A comienzos del siglo XX, el Corolario Roosevelt a la Doctrina Monroe y la política del denominado “Gran Garrote” marcaron un punto de inflexión en la proyección internacional de los Estados Unidos hacia América Latina. Aquella formulación, presentada en 1904 por Theodore Roosevelt, partía de una lógica eminentemente defensiva y preventiva: ante la inestabilidad política, el endeudamiento externo o la incapacidad de los Estados latinoamericanos para garantizar el orden interno, Washington se arrogaba el derecho de intervenir como “poder policía” del hemisferio occidental. Más allá de su retórica estabilizadora, el corolario institucionalizó una asimetría estructural en la relación hemisférica y legitimó una política exterior sustentada en la coerción, la intervención directa y el uso explícito de la fuerza como instrumento de disuasión.
Más de un siglo después, la publicación de la National Security Strategy of the United States of America en noviembre de 2025, bajo la segunda administración de Donald Trump, constituye un hito doctrinal comparable en alcance y ambición. El documento no solo redefine los fines y medios de la política exterior estadounidense, sino que introduce explícitamente lo que denomina un “Trump Corollary” a la Doctrina Monroe, orientado a reassertar y hacer cumplir la primacía de Estados Unidos en el hemisferio occidental . En este sentido, el valor histórico del texto radica en su carácter explícito: a diferencia de doctrinas recientes formuladas en términos de multilateralismo, gobernanza global o promoción de valores universales, esta estrategia reivindica abiertamente la centralidad del interés nacional, la soberanía y el balance de poder como ejes rectores de la acción exterior.
Las similitudes con el Corolario Roosevelt son evidentes. Ambos parten de la premisa de que la estabilidad del hemisferio occidental es un interés vital para la seguridad nacional estadounidense y de que dicha estabilidad no puede dejarse al arbitrio de dinámicas externas. En el caso de Roosevelt, la amenaza principal provenía de las potencias europeas acreedoras y de su posible intervención militar en América Latina; en la doctrina Trump, el foco se desplaza hacia actores extrahemisféricos contemporáneos, particularmente China y, en menor medida, Rusia, cuya presencia económica, tecnológica y estratégica en la región es presentada como un riesgo directo para la seguridad y prosperidad de Estados Unidos. En ambos casos, la lógica subyacente es la negación de espacios de influencia a potencias externas y la afirmación de una zona de interés privilegiado bajo tutela estadounidense.
El contexto geopolítico y geoeconómico latinoamericano en el que emerge esta doctrina es sustancialmente distinto al de principios del siglo XX. América Latina enfrenta hoy un escenario de fragmentación política, bajo crecimiento económico, alta dependencia de exportaciones primarias y una creciente exposición a la competencia estratégica entre grandes potencias. La expansión de la inversión china en infraestructura, energía, minería y telecomunicaciones, así como su papel como principal socio comercial de varios países de la región, ha alterado el equilibrio tradicional de influencias. Frente a ello, la doctrina Trump plantea una respuesta que combina incentivos y presiones: promover el nearshoring, reforzar cadenas de suministro regionales, limitar la presencia de actores extrahemisféricos en activos estratégicos y reposicionar a Estados Unidos como “socio de primera elección” para los gobiernos latinoamericanos.
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Desde una perspectiva prospectiva, este replanteamiento doctrinal abre varios escenarios posibles para la región. Un primer escenario es el de alineamiento selectivo, en el cual algunos países opten por profundizar su cooperación con Estados Unidos en materia comercial, energética y de seguridad, a cambio de acceso preferencial a mercados, inversión y apoyo político. Este escenario podría favorecer a economías con mayor capacidad institucional y estratégica, pero también profundizar brechas intrarregionales.
Un segundo escenario es el de resistencia o diversificación estratégica, en el que Estados latinoamericanos busquen mantener relaciones pragmáticas tanto con Estados Unidos como con China y otros actores, intentando maximizar beneficios sin alinearse plenamente con ninguno. Este equilibrio, sin embargo, será cada vez más difícil de sostener en un contexto de creciente polarización geoeconómica y presión explícita por parte de Washington para reducir la influencia de competidores extrahemisféricos.
Finalmente, un tercer escenario contempla un aumento de las tensiones y fricciones hemisféricas, especialmente si la aplicación del “Trump Corollary” se percibe como una reedición de prácticas intervencionistas del pasado. En ausencia de estrategias de desarrollo inclusivo y de una oferta económica suficientemente atractiva, la doctrina podría reactivar narrativas históricas de desconfianza y dependencia, debilitando la legitimidad del liderazgo estadounidense en la región.
El documento de política exterior de la administración Trump en su segundo periodo no solo dialoga con el legado del Corolario Roosevelt, sino que lo resignifica en clave del siglo XXI. Más que una simple continuidad histórica, representa una adaptación de viejas lógicas de poder a un entorno internacional marcado por la competencia estratégica, la interdependencia económica y la centralidad de las cadenas globales de valor. Para América Latina, el desafío no reside únicamente en reaccionar a esta doctrina, sino en definir con mayor claridad sus propias estrategias de inserción internacional en un hemisferio que vuelve a ser, de manera explícita, escenario prioritario de disputa geopolítica.
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