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    En el año 1014, el emperador bizantino Basilio II resolvió un problema logístico con una crueldad pocas veces vista. Luego de derrotar al ejército búlgaro, ordenó arrancar los ojos a quince mil prisioneros, dejando un tuerto por cada cien para que guiara a la tropa de regreso a casa. 

    Con esta imagen inicia El ejército ciego, libro de David Toscana, quien fue reconocido con el Premio Alfaguara 2026. La obra, aparte de evidenciar un episodio histórico poco comentado, es un mapa que escarba en el ejercicio del poder y la administración de sus propios fracasos.

    La historia oficial se abalanza con el movimiento de las grandes masas, pero David Toscana es sigiloso con la estadística. “Si el emperador Basilio hubiera mandado cegar a cuatro personas, ni siquiera nos habríamos enterado”. La masificación aporta el peso histórico, pero aleja la empatía. Para encontrar cualquier rastro de humanidad, la literatura y el periodismo están obligados a restituir al individuo la sensibilidad que se le pudo escapar.

    La estrategia de Basilio II encerraba un veneno político de largo aliento. Devolver quince mil cadáveres habría sido más fácil: los muertos se entierran y, eventualmente, los países les erigen estatuas. Pero devolver quince mil ciegos a las plazas de Bulgaria era enviar un recordatorio vivo, doloroso e inevitable de la derrota. El soldado mutilado no inspira otra cosa que una carga moral que evidencia la miseria de quienes declararon la batalla.

    Aquí surge un contraste con la actual alta dirección, ya sea en un corporativo de Santa Fe o en un palacio de gobierno. En la novela, el zar Samuel cae muerto, fulminado por el impacto fisiológico de ver a sus tropas en ruinas. En aquel entonces, los reyes se enlodaban, padecían el mismo frío y esquivaban las flechas que sus soldados burlaban. El liderazgo de hoy opera desde la indolencia. Los empleados son cifras. Se reemplazan como fusibles quemados. Los responsables de las grandes decisiones difícilmente pisan el frente de batalla.

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    David Toscana aborda esta desconexión como un asunto cultural: hace apenas unas décadas, el empresario que formaba un patrimonio le compraba un cajón de bolero a su hijo y lo mandaba a la calle para que tuviera en sus manos el significado de la fricción del trabajo. Pero hoy, las altas esferas aíslan a sus herederos en burbujas a prueba de realidad. La capacidad para sentir vergüenza o dolor ante el sufrimiento de los subalternos parece fracturada junto con la costumbre de caminar por las mismas calles y sentir el pulso de lo cotidiano.

    Esta pérdida de piso produce muy caras miopías. En el aspecto político creíamos tener un pacto civilizatorio, acuerdos y reglas que impedían la barbarie, y como quien decide ir al cine, caen bombas matando civiles. Confiamos en estructuras que prometen velar por la persona y terminan por sabotearla, al grado de que David Toscana sugiere que todos los habitantes del planeta deberíamos tener derecho a votar en las elecciones estadounidenses, pues las decisiones de unos pocos terminan por gobernar la desgracia de todos.

    Ante el despojo de la vista, los personajes de David Toscana descubren que la supervivencia descansa en la palabra, en el oído, en la necesidad de contar lo sucedido para que las bajezas no se diluyan en el olvido. Los griegos veían a la historia como la madre de la educación, el manual de operaciones de la política y la guerra. Hoy, en cambio, parecemos preferir la anestesia y la indolencia tanto en la empresa como en el gobierno.

    Las instituciones contemporáneas invierten tiempo y fortunas en comprar “ojos de cerámica” para cubrir los huecos de los ciegos. Un ejemplo son las fachadas pintadas a toda prisa para el Mundial. Como advierte David Toscana, intentan ocultar ruinas estructurales detrás de un impecable escaparate. 

    Y en nuestro caso, tenemos los ojos intactos, pero elegimos una ceguera voluntaria, pagando a precio de oro el derecho a no mirar las consecuencias de nuestras propias decisiones.

    Sobre el autor:

    Periodista por vocación, provocador por defecto. Eduardo Navarrete es Head of Comms & Press en Fintual México y escribe columnas porque Excel no lo deja expresarse.

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