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    Siete años se cumplen de la Cuarta Transformación, un proceso de transformación histórica fundado por Andrés Manuel López Obrador quien, con motivo del anuncio de su último libro “Grandeza”, señaló que saldría de su retiro solo por tres causas, defender la soberanía nacional, la democracia o a la presidenta Claudia Sheinbaum.

    Justo la primera, la soberanía nacional, aparece con más fuerza conforme el reordenamiento global que empuja el presidente Donald Trump, abre claros desafíos para la autodeterminación y la autonomía de los países de América Latina.

    Quién hubiera pensado al arranque de la Cuarta Transformación que los principales retos para avanzar al segundo piso de este proyecto de Nación no vendrían de la oposición “moralmente derrotada” y en estado catatónico desde 2018, sino de una política de presión constante por parte del gobierno estadounidense y su intentona de restaurar una hegemonía abiertamente intervencionista.

    Ni duda cabe que estamos ante lo que diversos medios ya habían llamado como la Doctrina Donroe, una reimaginación de la doctrina originalmente articulada por el presidente James Monroe en 1823. Desde el inicio de su segundo mandato, Trump dejó ver su inusitado interés en América, con estrafalarios anuncios como apoderarse del canal de Panamá, convertir a Canadá en el estado 51, o renombrar al Golfo de México como Golfo de América.

    Hace unos días hizo explícita la hoja de ruta de la política exterior para restaurar la preminencia americana en el hemisferio occidental, en el que enunció “un nuevo Corolario Trump de la Doctrina Monroe… para proteger nuestro territorio nacional y nuestro acceso a geografías clave en toda la región”.

    Lo expresado en este documento sobre la Estrategia de Seguridad Nacional Estadounidense no es nuevo. Desde el inicio de su mandato, bajo el manto del combate al narcotráfico, el presidente Trump ha estado orquestando una estrategia de dos pistas; por un lado, la amenaza de operaciones militares contra supuestos narcotraficantes; y por el otro, intervención política en elecciones nacionales.

    Ejemplos abundan. El despliegue militar en torno al régimen venezolano consistente en ataques navales y amenazas de incursiones terrestres en ese país; la clara intromisión del gobierno trumpista a favor de candidatos de derecha en las elecciones de Honduras, Perú y Argentina y, en contraparte, la estrategia del “garrote” que aplica a los gobiernos de izquierda como Cuba, Colombia y Nicaragua.

    Como su antecesor, la mandataria mexicana ha logrado una sólida defensa de los intereses nacionales ante el regreso más agresivo de Trump a la Casa Blanca, a través de una postura que ha reivindicado principios tradicionales de la política exterior mexicana y que es además coherente con la visión del proyecto por la que fue electa democráticamente en 2024, haciendo del asedio del vecino del norte una oportunidad para reafirmar la posición estratégica de México en América.

    Lo que se avecina son años cruciales para el proyecto de regeneración nacional, ante la cercanía de la elección intermedia de 2027 y, como ya se ha visto en otros países latinoamericanos, la descarada injerencia de Estados Unidos para inclinar la balanza hacia candidatos que se alineen a sus intereses.

    La Cuarta Transformación avanza hacia su prueba más difícil desde su origen, bajo la conducción de una presidenta que tiene la legitimidad popular y la fuerza política para dialogar de igual a igual, y que ha sido exitosa en disuadir las medidas proteccionistas y de otra índole provenientes de la Casa Blanca, con una estrategia más confiable en el combate contra el narcotráfico y la inseguridad.

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