Santa agrava ese riesgo por una razón evidente: en estas fechas millones de personas salen a carretera al mismo tiempo. Eso significa trayectos más largos, vehículos más cargados, altas temperaturas en muchas regiones y caminos que en algunos puntos combinan pavimento caliente, curvas, tráfico pesado o lluvia inesperada. En ese contexto, confiarse por no haber revisado algo tan elemental como las llantas resulta más que un descuido; es una irresponsabilidad que puede salir muy cara.
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La revisión, además, no exige una gran inversión de tiempo ni conocimientos técnicos especializados. Basta con comprobar que las llantas no estén lisas, que no presenten cuarteaduras, golpes o deformaciones visibles, y que la presión sea la correcta de acuerdo con el vehículo. También conviene revisar la llanta de refacción, un elemento al que casi nadie presta atención hasta que ya es demasiado tarde. Parece una recomendación obvia, pero justo ahí está el problema: por obvia, demasiadas personas la ignoran.
Hay algo profundamente cultural en esta omisión. En México todavía normalizamos manejar con llantas “que todavía aguantan”, como si la seguridad pudiera medirse con optimismo. Se posterga la revisión porque “solo será un viaje corto”, porque “ya luego las cambio” o porque “así me fui el año pasado y no pasó nada”. Pero la seguridad no se mide por suerte acumulada. Se mide por prevención. Y si algo debería cambiar en estas vacaciones es esa costumbre de salir a carretera esperando que todo salga bien, en lugar de hacer lo necesario para que, en efecto, salga bien.
Antes de emprender el viaje de Semana Santa, revisar las llantas no debería ser una sugerencia menor al final de una lista. Debería ser una prioridad. Porque cuando una familia se sube a un vehículo para descansar, visitar a los suyos o simplemente tomarse un respiro, lo mínimo que merece es hacerlo con la mayor seguridad posible. Y a veces, esa seguridad empieza en algo tan simple, y tan decisivo, como mirar hacia abajo antes de arrancar.
Sobre el autores:
*Juan Pablo Ríos y Valles Boysselle, Vicepresidente de Relaciones Institucionales, Comunicación y Sostenibilidad de Michelin México y America Central
Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.









