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    Por Edgar Alonso Angulo Rosas*

    La “mañanera del pueblo”, ese púlpito de propaganda oficial patentado por Andrés Manuel López Obrador, nació con el propósito de divulgar la obra de gobierno y contrastar a los medios que se atrevieran a desafiar la visión del movimiento. Pronto, sin embargo, la careta informativa se desmoronó para revelar su verdadera vocación: un tribunal dedicado al ataque personalísimo, la descalificación y a veces el linchamiento público. El espacio perdió cualquier atisbo de seriedad al sustituir el rigor periodístico por la sumisión propagandista.

    Ahora, Claudia Sheinbaum ha decidido heredar este aparato, llevándolo a un nuevo y deprimente modelo de comunicación. Lo que en el sexenio anterior eran burlas ácidas —muchas veces fuera de lugar—, hoy ha mutado en una difícil rutina de stand-up. Es una comedia sin gracia, sin carisma y con una trágica incomprensión de lo que significa el sentido del humor. Sus chistes improvisados solo consiguen arrancar silencios tensos que retumban en Palacio Nacional, silencios donde incluso los grillos se ausentan y donde la única que parece entender la broma es ella misma.

    Los actos cotidianos, que en el papel seguramente entusiasman a los organizadores, en la práctica se vuelven presentaciones impresentables, episodios de pena ajena. Para muestra, el reciente episodio del “Día de la Niñez” [sic]: un grupo llamado Los Patita de Perro se presenta en la mañanera. El cantante intenta emular a “Charlie Waffles” o “Krusty el payaso”, busca dirigir a los niños, corregirles el ritmo, imponerles una coreografía. Los niños no responden. No lo conocen. No lo siguen. No lo necesitan. La escena se alarga tensamente. La presidenta sonríe, intenta acompañar, forzada a seguir el ritmo, a bailar y hacer bailar. Nadie ríe.

    Queda en el aire la duda: ¿de qué mente retorcida salen estos guiones? ¿Quién planea semejantes producciones? ¿Es el enemigo incrustado o el aliado improvisado?

    Esta clase de momentos incómodos se normaliza. Ahora no hubo festejo del “Día de la Maternidad” [sic] —quizá porque cayó en domingo—; en su lugar, el 11 de mayo se presentó la segunda edición de “México Canta”. El evento resultó en una confusa organización que terminó exponiendo a los artistas a un escenario que no es escenario, ni revista matutina; es, en cambio, un espacio cada día con menos identidad. Un montaje donde no hay ganadores: pierden los músicos, despojados de su hábitat natural, y pierde el poder, que al fabricar una falsa empatía termina exhibiendo una profunda desconexión. Por su parte, el festejo a los maestros se redujo a la lectura de los esperados aumentos salariales, mientras la pifia del calendario escolar terminaba por llevarse todos los reflectores.

    Sigmund Freud sostiene que el chiste genuino —aquel que desata la carcajada catártica— opera como una válvula de escape, un acto de rebeldía donde el inconsciente burla la censura para agredir simbólicamente a la figura de autoridad. El humor busca evadir el dolor; es un triunfo de la esperanza, una victoria frente a la represión psíquica y la opresión gobernante. El filósofo Henri Bergson, en su obra La risa, señala que el humor es un castigo social contra la rigidez. Por naturaleza, el humor es anárquico, orgánico y subversivo; fluye de abajo hacia arriba (el pueblo riéndose del rey, no a la inversa).

    Pensadores como Kant y Schopenhauer advierten que lo que nos da risa es la “incongruencia” en la narrativa, ya que nuestra mente está programada para predecir patrones. El humorista construye un patrón y, en el último segundo, rompe la lógica y nos entrega algo completamente distinto. Esto se conoce como el “remate”, donde el final inesperado, de una manera retorcida, adquiere sentido. La risa es la reacción física de nuestro cerebro al resolver esa disonancia cognitiva. Llegamos a un lugar completamente inesperado, a veces incómodo, pero siempre revelador. Por eso un chiste explicado ya no da risa: se le quita la sorpresa, que es el motor de la incongruencia.

    La presidenta no parece poseer la eutrapelia de Aristóteles, virtud del buen humor: el tacto y el ingenio. El tacto es el tiempo oportuno; el ingenio es una insolencia educada. La tragedia no es graciosa cuando quien la ocasiona hace la broma; cuando es el poder el que intenta hacerse el gracioso, el mecanismo psíquico se asfixia. No es un chiste, es una burla, una agresión.

    Con la 4T solo queda el humor negro, el cual, lejos de ser un síntoma de crueldad, es el mecanismo de defensa más subversivo. Es la victoria de la voluntad sobre el horror. Al reírnos de lo inefable, encontramos una catarsis colectiva; la victoria del condenado al que se le puede despojar de todo, menos de la verdad que el ingenio revela. Los cínicos, aquella escuela de Diógenes de Sinope, eran por definición contestatarios. Su humor era un dardo contra la soberbia intelectual y política: lo mismo cuando Diógenes desnudó la rigidez de Platón arrojándole un pollo desplumado a su academia para burlarse de su definición del ser humano, que cuando enfrentó a Alejandro Magno. Cuenta la anécdota que cuando el hombre más poderoso del mundo se paró frente al filósofo para ofrecerle concederle cualquier deseo, Diógenes, desde su miseria, le respondió: “Sí, apártate, que me tapas el sol”. Los cínicos no caben en el poder porque su esencia es combatirlo; desnudar al rey. Pero cuando un “cínico” se instala en el poder, la ecuación se pudre y se vuelve un tirano o un monarca sádico que se burla del pueblo.

    La risa oficial o por decreto es medieval. Por ello, ante la ocurrencia presidencial que cae al vacío, el silencio tenso en el salón no es simplemente la evidencia de un mal guion, sino la negativa de los presentes a fungir como cómplices de un humor que, al carecer de ingenio liberador, solo revela los rostros de su propia tragedia. ¿De qué se ríe la presidenta? ¿De la crisis de salud, de la de seguridad, de los desaparecidos, de los funcionarios señalados, de la Suprema Corte? Hoy el poder no cuenta el chiste: lo encarna.

    Sobre el autor: 

    *Edgar Alonso Angulo Rosas es psicólogo clínico y experto en adicciones con amplia experiencia en prevención y atención a violencias, adicciones, salud mental y derechos humanos. Ha ocupado cargos directivos en ONGs, sector público y privado.

    Correo electrónico: [email protected]

    Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

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