Por Manuel Muñoz*
México llegará a la Copa Mundial de la FIFA 2026 como una de las potencias turísticas más relevantes del hemisferio occidental. Sin embargo, el verdadero desafío para el país no será únicamente recibir millones de visitantes durante algunas semanas, sino demostrar que puede convertir esa exposición global en una plataforma de transformación estructural para la siguiente década.
El contexto es favorable. Tan solo en el primer bimestre de 2026, México registró 16.9 millones de visitantes internacionales, un crecimiento de 9 por ciento respecto al año anterior. Este dinamismo, que ha llevado la llegada de turistas internacionales a niveles récord de más de 8 millones de personas. A nivel global, ONU Turismo proyecta un crecimiento de hasta 4 por ciento para la industria este año, mientras que el Mundial podría generar la llegada de 5.5 millones de turistas adicionales atraídos por los 13 partidos que se celebrarán en Ciudad de México, Monterrey y Guadalajara.
Pero reducir la conversación únicamente a ocupación hotelera o derrama económica de corto plazo sería subestimar la dimensión real del momento que enfrenta el país.
Los grandes eventos globales suelen marcar puntos de inflexión para las economías receptoras. Algunos logran traducirlos en infraestructura, productividad y reposicionamiento internacional; otros terminan con activos subutilizados y beneficios efímeros. La diferencia normalmente no depende del evento en sí, sino de la capacidad de ejecución, coordinación e inversión de largo plazo que logren construir gobiernos, inversionistas y empresas alrededor de esa oportunidad.
México no necesita demostrar que puede atraer turistas. Lo ha hecho consistentemente durante décadas. El reto ahora es mucho más sofisticado: elevar la rentabilidad del turismo, aumentar el gasto por visitante y fortalecer el valor agregado de la experiencia turística frente a mercados que hoy aceleran sus inversiones en conectividad, hospitalidad y desarrollo urbano.
El riesgo para México no es la falta de demanda turística, sino asumir que la demanda por sí sola garantiza competitividad.
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En la industria hotelera ya existen señales claras de confianza de largo plazo por parte de inversionistas institucionales y desarrolladores especializados. Actualmente, México cuenta con más de 17,000 habitaciones en construcción en distintos destinos estratégicos del país, mientras que la llegada y expansión de marcas diferenciadas —desde propuestas lifestyle hasta desarrollos de ultra lujo— refleja una apuesta estructural por la evolución del mercado turístico mexicano.
Sin embargo, este tipo de inversiones opera bajo horizontes de maduración de largo plazo. Su rentabilidad futura dependerá, en gran medida, de las decisiones que se tomen desde hoy en materia de infraestructura, conectividad y fortalecimiento de destinos.
El desafío no recae únicamente en la inversión privada hotelera. También será fundamental acelerar avances en infraestructura pública, modernización aeroportuaria, movilidad urbana, percepción de seguridad y promoción turística estratégica, factores que hoy determinan directamente la competitividad global de cualquier destino.
La conversación global sobre turismo también ha cambiado de forma acelerada. Hoy los viajeros priorizan eficiencia, integración tecnológica, experiencias diferenciadas y estándares de servicio cada vez más altos. La competencia entre destinos ya no se limita a atraer visitantes, sino a generar mayor valor económico y sofisticación alrededor de la experiencia turística.
Desde la banca especializada entendemos que el desarrollo del sector depende de acompañar inversiones con visión de largo plazo, pero también de responder a un consumidor global cada vez más exigente, digital y con expectativas más altas sobre la experiencia de viaje.
México tiene hoy una oportunidad excepcional para reposicionarse no solo como un país con enorme capacidad de atracción turística, sino como un mercado capaz de capturar mayor valor por visitante y consolidar una industria más resiliente, rentable y sofisticada.
La Copa Mundial de la FIFA 2026 será, sin duda, un evento de enorme visibilidad para México. Pero su impacto más importante no debería medirse únicamente en cifras de ocupación o derrama inmediata. El verdadero éxito consistirá en utilizar este momento como catalizador para acelerar la transformación de la infraestructura turística del país y consolidar a México como uno de los mercados turísticos y de hospitalidad más competitivos, rentables y sofisticados del continente.
Sobre el autor:
*Manuel Muñoz Director de Banca Corporativa Hotelera de Banco Sabadell.
Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.











