La violencia política y en el corazón de Washington. La cena con la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca es un momento en que la relación de la prensa y el poder político descargan toxinas.
Los presidentes asisten, pronuncian un mensaje que se aparta de los protocolos tradicionales y se aceita una relación difícil, por momentos distante, pero necesaria en democracia.
Se trata, de algún modo, de que los mandatarios muestren que tienen la piel dura y el ingenio suficiente para bromear.
Donald Trump no quiera a la prensa, la considera una molestia y a los medios tradicionales como un obstáculo. Por eso ya era relevante el encuentro, al que el actual presidente no asistió a ninguna cita durante su primer mandato.
En los círculos periodísticos había mucha expectativa, ya que Trump suele salirse de cualquier formato y existía lo posibilidad de inclusive restaurar, aunque fuera en modo mínimo, el diálogo con los grandes medios de comunicación y con los opinadores más relevantes.
La agenda esta sobre cargada, sobre todo por la incierta guerra en Irán, los amagos contra el régimen cubano, el control que se ejerce sobre Venezuela, pero sobre todo la economía, cuyos padecimientos ya se sienten en los bolsillos de los ciudadanos y sus familias.
Las encuestas dan cuenta de las horas bajas que vive Trump, con niveles de aprobación de 38 % y de desaprobación del 58%, y que oscurecen las posibilidades de un triunfo Republicano.
Pero, como se sabe, no hubo tiempo para discurso alguno, Cole Tomas Allen entró al vestíbulo del Hotel Washington Hilton y disparó contra un elemento de seguridad.
Lo detuvieron de inmediato, pero la cena ya no pudo celebrarse.
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Hasta donde se sabe, porque las indagatorias seguirán avanzando, el atacante tenía por objetivo al propio presidente de los Estados Unidos y a integrantes de su gabinete.
Su acción estaba destinada al fracaso, pero vuelve el debate sobre la eficiencia del Servicio Secreto, sobre todo en lo que respecta a su fase preventiva.
Hay lecciones también para la política, porque muestran el costo de la polarización, el veneno que se expande rápidamente sobre diversos estratos de la sociedad.
De ahí que volver a los parámetros del debate ponderado no solo sea una aspiración sino una necesidad para garantizar la gobernabilidad y la paz pública.
Los presidentes de Estados Unidos siempre han estado expuestos a los ataques directos y por ello debería ser una prioridad la de despejar el ambiente, sobre todo en lo que sí se puede construir –o destruir—con la política.
Abraham Lincoln, James A. Garfield, William McKinley y John F. Kennedy murieron asesinados y a otros ocho los trataron de matar en diversos momentos.
Por regla general, los perpetradores don lobos solitarios, lo que dificulta la prevención, aunque el Servicio Secreto es de los más sofisticados del mundo y cuenta con áreas de inteligencia que de modo permanente avalúan los riesgos.
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