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    Hay ocasiones en las que no podemos creer como han evolucionado las industrias, tanto que pareciera que han pasado muchos años y en realidad no han sido tantos. También, parece que nos estamos enfrentando a otro tipo de negocios porque las reglas del juego han cambiado radicalmente. ¡Qué tiempos aquellos en los que la industria de la moda vivía de la promesa del deseo, de la apetencia del diseño, de la exclusividad con nombre y apellido. El lujo se sostenía en un principio económico fundamental: la escasez. Pero a la escacez se le agregaban dos elementos fundamentales: la exclusividad y la aspiración social. El ecosistema ha cambiado de forma radical. Lo que la gente apreciaba, hoy a las nuevas generaciones ya no les parece tan relevante. En la actualidad, la moda no se compra en boutiques de las que te reciben con una copa burbujeante ni en aquellos grandes almacenes monumentales con una persona dedicada a atenderte. Ya no, hoy la moda se adquiere con un clic. Esto le ha quitado glamour al mundo de la moda y el mercado a migrado a la practicidad.

    La ebullición del comercio electrónico ha transformado no sólo los canales de venta, sino también la relación entre consumidores, marcas y valores. Ya todo se ve desde otro ojo focalizador. En este nuevo escenario, el lujo tradicional enfrenta un reto mayúsculo: un declive mientras emerge una conversación inevitable en torno a la sustentabilidad. 

    La moda en línea ha crecido a un ritmo vertiginoso durante la última década. El ritmo se aceleró por la pandemia y se consolidó entre las nuevas generaciones que entienden el consumo como una experiencia digital. Las plataformas globales, marketplaces especializados y redes sociales convertidas en escaparates han democratizado el acceso a las tendencias. Hoy, cualquier consumidor puede comprar una prenda que vio hace cinco minutos en un video de TikTok o Instagram. La distancia entre el deseo y la adquisición prácticamente ha desaparecido. El precio también es una variable importante. A pocos les resulta interesante pagar cantidades exhorbitantes por algo que ya no les parece valioso. Especialmente, si pueden conseguir algo similar por un precio ridículo. El tema de la calidad, de la durabilidad se ha canjeado por la conveniencia. 

    Este fenómeno digital ha tenido un impacto directo en la lógica del lujo. Durante años, las casas de moda construyeron su prestigio a partir del control: control del acceso, del precio y de la distribución. Internet rompió ese cerco simbólico. La omnipresencia digital ha diluido una parte intrínseca del misterio que alimentaba el valor del lujo. Cuando todo se puede ver, comparar y comprar en línea, la exclusividad pierde parte de su aura. La inmediatez está opacando esa fama exclusiva.

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    A esto se suma un cambio generacional profundo. Para muchos consumidores jóvenes, el lujo ya no se define exclusivamente por el precio o la marca, sino por el significado. Las nuevas generaciones cuestionan las prácticas de producción, la huella ambiental y las condiciones laborales detrás de cada prenda. En otras palabras, el valor simbólico de la moda está migrando del estatus hacia la ética. O, eso parece dado que la inmediatez nos lleva a consumir más de lo que necesitamos. También es cierto que ahora se recicla menos, casi nada se repara y se busca la reposición del artículo por algo nuevo en vez de reutilizarlo.  

    Además, el problema, lo sabemos, es que la industria de la moda es una de las más contaminantes del planeta. El modelo de producción acelerada —popularizado por el llamado fast fashion— ha incentivado ciclos de consumo cada vez más cortos. Las colecciones se renuevan a una velocidad vertiginosa y las prendas se convierten rápidamente en desechos textiles. En ese contexto, el crecimiento del comercio online también ha multiplicado los empaques, los envíos y las devoluciones, ampliando la huella ambiental del sector. Ese consumismo estridente está ensuciando el planeta.

    Es aquí donde entra en juego la administración sustentable. Para las empresas de moda inmediata,—todas estas plataformas que venden ropa a precios sumamente accesibles, aunque la calidad no siempre se pueda garantizar— la sostenibilidad ya no puede ser sólo una narrativa de marketing; debe convertirse en un principio estratégico. Esto implica rediseñar cadenas de suministro, apostar por materiales responsables, reducir inventarios innecesarios y adoptar modelos circulares que prolonguen la vida útil de las prendas. 

    Algunas marcas han tomado el problema que se genera en sus manos y han comenzado a experimentar nuevas soluciones: programas de recompra, plataformas de reventa, reparación de productos y producción bajo demanda. Estas iniciativas buscan desacelerar el ciclo de consumo y crear un vínculo más duradero entre el consumidor y la prenda. Paradójicamente, este enfoque se acerca más al espíritu original del lujo: calidad, permanencia y valor a largo plazo. No obstante, los resultados no están frenando la contaminación textil. ¿Cuántas camisetas de algodón son suficientes?

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    El reto es enorme. La presión por crecer rápidamente en el entorno digital puede entrar en conflicto con la lógica de la sostenibilidad. Las plataformas premian la velocidad, la novedad y el volumen de ventas, mientras que la gestión sustentable exige planificación, moderación y responsabilidad ambiental. Las empresas deben aprender a equilibrar estas fuerzas aparentemente opuestas.

    El verdadero cambio no vendrá únicamente de la tecnología, sino de la gobernanza empresarial. Los directivos del sector enfrentan una pregunta fundamental: ¿cómo construir modelos de negocio rentables que no dependan del consumo acelerado? La respuesta pasa por integrar criterios ambientales, sociales y de gobernanza en el corazón de la estrategia corporativa. 

    En ese sentido, el futuro de la moda podría estar menos relacionado con la acumulación y más con la curaduría. Consumidores mejor informados tienden a comprar menos, pero mejor. Prefieren prendas duraderas, marcas transparentes y productos con historia. Este cambio cultural representa tanto un desafío como una oportunidad para la industria.

    La explosión de la moda online no desaparecerá; al contrario, seguirá creciendo. Pero su evolución dependerá de la capacidad de las empresas para adaptarse a un nuevo paradigma donde la transparencia, la ética y la sostenibilidad se convierten en activos competitivos. En ese nuevo escenario, el lujo no desaparecerá: simplemente cambiará de significado.

    Quizá el verdadero lujo del siglo XXI no sea poseer más, sino consumir con conciencia. Y en un mundo digital que acelera cada decisión de compra, esa puede ser la decisión más revolucionaria de todas. 

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