En los últimos tiempos −específicamente con la llegada de un régimen político con un enfoque totalmente diferente a los antiguos grupos políticos que habían gobernado al país− uno de los ejes preponderantes del régimen ha sido y es el aumento al salario mínimo, una medida que puede considerarse como un gran acierto en beneficio de los mexicanos, que acelera el consumo de productos y servicios, y que brinda mayor poder adquisitivo a las familias mexicanas.
En los últimos siete años, el salario mínimo ha experimentado incrementos extraordinarios según la Comisión Nacional de los Salarios Mínimos, pues pasó de 88.36 pesos en 2018 a 278.80 pesos en 2025. En 2026, tuvo un aumento de 13% quedando en 315.04 pesos.
Para algunos es positiva esta política que ha generado un aumento superior al 200% y que se reconoce como una medida de “recuperación económica”. Sin embargo, la Organización Internacional del Trabajo ha manifestado que dichos aumentos no vienen acompañados con crecimiento y dinamismo económico que los sustente.
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Una buena intención que se convierte en una medida maquillada
Brindar aumentos al salario mínimo debería ser motivo de alegría y de tranquilidad de que hay un gobierno que se preocupa por los actuales niveles tan bajos de sueldos y salarios, y de que, los mexicanos puedan aumentar el poder adquisitivo que tienen.
La medida en sí es un gran acierto para todos, sin embargo, aumentar el salario mínimo solo por hacerlo trae consigo más “desgracias” que buenas noticias, las cuales no se reflejarán de inmediato en el panorama económico, pero definitivamente sí a largo plazo.
Los aumentos de los últimos años al salario mínimo superan con creces la inflación interanual de estos mismos años, por ejemplo, de 2021 a 2022 el mínimo subió cerca de 22%, y de 2023 a 2024 ascendió 20%.
En pocas palabras, las autoridades han vendido estos aumentos como una “obra maestra” para fortalecer el poder adquisitivo de las personas pero que, según especialistas, ha generado advertencias sobre su sostenibilidad.
El Centro de Estudios Económicos del Sector Privado ha señalado que, si los salarios crecen sin un aumento paralelo de la productividad, el impacto inmediato es tener un mayor costo unitario laboral y pérdida de competitividad para las empresas.
Otros analistas advierten que, con estos niveles históricos de aumentos al mínimo, los riesgos económicos son severos, por ejemplo, Citi asegura que continuar con alzas consistentes presiona y provoca precios al alza, especialmente en sectores intensivos de empleo y mano de obra, por ejemplo en el sector restaurantero, intensivo en mano de obra que gana 1-2 salarios mínimos, se verán obligados a trasladar ese costo al consumidor final.
Por otro lado, la Confederación Patronal de la República Mexicana reconoce los beneficios sociales de salarios mayores, pero subraya sus límites: “no es posible seguir aumentando indefinidamente sin generar presiones que afecten al empleo formal, la competitividad o la viabilidad de las micro, pequeñas y medianas empresas”.
En suma, sin un respaldo de productividad o reformas estructurales, el aumento del salario mínimo no impulsa el crecimiento real, sino que tiende a encarecer los costos de producción y a deteriorar la competitividad industrial.
Diversos expertos e instituciones económicas han señalado que el mero incremento del salario mínimo no es un motor suficiente para el crecimiento real. El propio Banco de México ha enfatizado en su más reciente Informe Trimestral la necesidad de enfocarse en productividad e inversión para sostener la economía.
El CEESP, por ejemplo, insiste en que “los mayores salarios se deben acompañar con mayor productividad; de lo contrario, el costo unitario laboral crece y la planta productiva pierde competitividad”.
El Centro de Investigación Económica (CIERC) del CCE ha señalado que alzas salariales frecuentes elevan los costos de las empresas y pueden reducir la inversión productiva. En ese sentido, organismos como el Fondo Monetario Internacional han advertido que los salarios reales elevados sin incremento paralelo del capital y la productividad suelen generar inflación y estancamiento.
Presiones inflacionarias
La pregunta clave aquí es: ¿De qué le sirve a los mexicanos tener aumentos al salario mínimo, si cada vez les alcanza para menos productos y servicios?
