A menudo imaginamos la historia como una línea horizontal progresiva, pero en México el tiempo parece comportarse como una serpiente que se muerde la cola. Estamos atrapados en un bucle donde la tragedia no se supera, se recicla. En su nueva novela, Los tiempos malditos (Alfaguara, 2025), el escritor Francisco Martín Moreno desmonta la épica con la que fuimos educados para revelar una grave patología: nuestras grandes derrotas no ocurren por la fuerza del invasor, sino por una administración burocrática de nuestra propia aniquilación.
Esta gestión comenzó con una conquistadora silenciosa a la que la historia oficial resta crédito: la viruela. Lejos de la figura del aventurero impulsivo, Francisco Martín Moreno dibuja a un Hernán Cortés que opera con una lógica sanitaria atroz. El escritor narra cómo, al ser advertido de que en su tropa había enfermos con el rostro cubierto de ronchas, Cortés rechazó la sugerencia de aislarlos o quemarlos. Por el contrario, optó por la realpolitik del virus e introdujo a los infectados a Tenochtitlán, calculando con frialdad administrativa que la enfermedad haría el trabajo, por demás, sucio. La premisa era dejar que la población muriera “solita” para que el rey de España no pudiera acusarlo de masacre. Fue la primera lección de nuestra política moderna: el desastre es más efectivo cuando se le permite infectar el sistema desde adentro.
A esta tragedia biológica le sumamos un desastre semántico. Resulta desconcertante que sigamos llamando “Noche Triste” al único momento en que la resistencia indígena fue consistente y victoriosa. Martín Moreno apunta que aquella jornada fue un triunfo estratégico donde murieron tres cuartas partes de los invasores, pero adoptamos la tristeza del verdugo. Validamos una psicología de vencidos que prefiere llorar con Cortés a celebrar con Cuitláhuac, el héroe incómodo que advirtió con claridad: “Si los dejas entrar, nunca los vas a sacar”.
Nos aferramos al trauma de la invasión extranjera para no mirar nuestras fracturas internas. Hablar de la Conquista de México es una aberración, dice Francisco Martín Moreno, porque México no existía y es aritméticamente imposible que seiscientos hombres sometieran a seis millones.
Te interesa: La ‘fuerte’ relación comercial de España y México no ha parado pese a ‘vaivenes’ políticos
Lo que en realidad ocurrió fue una implosión social. Los pueblos oprimidos no se aliaron a España por amor a la cruz, sino por odio a los calpixqui, los recaudadores mexicas que secuestraban mujeres y robaban todo a su paso. El imperio no cayó por el acero toledano, cayó por el resentimiento de sus propios súbditos, un eco peligroso que resuena en la actualidad, donde la polarización resulta evidente.
Pero la verdadera autopsia de nuestra derrota, tal como la disecciona Francisco Martín Moreno, no está en las batallas, sino en la espera. Antes del combate, hubo algo inverosímil. Durante 235 días, los mexicas no combatieron a los invasores; los hospedaron.
Doscientos treinta y cinco días fueron los que Moctezuma y la nobleza mexica alojaron a Hernán Cortés en el palacio de Axayácatl. No fue una ocupación militar, fue una estancia con pensión completa. Durante casi ocho meses, los anfitriones sirvieron la comida a quienes violaban a sus mujeres y contagiaban de sífilis a sus hijas. Vieron cómo se saqueaba el tesoro y se burlaban de los dioses y, sin embargo, prevaleció esa parálisis que en México confundimos con prudencia: “Nadie se movía”, dice Francisco Martín Moreno, fascinado y horrorizado por la inacción de sus antepasados. Esa inmovilidad costó la civilización entera; no quedaron más que ruinas, de lo que fue la gran Tenochtitlán.
Lo grave de Los Tiempos Malditos no es el pasado, sino su reflejo en el espejo del 2025. El escritor sostiene una tesis rotunda: los mexicas del siglo XVI son idénticos a los mexicanos del siglo XXI. Ante la desaparición de la división de poderes y la extinción de los organismos autónomos, el pueblo de México ha decidido hacer lo único que sabe hacer bien: ser un buen anfitrión.
Al final, como en aquellos tiempos malditos, el riesgo de nuestra inacción es despertar en un sitio donde no quede piedra sobre piedra.
Sobre el autor:
Periodista por vocación, provocador por defecto. Eduardo Navarrete es Head of Comms & Press en Fintual México y escribe columnas porque Excel no lo deja expresarse.
Linkedin: https://www.linkedin.com/in/eduardo-navarrete
Mail: [email protected]
Instagram: @elnavarrete
Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.










