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    Hace unos días me encontré con una videcolumna de Ophelia Pastrana donde contaba cómo ya no era necesario utilizar el Algospeak para crear contenido en redes. ¿Qué es eso? Seguramente, navegando por TikTok o Instagram, se han topado con expresiones un tanto peculiares: jóvenes que hablan de la “desvivición” o la “automorición” para referirse al suicidio, o creadores que mencionan al “pintor austriaco” o al “señor del bigotito chistoso” para evadir el nombre de Hitler. 

    A esta forma de hablar se le conoce como Algospeak. El término comenzó a ganar popularidad entre 2020 y 2021, en plena explosión de la pandemia, como una respuesta directa a la opacidad de los algoritmos de moderación. En aquel entonces, los creadores de contenido descubrieron que el Shadowban —ese castigo invisible donde la plataforma no borra tu video, pero deja de mostrarlo a la audiencia— era una amenaza real si pronunciabas palabras “prohibidas”.

    La desconfianza no nació del aire; era una reacción a una moderación algorítmica que era muy básica. Recordemos casos absurdos, como cuando los sistemas de Meta censuraron imágenes en la cuenta de Bellas Artes por la escultura del David de Miguel Ángel al considerarla “desnudez explícita”, o cuando laboratorios farmacéuticos y educadores sexuales perdieron sus cuentas por hablar de salud reproductiva, ya que el algoritmo, incapaz de entender el contexto médico, clasificaba cualquier mención a la genitalidad como oferta de servicios sexuales. 

    Sin embargo, el panorama tecnológico de 2026 es radicalmente distinto. Hoy, los modelos de Procesamiento de Lenguaje Natural (NLP) que regulan nuestras interacciones ya no operan bajo la lógica de una lista negra de palabras. Estos sistemas, basados en arquitecturas de atención profunda, ya no revisan términos aislados: analizan el contenido de manera holística y contextual.

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    La realidad es que, si la intención de las plataformas fuera censurar el tema, la palabra “desvivir” ya habría sido detectada y bloqueada hace tiempo. La IA hoy sabe perfectamente qué significa el emoji del durazno y la berenjena. Técnicamente hoy, el Algospeak ya no es necesario. La máquina ya aprendió a leer entre líneas.

    Entonces, ¿por qué seguimos usándolo? La respuesta dejó de ser técnica para volverse cultural.

    El Algospeak ha trascendido su función de escudo para convertirse en un slang de identidad. Para las generaciones Z y Alpha, hablar en Algospeak es una marca de pertenencia; es el dialecto de los nativos digitales que separa a quienes “entienden el juego” de quienes solo están de paso. Se ha vuelto una estética de la ironía que permite suavizar temas crudos, transformando la tragedia en una narrativa digerible para la velocidad del scroll.

    Al final, este fenómeno demuestra que el lenguaje es un organismo vivo y soberano. Por más que las empresas tecnológicas intenten imponer un lenguaje “limpio” y estandarizado para satisfacer a sus anunciantes, la comunicación humana siempre encontrará una grieta por donde escapar. Las plataformas han tenido que capitular y adaptarse a esta nueva gramática digital, confirmando una verdad antigua: no existe una forma “correcta” de hablar, sino una necesidad inagotable de conectar, incluso si para hacerlo tenemos que inventar un idioma nuevo frente a los ojos de la máquina.

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