Hay una escena que resume toda una vida. Un padre se despide de madrugada. Abrazos apretados, instrucciones susurradas. La hija —niña entonces— entiende que algo se rompió para siempre. Esa noche duerme sobre un petate. Afuera, la guerra toma forma.
Aunque nadie la llama así.
La política nacional padece de vértigo. se legisla desde el mármol de los discursos que flotan sobre una realidad que no alcanzan a tocar. Pero la verdadera historia de México se gesta en la horizontalidad forzada. Mientras los hombres se desvanecían en la serranía para defender la tierra o huir de la persecución, las mujeres triquis se quedaron a cargo de la resistencia, los niños y el fogón.
Cuando hablamos de “violencia estructural”, solemos pensar en términos abstractos. Pero en voz de Bety López y de su libro Mujer Triqui (Grijalbo, 2025), la estructura se vuelve carne, se vuelve infancia perdida, disparos al aire, cuerpos arrastrados por la calle, mujeres que aprenden a disparar porque no queda nadie más para defender la casa.
El relato es una memoria de cuerpos vivos que aprendieron a vivir bajo fuego cruzado. Bety López se acuerda de su abuela cuando tuvo que resguardarla en la cocina. Hace memoria de la primera vez que empuñó un arma. Todavía ve a su tía lanzando disparos al aire como señal de que en esa casa también se resistía. Recuerda el miedo como aprendizaje diario, como asignatura de tronco común.
Lo más poderoso de su historia no es la violencia, sino lo que vino después: el esfuerzo por ver la paz. Porque a diferencia del gobierno, que suele imaginar la paz como un premio que llega tras ganar la guerra, las mujeres triquis aprendieron que la paz se fabrica con lo que queda. Con los escombros. Con los silencios. Con los recuerdos que aún arden.
En el Congreso, Bety llegó sin manual. No conocía los pasillos, ni las formas, ni los códigos. Pero reconocía algo: la distancia. Sabía que, desde el poder, muchos deciden sobre pueblos que nunca han pisado. Por eso quiso cambiar el sistema desde adentro, aunque fuera incómodo, aunque doliera.
Participó en la lucha por el reconocimiento constitucional de los pueblos originarios como sujetos de derecho. Una conquista legal que parece técnica, pero que en la práctica significa que, por primera vez, las decisiones sobre su territorio deberán ser consultadas a la comunidad. Significa que las mujeres de Copala pueden alzar la voz sin pedir permiso. Significa que, tal vez, el futuro ya no se decida sin ellas.
Bety cuenta que una vez disparó al aire para ahuyentar invasores. Fue la única vez que lo hizo con intención de herir. “Tener un arma en las manos puede darte poder, dice, pero jamás va a darte paz.”
Hay en sus palabras una verdad dolorosa y luminosa. A veces, el gesto más radical puede ser negarse a jalar el gatillo. A veces, el verdadero coraje está en tender la mano, incluso al enemigo.
Su padre lo hizo. Años después de haber sido casi asesinado, abrazó a uno de sus agresores. “Son tus hijos, son tus nietos. Y depende de ti”, le dijo a Bety. Esa escena, más que cualquier consigna, define una versión de lo que es luchar por la paz.
México no se atreve a nombrar sus guerras internas. Quizás porque nombrarlas implicaría admitir que el gobierno es parte del problema. Pero la historia de Copala sigue ahí. Y lo que pide no es lástima. Pide atención y memoria. Suplica que escuchemos a quienes sobrevivieron para que lo vivido no se repita. Con eso tienen: que el pasado se quede en el pasado, si es que se extrajeron lecciones de ahí.
Bety López tiene una aspiración. Quiere que el país reconozca que hubo mujeres que lo sostuvieron cuando todo lo demás falló. Quiere que entendamos que reconstruir el tejido social toma décadas. Que la paz no es una tregua: es un derecho. Y que, de seguir ignorando estas historias, no habrá cómo exigir al futuro lo que no supimos construir en el presente.
Sobre el autor:
Periodista por vocación, provocador por defecto. Eduardo Navarrete es Head of Comms & Press en Fintual México y escribe columnas porque Excel no lo deja expresarse.
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