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    La gentrificación es un fenómeno que se estudia y discute desde hace décadas, pero en los últimos cinco años ha pasado a ser parte de la conversación pública y social en muchas ciudades del mundo. Entre los casos más visibles y más comentados mediáticamente, se encuentran Ciudad de México y Barcelona, dos destinos con fuerte peso turístico y con manifestaciones ciudadanas que, además de evidenciar el malestar, han captado la atención internacional por sus formas contrastantes de protesta.

    Algunos ven la gentrificación como un proceso natural de renovación urbana, otros, como una fuerza de desplazamiento disfrazada de progreso. Pero en el fondo, lo que este fenómeno pone sobre la mesa es una pregunta compleja: ¿cómo deben transformarse las ciudades y quién tiene derecho a habitarlas?

    El término gentrificación fue acuñado por la socióloga Ruth Glass en la década de 1960, al observar cómo barrios populares de Londres eran transformados por la llegada de residentes de clase media, provocando el desplazamiento de sus habitantes originales. Décadas después, el debate sigue abierto. En un artículo publicado en 2016 en The New Yorker, el periodista Kalefa Sanneh cuestionaba si la gentrificación debía entenderse como un problema en sí mismo o como un síntoma de algo más profundo. Planteaba que, más allá del desplazamiento físico, lo que genera tensión es el cambio cultural y simbólico que viven los barrios, y cómo ese cambio afecta la relación entre quienes llegan y quienes ya estaban. Hoy, casi diez años después, el tema ha ganado visibilidad, ha llegado a más ciudades y ha generado nuevas tensiones.

    En Ciudad de México, colonias como Roma, Condesa o Juárez han cambiado de forma acelerada en los últimos años. El fenómeno se intensificó a partir de la pandemia por COVID-19. La llegada de trabajadores extranjeros, nómadas digitales y el crecimiento de plataformas como Airbnb dispararon los precios de la vivienda y las rentas en varias zonas de la ciudad. Entre 2018 y 2023, los incrementos superaron el 30 % en algunos casos, mientras que los ingresos de la mayoría de los habitantes apenas se movieron.

    Aunque Roma y Condesa suelen ser el ejemplo más visible, zonas como Polanco y Santa Fe también han registrado aumentos importantes en precios de compra y renta. Estas áreas, y sus alrededores, concentran buena parte de las oficinas, corporativos, hoteles, restaurantes y comercios de la ciudad. El acceso a estos espacios se vuelve cada vez más limitado para los sectores medios y bajos, y eso ha generado un sentimiento creciente de exclusión entre quienes sienten que su ciudad ya no les pertenece.

    El malestar no tardó en manifestarse. En 2025, las protestas tomaron fuerza. Lo que comenzó con marchas pacíficas terminó en enfrentamientos, saqueos y mensajes abiertamente hostiles hacia turistas y residentes extranjeros. Más allá de los excesos, el fondo del reclamo es difícil de ignorar: el costo de vida ha subido de forma desproporcionada y muchos ya no pueden vivir cerca de donde trabajan.

    A esta sensación de desplazamiento se suma un problema crónico: el tráfico. Ciudad de México está entre las ciudades más congestionadas del mundo. Según Moovit, los usuarios del transporte público pasan un promedio de 67 minutos por trayecto, y el índice de tráfico de TomTom calcula que los automovilistas pierden hasta 152 horas al año en traslados. Para quienes viven en la periferia esto significa invertir buena parte de su día en moverse por una ciudad extensa, densa y con servicios de transporte muchas veces inseguros y saturados. Y para quienes se trasladan en auto, el panorama no es mucho mejor: al tráfico se suman los baches, el mal estado de muchas vialidades y el costo adicional de circular por los llamados “segundos pisos”, que lejos de ser una solución ágil, también suelen estar saturados y congestionados. En suma, lo anterior agrava el sentimiento de descontento de los ciudadanos. 

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    Gentrificación: entre el reto de frenarlo o buscar las formas de administración más convenientes

    En el caso de Barcelona, el fenómeno también se ha hecho más visible. El auge del turismo, la migración digital y la presión del mercado inmobiliario han encarecido la ciudad a niveles históricos. En algunos barrios, las rentas se han incrementado casi un 70 % en la última década, mientras que los ingresos no han seguido el mismo ritmo. Ante esta situación, las autoridades han optado por gestionar la gentrificación en lugar de frenarla.

    Uno de los mecanismos más claros ha sido la implementación de un sistema de zonificación por licencias turísticas, también conocido como “semáforo de licencias”. En el centro histórico ya no se conceden nuevas licencias para negocios ni alojamientos turísticos; en zonas intermedias se aplica una regla uno por uno (si una licencia expira, se puede otorgar otra), y en zonas menos saturadas hay más flexibilidad. Con esto se busca redistribuir la actividad económica hacia otras partes de la ciudad.

    Además, se han impulsado proyectos de espacio público en barrios periféricos: paseos peatonales, parques, ciclovías e instalaciones deportivas en zonas que antes eran industriales o simplemente olvidadas. El objetivo es claro: desconcentrar el turismo y distribuir de manera más equilibrada los efectos del crecimiento urbano.

    Incluso las protestas han sido distintas. Si bien existe malestar, la forma en que se ha expresado ha sido más simbólica que violenta. Las imágenes de barceloneses mojando a turistas con pistolas de agua dieron la vuelta al mundo. Más allá de lo anecdótico, la escena dejó ver una ciudad que busca reclamar su espacio, pero sin romperlo.

    ¿Es entonces la gentrificación buena o mala? Tal vez esa no sea la pregunta correcta. Lo que vale la pena preguntarse es: ¿para quién es buena? ¿Quién gana y quién pierde cuando una ciudad se transforma?

    La gentrificación no es un proceso aislado. En muchos casos, dinamiza la economía, revitaliza espacios y mejora servicios. En otros, expulsa, fragmenta y convierte el acceso a la ciudad en un privilegio. No se trata de estar a favor o en contra, sino de entenderla, gestionarla y anticiparla.

    Vivimos en un mundo donde la globalización es una fuerza que moldea nuestras ciudades. Hoy, esa globalización también significa gentrificación. Frente a esa realidad, la pregunta no debe ser cómo detenerla, sino cómo administrarla para que sus beneficios sean más equitativos: económica, social y geográficamente.

    Se necesita planeación, preparación, voluntad política con sentido humano y el objetivo claro de que las ciudades sean cada vez más vivibles para todos. Los que ya las habitan y los que llegan.

    (*) El autor es licenciado en Administración Pública y Gobierno por la Universidad Anáhuac México, con un MBA por la Universitat Politècnica de Catalunya. Ha trabajado en los sectores público, fintech y editorial. Actualmente forma parte del equipo estratégico de Forbes México, enfocado en desarrollo de negocios, asuntos públicos y contenidos especializados.

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