La arquitectura del comercio en Norteamérica vuelve a estar en revisión. La tercera ronda de negociaciones bilaterales entre Estados Unidos y México para modificar el T-MEC se abre esta semana bajo una condición inusual: sin Canadá en la mesa, y en paralelo a un nuevo arancel estadounidense de hasta 50 por ciento sobre productos canadienses. Esto, no es coincidencia; es la manifestación más reciente de una tendencia consolidada en 2026, la sustitución del multilateralismo trilateral por una diplomacia comercial bilateral y secuencial, gestionada según el apalancamiento relativo de cada socio frente a Washington.
Desde que Washington decidió, el 1 de julio, no renovar el acuerdo en su forma vigente, se abrió una ventana de hasta diez años para su eventual desmantelamiento si las partes no logran un consenso. Esto marca un cambio de paradigma: durante tres décadas, el marco trilateral —del TLCAN al T-MEC— fue el ancla institucional del comercio norteamericano, garantizando previsibilidad regulatoria a cambio de una disciplina compartida. Excluir a Canadá de la ronda actual sugiere un desplazamiento hacia un modelo “hub-and-spoke”, en el que Estados Unidos negocia de forma independiente con cada socio.
Para México, esto plantea una disyuntiva de fondo. Negociar bilateralmente puede abrir una ventana de oportunidad para consolidar condiciones preferenciales mientras Canadá asume el mayor costo político del reajuste. Pero también reduce el margen de maniobra frente a una contraparte con mayor asimetría de poder. Casi 1,6 billones de dólares de comercio anual dependen de esta arquitectura, lo que convierte cualquier ambigüedad regulatoria en un riesgo sistémico para las cadenas de suministro, en particular, la automotriz y la manufactura avanzada.
Conviene distinguir tres trayectorias en este contexto. La primera es la renovación parcial, un T-MEC modificado que preserve el núcleo arancelario preferente, con concesiones sectoriales puntuales. La segunda es la bifurcación regulatoria, dos acuerdos bilaterales paralelos que, en la práctica, desmantelarían el marco trilateral aun conservando su nomenclatura formal. La tercera —menos probable, pero no descartable— es la fragmentación prolongada, con aranceles sostenidos y la reconfiguración de las cadenas de valor hacia terceros mercados. Su probabilidad relativa dependerá de que México diferencie su posición de la de Canadá y de la disposición de Washington a asumir el costo político de un arancelamiento prolongado en un año de elecciones intermedias.
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Este reacomodo comercial coincide con otra dinámica geoeconómica relevante: la escalada en el Golfo Pérsico ha llevado al petróleo Brent cerca de los 92 dólares por barril, reflejo de una nueva disrupción del tránsito por el Estrecho de Ormuz. Esta situación es una transmisión clásica del riesgo geopolítico al precio del energético.
Lo analíticamente más significativo es la disociación entre este riesgo y el comportamiento de los activos vinculados a inteligencia artificial, que mantienen fortaleza relativa pese al deterioro geopolítico. Esto sugiere que los mercados operan, al menos temporalmente, con dos marcos de valoración distintos: uno anclado en variables geopolíticas tradicionales, y otro en expectativas de productividad tecnológica, relativamente inmune a la volatilidad de corto plazo.
Históricamente, los choques energéticos prolongados terminan trasladándose a los costos de insumos —incluida la infraestructura de cómputo y energía para centros de datos—, erosionando la prima de crecimiento que hoy sostiene a los activos tecnológicos.
La coincidencia temporal entre la renegociación comercial y la crisis energética no es circunstancial: ambas comparten un denominador común, la reconfiguración del orden económico internacional hacia una lógica más transaccional y menos institucionalizada. Para tomadores de decisiones en México, el imperativo no es monitorear cada negociación por separado, sino comprender la interacción entre fricción comercial, volatilidad energética y disociación de mercados como un fenómeno geoeconómico integrado. Anticipar estos escenarios, más que reaccionar a ellos, será el factor diferenciador entre quienes capitalicen la incertidumbre y quienes simplemente la padezcan.
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