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    Mientras el Comité Noruego otorgaba el Nobel de la Paz a la valiente María Corina Machado por su incansable lucha cívica, emerge una reflexión ineludible sobre la esencia misma del galardón. Sin demeritar las heroicas contiendas democráticas, el espíritu original de Alfred Nobel buscaba honrar a quien lograra la paz entre naciones en guerra. Ciertamente, el Premio Nobel también ha honrado a activistas cuya lucha visibilizó grandes injusticias; figuras como Martin Luther King Jr., Andréi Sájarov, Liu Xiaobo y Nadia Murad, entre otros, expusieron valientemente distintas formas de tiranía, ya fuera racial, política o religiosa. Sin embargo, en ocasiones el galardón parece responder más a un gesto político que a méritos pacificadores tangibles. Fue el controvertido caso de Barack Obama, quien, a pesar del premio, se convirtió en uno de los mandatarios que más países bombardeó durante su gestión. En la concesión del tan preciado premio, parece que el carisma cuenta más que los hechos.

    Hoy, ante el histórico cese al fuego en Gaza, el mundo observa con una mezcla de incredulidad, miedo y esperanza. Detener una guerra, un innegable logro de la administración Trump, se presenta no solo como uno de los actos diplomáticos más relevantes de la década —y quizá del siglo—, sino como la materialización de esa voluntad primigenia de Alfred Nobel, incluyendo la compleja premisa de que la fuerza, a veces, puede ser el catalizador de la paz. Este es el telón de fondo para entender el verdadero desafío en Medio Oriente: uno que va más allá de los titulares y, por ahora, más allá de un galardón.

    El conflicto en Medio Oriente no nació en un vacío. Aunque sus raíces podrían rastrearse hasta la diáspora bajo el Imperio Romano, su capítulo moderno comenzó al ocaso del Imperio Otomano. Fue en ese crisol de potencias e intereses donde la Declaración Balfour de 1917, con su promesa británica de un “hogar nacional para el pueblo judío”, y las contradictorias promesas de independencia hechas a los árabes, pusieron a dos sueños nacionales en un inexorable curso de colisión. El posterior Mandato Británico se convirtió así en el escenario donde dos esperanzas legítimas crecieron en abierta y trágica oposición.

    Este fue el preámbulo para la traumática partición de 1948 y la geoestratégica Guerra de los Seis Días en 1967. Décadas después, los Acuerdos de Oslo de los 90 representaron la mayor esperanza de paz, pero su fracaso es la lección más dolorosa. A pesar del histórico apretón de manos entre Yasser Arafat y el primer ministro Yitzhak Rabin, mediado por Bill Clinton, fue un pacto político que nunca se convirtió en una paz social. La confianza fue sistemáticamente destruida por la continua expansión de asentamientos y los atentados terroristas, mientras las narrativas de odio permanecían intactas en ambos pueblos. Fue una paz de papel que, sin desmantelar los muros mentales, estaba destinada a colapsar. Cada evento ha dejado cicatrices profundas y rencores duraderos, cristalizando una dolorosa verdad: todo acuerdo fracasará mientras la paz no se construya, con cimientos sólidos, en la mente humana. La paz es, ante todo, una construcción psicológica de personas valientes.

    Este ciclo de fracasos encuentra un eco en Freud, quien vería el conflicto no como un problema político, sino como la manifestación de la pulsión de muerte (Tánatos) y de traumas históricos no resueltos que atrapan a ambos pueblos en una compulsión a la repetición. La intensidad del odio, argumentaría, se debe a un “narcisismo de las pequeñas diferencias” entre culturas hermanas. Y aunque sería pesimista sobre la eliminación de la agresividad humana, vería en la cooperación el único camino posible: la sublimación como el mecanismo que canalice las energías destructivas hacia metas comunes que afirmen la vida (Eros).

    Para transitar ese camino es indispensable la psicología de la reconciliación. La tarea es monumental: desmontar las “narrativas del enemigo” que por décadas han envenenado libros de historia y discursos políticos; sanar traumas transgeneracionales, aquellos que se heredan de abuelos a hijos y a nietos como una reliquia maldita. Es, sobre todo, humanizar aquello que el conflicto ha deshumanizado: ver personas tras los arquetipos; ver a la niñez, a las mujeres, a los ancianos y a las familias tras las etiquetas de “adversario”. Es construir un nuevo relato sobre los innegables orígenes comunes, basado en la idea radical de que “los otros” son tan necesarios para el mundo como “nosotros”.