La conversación no gira en torno a si se opina si es bueno o no que los mexicanos reciban más dinero al final del mes, ni la crítica se enfoca en lo anterior, el verdadero asunto radica en que sean medidas sostenibles y reales que impacten verdaderamente la economía, y que no se conviertan en medidas “apantallatontos”.
Ahora bien, el aumento al salario mínimo trae consigo un impacto directo en la inflación; de acuerdo con los principales bancos en México, se pronostica que con este último aumento la inflación cerrará en 2026 en torno al 4.05% anual contradiciendo a Banxico que tiene como meta 3%.
En cualquier caso, la experiencia sugiere que los incrementos salariales indiscriminados tienden a alimentar la inflación en la economía mexicana, reduciendo los beneficios reales para los trabajadores y afectando negativamente a todos los consumidores.
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Impactos en PyMEs, empleo formal e informal y competitividad
Los efectos adversos del alza salarial recaen con especial fuerza sobre las pequeñas empresas y el mercado laboral. Líderes empresariales y analistas advierten que los costos adicionales pueden traducirse en pérdida de empleo formal y aumento de la informalidad.
Un ejemplo ilustrativo: en octubre de 2025 la ocupación formal en México se redujo en 176,349 plazas mensuales, mientras que el empleo informal creció en 655,511 personas, según la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo. Lo que podemos traducir es que las PyMEs no están logrando subsistir en este contexto y que se ven obligadas a recurrir a la informalidad, los recortes laborales y ofrecer sueldos más bajos con previos acuerdos con trabajadores sin dimensionar la ilegalidad en esto.
Hacia el cierre de 2025, la informalidad había pasado de 53.7% a 55.7% de la fuerza laboral, un récord alto. Las empresas pequeñas son las más vulnerables: la Cámara de Comercio de CDMX (Canaco) advierte que el incremento “acelerado de más de 300%” acumulado en pocos años puede provocar despidos de trabajadores y disparar la informalidad, sin contemplar aún el aumento en los costos para las pequeñas y medianas empresas que se verán en la necesidad de aumentar sus precios y hacer ajustes en sus plantillas laborales, desincentivando la creación de empleos.
La competitividad de la industria nacional también se resiente. La CEESP destaca que, “cuando los mayores salarios no se corresponden con productividad”, el costo unitario de la mano de obra aumenta y se pierde competitividad. De hecho, en México la productividad laboral creció muy poco en los últimos años, por lo que el ritmo del salario mínimo supera largamente las ganancias productivas. Esto coincide con datos de la OIT: aunque México lidera la recuperación salarial, sus salarios medios por hora apenas subieron entre 24% y 30% en los últimos años, creando una brecha creciente entre el salario mínimo y el promedio.
Ante todo lo anterior, se puede llegar a la conclusión que los aumentos en gran medida han sido incrementos artificiales, porque sin crecimiento económico a la par de los aumentos al mínimo, se convierte en una fantasía monetaria para los consumidores que, si bien reciben más dinero, gastan más quedando igual o peor.
En conclusión, el alza sostenida del salario mínimo en México —reflejada en incrementos históricos en los últimos años— ha mejorado temporalmente el ingreso de millones de trabajadores.
No obstante, la evidencia actual apunta a efectos colaterales negativos: presiones inflacionarias crecientes, pérdida de empleos formales, mayor informalidad y deterioro de la competitividad que, en caso de mantenerse, podría traer consigo aumentos en las tasas de desempleo, informalidad y una disminución en la compra de productos y servicios.
Estas medidas carecen de un “amortiguador económico”, donde sin un entorno de crecimiento real, por sí solo el aumento al salario mínimo no genera una prosperidad duradera.
Lo ideal sería que las autoridades no dejen a un lado este bienintencionado intento por mejorar el poder adquisitivo de los mexicanos, pero que venga en conjunto con un crecimiento integral económico.
L.C.P. y F. Sergio Alberto Morales Zaldivar es socio del Colegio de Contadores Públicos de México, emprendedor y conferencista.
Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.









