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    Por Edgar Alonso Angulo Rosas*

    El gobernar supone, por su propia naturaleza, el manejo de información que, de divulgarse, no necesariamente traería consecuencias favorables. La secrecía de Estado y la información restringida, e incluso clasificada, son una potestad ineludible para la seguridad y operatividad de una nación. Sin embargo, en paralelo, la transparencia en la cosa pública es una demanda ciudadana genuina e innegociable. El derecho a la rendición de cuentas y el equilibrio en el flujo de la información otorgan certeza; un gobierno abierto es, en términos llanos, un gobierno más democrático.

    Hoy, la información —y, de manera más alarmante, la desinformación— se ha convertido en el eje de la estrategia política. Tanto gobernantes como opositores buscan imponer narrativas, adjetivar al adversario, denostarlo y calumniarlo, cruzando con alarmante facilidad todos los límites éticos y morales. Pero esta práctica resulta infinitamente más cuestionable y peligrosa cuando se ejerce desde la cima del poder. El fair play no es una simple cortesía de la clase política; es un requisito indispensable en el ejercicio de gobierno.

    En el pantanoso terreno donde “el fin justifica los medios”, ensuciar el debate público no aporta soluciones. Por el contrario, primitiviza las relaciones políticas y exhibe las severas limitaciones argumentativas e intelectuales de los contendientes en turno. El gobernante, sin embargo, desde su posición, cuenta con una capacidad asimétrica para elevar la voz y hacerla resonar a través de todo el aparato de Estado.

    Ahora, a alguien con una peligrosa concepción del ingenio se le ha ocurrido instituir el galardón del “mitómano de la semana”. Esta es una táctica muy riesgosa diseñada para fomentar el escarnio sistemático del adversario, sin reparar en que este nivel de hostigamiento puede decantar en una tragedia. Las agresiones, ya sean digitales, verbales o físicas, perpetradas por seguidores radicalizados del régimen contra los adversarios señalados serán responsabilidad directa de quien azuza y fomenta la violencia política desde la tribuna.

    Por otro lado, esta estrategia evidencia una nula comprensión del lenguaje clínico. Quien diseñó esta estrategia acusa no solo su propia ignorancia, sino que termina desnudando el funcionamiento de su propia mente. Como bien postuló Sigmund Freud al desentrañar los mecanismos de defensa, la proyección opera cuando el yo expulsa de sí mismo y deposita en el otro aquellas pulsiones o defectos que le resultan intolerables de asumir como propios. Las mentiras recurrentes no se pueden sostener, a no ser depositándolas en el adversario. El “no somos iguales” debe ser una aseveración cuidada cuando el adversario puede contestar “son peores”.

    Es imperativo hacer una distinción diagnóstica fundamental. La mitomanía es un trastorno psicológico caracterizado por la mentira patológica; el mitómano, atrapado en su compulsión, no puede evitar mentir. Aunque lo intente, la mentira lo estructura de alguna forma. Sin embargo, la manipulación de la verdad en la búsqueda o conservación del poder es mucho más preocupante porque pertenece a los terrenos oscuros de la sociopatía. Mientras el mitómano sufre una condición que escapa de su control, el manipulador estructura la mentira, la dirige con dolo, la utiliza como arma y, sobre todo, la goza. Es aquí donde encarna la advertencia de Erich Fromm sobre el “narcisismo maligno”: una patología severa en la que el sujeto no solo carece de empatía, sino que encuentra una satisfacción profunda y perversa en su capacidad para someter, engañar y destruir.

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    La historia contemporánea documenta ampliamente cómo opera esta sociopatía política. No es un arrebato emocional; es un método que se nutre de una perversidad calculada. Al instaurar la posverdad y administrar la narrativa, el poder prepara el terreno para el desmantelamiento institucional. Como advirtió lúcidamente la filósofa Hannah Arendt, el objetivo de la mentira sistemática desde el poder no es persuadir con falsedades, sino destruir la capacidad ciudadana de distinguir entre los hechos y la ficción. En ese vacío cognitivo, los contrapesos democráticos —órganos autónomos, prensa libre y poder judicial— dejan de ser vistos como pilares del Estado; cuando no se someten, son etiquetados como enemigos. La mentira funciona como el ácido que destruye la confianza institucional para centralizar el control.

    La narrativa oficial no solo termina en las mañaneras; se escurre hacia los planes de estudio. Con una historia oficial a modo, los libros de texto deciden a qué títeres llamar héroes y a qué héroes llamar villanos, alterando el pasado sin ética alguna, borrando contextos y circunstancias solo para adecuar la historia y fortalecer sus discursos. Al negar el intervencionismo estadounidense tolerado por Benito Juárez y Francisco I. Madero, y satanizar el nacionalismo pragmático de Porfirio Díaz, se impone un blanco y negro en la lectura del ayer. Sin matices no hay comprensión histórica, solo revanchismo ideológico. La oposición no está exenta; la guerra de propaganda entre unos y otros es la búsqueda de colocar la posverdad, la narrativa que destruye al otro. Pero el daño más profundo y perdurable no se queda ahí; fractura irremediablemente el tejido social. La manipulación sociopática requiere de la polarización para subsistir. Al imponer una realidad binaria e intransigente, el gobernante y el opositor arrastran a la ciudadanía a un tribalismo ciego, donde el individuo deja de ser un ser crítico para convertirse en un soldado de la narrativa oficial o en un rebelde subversivo con manto de héroe; se convierten en un blanco, en un enemigo a destruir bajo la premisa de “¿estás conmigo o contra mí?”. La administración de la mentira desde el Estado o desde la oposición logra que una sociedad se enfrente a sí misma, mientras el manipulador, intacto y empoderado, contempla su obra. Es la República de los otros datos o el Imperio de la superioridad moral. Es Nerón viendo el incendio de Roma o Aníbal usando de carnada a galos e íberos: la sociopatía al mando.

    Sobre el autor:

    *Edgar Alonso Angulo Rosas es psicólogo clínico y experto en adicciones con amplia experiencia en prevención y atención a violencias, adicciones, salud mental y derechos humanos. Ha ocupado cargos directivos en ONGs, sector público y privado.

    Correo electrónico: [email protected]

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