El discurso de Marco Rubio en Múnich no es simplemente una intervención retórica dirigida a una audiencia europea; constituye, en términos conceptuales, una formulación explícita de una nueva narrativa sobre el orden internacional desde Washington. Se trata de un replanteamiento estratégico que cuestiona tres décadas de consenso liberal y que, al hacerlo, reabre debates que parecían saldados tras la Guerra Fría. La pieza discursiva de Rubio no solo interpela la política exterior de Estados Unidos, sino que también redefine los fundamentos filosóficos y geopolíticos sobre los cuales se edificó el llamado orden global basado en reglas.
Rubio parte de un marco histórico: la Guerra Fría como lucha civilizatoria y la victoria occidental como culminación de un proyecto común. Sin embargo, inmediatamente introduce una ruptura con la lectura triunfalista que dominó los años noventa: la “peligrosa ilusión” del fin de la historia. La alusión directa a Francis Fukuyama no es casual. En The End of History and the Last Man, Fukuyama sostenía que la democracia liberal y el capitalismo de mercado representaban el punto final de la evolución ideológica de la humanidad. El colapso soviético parecía confirmar esa tesis: no quedaban alternativas sistémicas viables frente al modelo liberal. Rubio, por el contrario, interpreta ese momento como el origen de un error estratégico: asumir que la convergencia liberal era inevitable y que el comercio sustituiría la lógica del poder.
El contraste es nítido. Mientras Fukuyama planteaba una teleología normativa —la expansión progresiva de la democracia liberal como horizonte universal—, Rubio reivindica una antropología política más cercana al realismo clásico: la naturaleza humana, afirma implícitamente, no ha cambiado; la competencia entre naciones persiste; la historia no terminó. Desde esta óptica, la globalización irrestricta, la desindustrialización y la externalización de soberanía hacia instituciones multilaterales no fueron signos de progreso, sino síntomas de ingenuidad estratégica.
En este punto, el discurso converge más con Samuel Huntington que con Fukuyama. En The Clash of Civilizations and the Remaking of World Order, Huntington anticipó que las divisiones futuras no serían ideológicas sino civilizatorias. Rubio recupera explícitamente la noción de “civilización occidental” como sujeto histórico y político. No habla únicamente de alianzas estratégicas, sino de herencia compartida, fe cristiana, cultura y continuidad histórica. La apelación a una identidad civilizatoria común entre Europa y Estados Unidos remite directamente a la tesis huntingtoniana de que la cohesión occidental debía fortalecerse frente a otras civilizaciones emergentes.
Sin embargo, hay una diferencia relevante. Huntington concebía el choque civilizatorio como un fenómeno estructural derivado de la modernización y del resurgimiento cultural. Rubio, en cambio, formula la civilización occidental como un proyecto político que requiere restauración interna: control migratorio, soberanía energética, reindustrialización y capacidad militar. Es menos un diagnóstico antropológico y más un programa de acción estratégica.
Lee más: Populismo, nacionalismo y desglobalización afectan al sector agroalimentario: CNA
La referencia implícita a Henry Kissinger resulta igualmente significativa. En World Order, Kissinger argumentaba que el orden internacional es el resultado de un equilibrio entre legitimidad y poder, construido históricamente a partir de acuerdos entre grandes potencias. Para Kissinger, el sistema westfaliano representaba la base de la estabilidad: soberanía estatal, equilibrio de poder y reconocimiento mutuo. Rubio retoma esa lógica al reivindicar el interés nacional como principio rector y al cuestionar la subordinación a instituciones multilaterales que, en su visión, diluyen la soberanía.
No obstante, mientras Kissinger defendía el pragmatismo diplomático y la gestión del equilibrio global —incluyendo la coexistencia con potencias rivales—, Rubio adopta un tono más normativo en clave identitaria. El énfasis no está en el equilibrio multipolar per se, sino en la restauración de la primacía occidental frente a actores que acumulan poder duro y utilizan instrumentos económicos como armas geopolíticas. Es un realismo con dimensión civilizatoria, más próximo a una síntesis entre nacionalismo estratégico y defensa cultural.
El contraste con Noam Chomsky y su aproximación a los “Estados fallidos” introduce una dimensión adicional. En Failed States, Chomsky cuestiona la legitimidad moral de la política exterior estadounidense, señalando la contradicción entre discurso normativo y prácticas de poder. Desde su perspectiva crítica, el orden internacional liberal ha servido para encubrir relaciones asimétricas y proyecciones unilaterales de poder. Rubio invierte esa lectura: el problema no sería el exceso de poder estadounidense, sino su autocontención bajo un paradigma globalista que permitió el ascenso acelerado de competidores estratégicos y debilitó la base industrial y social doméstica.
Aquí se ubica el núcleo del nuevo orden propuesto: soberanía económica, seguridad energética, control de fronteras y revitalización militar. En términos geoeconómicos, implica abandonar el libre comercio dogmático para adoptar políticas industriales selectivas y mecanismos de reciprocidad comercial. En términos geopolíticos, supone reconocer abiertamente la competencia sistémica con potencias que no comparten valores liberales. Y en términos de gobernanza global, sugiere una reconfiguración del multilateralismo hacia esquemas más instrumentales y menos normativos.
Te interesa: OMC pide una ‘reglobalización’ frente a los crecientes síntomas de división en bloques
Este planteamiento refleja un desplazamiento estructural en la política exterior estadounidense: del universalismo liberal al realismo soberanista. Si el orden posterior a 1991 se apoyaba en la expansión de instituciones, interdependencia económica y promoción democrática, la nueva narrativa privilegia la resiliencia nacional, la autonomía estratégica y la identidad civilizatoria. No se trata de un aislamiento clásico, sino de una redefinición de prioridades: cooperación sí, pero bajo condiciones de reciprocidad y fortaleza interna.
Desde una perspectiva prospectiva, el impacto de esta visión sobre el sistema internacional es considerable. Primero, consolida la transición hacia una multipolaridad competitiva, donde la primacía normativa liberal deja de ser incuestionada. Segundo, tensiona la arquitectura transatlántica si Europa mantiene compromisos regulatorios, climáticos y multilaterales que Washington considere incompatibles con la lógica de poder. Tercero, redefine el debate sobre globalización, migración y energía como asuntos de seguridad nacional, no meramente económicos o humanitarios.
En última instancia, el discurso de Rubio simboliza el cierre definitivo del interludio post–Guerra Fría.
El orden mundial que emerge es el de una competencia estratégica abierta entre potencias que priorizan su soberanía, su capacidad productiva y su cohesión interna. La pregunta central no es si la historia terminó, sino quién definirá las reglas en esta nueva fase histórica. Y la respuesta implícita en Múnich es clara: Estados Unidos buscará hacerlo desde una posición de fuerza, anclado en la reivindicación de su identidad occidental y en la recuperación de su autonomía estratégica.
Sobre la autora:
Correo: [email protected]
Twitter: @ArleneRU
LinkedIn:Arlene Ramírez-Uresti
Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.
¿Te gusta informarte por Google News? Sigue nuestro Showcase para tener las mejores historias