    Para ello, la economía y la cultura pueden ser el catalizador. Gordon Allport, en su Teoría del Contacto, señaló que el prejuicio disminuye si cuatro condiciones se cumplen: estatus equitativo, metas comunes, cooperación y apoyo de las autoridades. Aplicado a escala geopolítica, el enemigo es un espejismo que se desvanece con el contacto estructurado. La interdependencia económica, cultural o social —un acueducto compartido, una ruta turística conjunta, un fondo de inversión binacional, una feria de las artes— obliga a reemplazar el arquetipo por una persona real, con una familia, con sueños rotos y ambiciones legítimas. Pues todos lloran a sus muertos, pero ese grito de justicia no puede convertirse en un alarido de venganza. La mejor forma de honrar a los caídos es construir hogares seguros para los vivos; la mejor forma de honrar a los ancestros es sobrevivir.

    El siguiente paso es la creación de una “identidad supracional”. Ser semita, ser hispano, ser europeo; son identidades que, sin borrar fronteras físicas, pueden y deben ampliar las mentales, creando un propósito superior que trasciende las viejas divisiones. Este proceso combate directamente la psicología de la envidia, esa mentalidad de suma cero que dicta que “tu ganancia es mi pérdida”. La colaboración introduce por la fuerza una mentalidad de suma positiva, donde el éxito del vecino es también el propio. Este cambio cognitivo permite dejar de pensar en el exterminio del otro para empezar a cuidar juntos a los heridos de todos los bandos.

    El nacionalismo del rencor, el resentimiento patrio y la animadversión religiosa son el veneno que impide este progreso. Cuando las narrativas de agravios históricos se incrustan en la historia oficial, se convierten en un leitmotiv que justifica excesos criminales en una espiral sin fin, donde cada bando se siente la víctima perpetua con derecho a la represalia. Este revisionismo histórico que busca enemigos en el pasado para culpar a los presentes es un peligro global; el rencor se convierte en el motor de la perpetuación del conflicto, dado que una vez incrustado no necesita de la memoria personal, porque se alimenta del mito colectivo. Es el odio que se enseña a los niños hacia personas que no conocen, por crímenes que no han vivido. Tristemente, es una tentación política en Medio Oriente, Europa, Asia, África y América, sin ser México la excepción.

    Quizá como nadie, Nelson Mandela entendió este mecanismo. Después de 27 años de encarcelamiento, salió de prisión sin permitir que el veneno del rencor guiara sus acciones. De su boca no salió un llamado a la venganza, sino a la unidad, demostrando lo que Mahatma Gandhi enseñó: «El perdón es un atributo de los fuertes» —y su gestión, agregaría yo, un privilegio de los Estadistas—.

    El judaísmo, el cristianismo y el islam no son tan ajenos; la Torá, la Biblia y el Corán pueden coexistir. La Casa de la Familia Abrahámica, inaugurada en Abu Dabi en 2023, es un perfecto ejemplo de un camino compartido. No es un solo templo, sino un complejo que alberga tres casas de culto separadas, iguales en estatura e importancia: una mezquita, una iglesia y una sinagoga. Es la prueba tangible de que la coexistencia respetuosa es posible.

    Hoy se requiere que en la región exista un nuevo Ibadat Khana (“Casa de Adoración”), aquella utopía construida en 1575 por el emperador mogol Akbar el Grande. Allí, musulmanes de todas las corrientes se reunían con eruditos hindúes y jainistas; dialogaban con sacerdotes zoroastrianos y jesuitas; e intercambiaban ideas con pensadores judíos, sijs e incluso ateos. Se buscaba entonces, como se debe buscar ahora, comprender la verdad, promover la armonía y satisfacer la curiosidad intelectual.

    Gaza necesita un plan de reconstrucción cuyos costos económicos son, por ahora, incalculables; requiere de la solidaridad internacional. Pero toda la región necesita un valiente plan de deconstrucción: el desmantelamiento activo y deliberado de los muros mentales del odio. El antídoto contra el terrorismo, el sectarismo y la xenofobia debe ser inocular a las nuevas generaciones contra la pandemia del odio, inyectar el perdón en las tempranas infancias y buscar un sentido en el dolor, anclado en la esperanza de un futuro común. Porque al final, los niños no entienden de historia, de bandos, de tratados ni de agravios. Solo quieren que sus padres y madres no mueran más; quieren que sus hogares no caigan bajo misiles; quieren comer, quizá, incluso, volver a jugar. Quieren que la Tierra Santa deje de sangrar. Quieren que la Tierra Santa sea, por fin, tierra de paz—la casa de Abraham.

    Sobre el autor:

    *Edgar Alonso Angulo Rosas es psicólogo clínico y experto en adicciones con amplia experiencia en prevención y atención a violencias, adicciones, salud mental y derechos humanos. Ha ocupado cargos directivos en ONGs, sector público y privado.

    Correo electrónico: [email protected]

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