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    El 20 de junio pasado, un vehículo autónomo de Zoox, la empresa filial de robotaxis de Amazon, llegó a una zona cubierta con humo espeso de un incendio. No llevaba pasajeros, pero tampoco entendió la situación. Entró, frenó bruscamente y no supo qué más hacer. Del otro lado de la pantalla, un humano a distancia tuvo que indicarle cómo retroceder y salir de la escena. Luego de eso, los bomberos acordonaron el área con conos.

    Zoox, la empresa que compite con Waymo por el negocio del taxi sin taxista, llamó a revisión el software de 105 vehículos. Actualización de software, comunicado de prensa, usted disculpe. Business as usual.

    El incidente no condena la tecnología, aunque exhibe que la máquina sabía conducir hasta que la calle dejó de comportarse como calle. La innovación suele tropezar en este tipo de casos. Resuelve con post-its el problema que definió y se confunde con el contexto donde vive el problema.

    Hablamos mucho, en la industria tecnológica, de eliminar fricciones. Solo que la fricción, por desgracia, es casi todo lo que compone la realidad, como obras, ambulancias, niños corriendo, camiones y hasta un incendio que se extiende sin dirección prevista. Ninguna lluvia de ideas alcanza a inventariar todo lo que puede salir mal cuando una máquina abandona las pruebas y entra en la calle.

    Me ha tocado estar en juntas de estrategia donde se dedican semanas a analizar fricciones del usuario y sigo pensando que diseñar para un mundo sin fricciones es una forma muy cara de diseñar un mundo que no existe.

    No creo que a alguien le importe que el vehículo conduzca de maravilla cuando la ciudad se comporta como mapa. Su inteligencia debería comenzar por reconocer que no entiende lo que ve y pedir ayuda. Afortunadamente no hubo heridos y Zoox corrigió el defecto con una actualización de software, pero la noticia deja un caso de uso para cualquier empresa enamorada de su propia innovación.

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    El diseño de una innovación invita a mirar todas estas relaciones antes de que aparezca el humo del incendio. Además, esa innovación tendrá que contemplar y convivir con protocolos incompletos, hábitos humanos, infraestructura desigual y excepciones que no cupieron en la demo. Es un hecho que el robotaxi ya conduce sin nuestra ayuda, solo que frente a un imprevisto, aún necesita que alguien, desde otra parte, le explique dónde está el mundo.

    Mi auto tiene funciones de conducción asistida, pero nunca las he activado. No es que ame el tránsito, sino que conozco mi ciudad.

    Aquí hay triciclos de niños (y de tamales) que cruzan la avenida sin haber visto un reglamento de tránsito. Hay baches que alcanzan rango de accidente geográfico, calles sin delimitación vial, carriles convertidos en jardineras por una fila de macetones y camiones que hacen parada en segunda fila porque les estorba una patrulla estacionada. Pienso, y lo digo sin rencor hacia Zoox, que el caos de esta ciudad le gana por mucho a la creatividad de cualquier algoritmo. Prefiero seguir manejando. Al menos mi miedo analógico ya le tiene tomada la medida a los tamales.

    Ahí queda la escena. Un vehículo repleto de sensores retrocede bajo las instrucciones de un humano. Después, los equipos de emergencia colocan conos sobre el asfalto. No tienen cámaras, radar ni software y logran dibujar una frontera entre la calle y el incendio.

    Así, el mundo vuelve a parecerse al mapa.

    Sobre el autor:

    Periodista por vocación, provocador por defecto. Eduardo Navarrete es Head of Comms & Press en Fintual México y escribe columnas porque Excel no lo deja expresarse.

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