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    Imaginemos un video: una joven llorando mientras relata en un par de segundos, cómo fue víctima de abuso en su infancia. Es un testimonio íntimo, desgarrador y espontáneo, está editado con música suave de fondo muy melancólica, subtítulos con tipografía amable y filtros que suavizaban su rostro. Este video no solo se compartió miles de veces, sino generó decenas de réplicas, duetos, y comentarios de apoyo, pero también de burla. Este video hipotético se parece a la enorme cantidad de contenidos que circulan diariamente en cualquier red social.

    En ese espacio ambiguo que corre entre la solidaridad y el espectáculo, comenzó a perfilarse un nuevo tipo de contenido: el traumacore, una estética digital que convierte el dolor psicológico o emocional en un producto visual. En TikTok, se manifiesta en videos breves e impactantes, que mezclan relatos personales de trauma con recursos de edición que los vuelven virales: música melancólica o nostálgica, subtítulos animados, efectos visuales o transiciones dramáticas, lenguaje emocional muy intenso.

    No se trata necesariamente de “falsificación del dolor”, sino de una codificación para que la  vulnerabilidad humana se vuelva amable con los algoritmos de distribución de contenidos. El dolor se convierte en capital emocional. Es compartido, multiplicado, monetizado o rechazado según su engagement.

    La plataforma no exige que el dolor sea auténtico ni tampoco que sea procesado de forma saludable. Solo exige que sea visual, breve y emocionalmente eficaz. Esto, por supuesto, tiene consecuencias cognitivas y afectivas.

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    El efecto acumulativo de estos contenidos plantea tres problemas centrales:

    1. Desensibilización emocional

    Al ver dolor una y otra vez en forma de contenido estético, el usuario puede volverse más indiferente o escéptico. El trauma se convierte en algo consumible, como un videoclip más.

    2. Alteración en la forma de narrar el yo

    Las personas, especialmente jóvenes, empiezan a moldear su identidad pública a partir del sufrimiento, no como parte de una elaboración íntima, sino como una performance de relevancia para ser considerados por los algoritmos y ganar relevancia digital.

    3. Reconfiguración del sentido del duelo o la confesión

    TikTok sustituyó al diario íntimo por la cámara frontal. El testimonio, en vez de nacer como una forma de catarsis, se convierte en una moneda para la visibilidad. Se impone una pregunta peligrosa: ¿si mi dolor no genera vistas, vale la pena contarlo?

    Aunque no necesariamente todo es negativo. También hay espacios valiosos. Muchas personas encuentran comunidad, validación y acompañamiento en las redes sociales. El problema no es compartir el dolor, sino la lógica algorítmica que premia ciertos formatos emocionales sobre otros, haciendo del trauma no una experiencia sino una estética.

    Tal vez las redes sociales no nos estén enseñando a mentir sobre nuestro dolor, pero sí a editarlo, maquillarlo y coreografiarlo. La pregunta no es si deberíamos compartir nuestras heridas en redes sociales, sino cómo lo hacemos, para qué, y a cambio de qué. Porque cuando el trauma se convierte en contenido, el riesgo no es solo que perdamos la privacidad, sino que olvidemos que sentir también exige tiempo, silencio y desorden, cosas que ningún algoritmo puede monetizar.

    Sobre el autor:

    Twitter: @sincreatividad

    Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

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