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    Por José Iragorri*

    2026 no será un año de expansión automática para México; será un año de selección estratégica. En un entorno marcado por tensiones comerciales, redefiniciones regulatorias y una mayor exigencia tecnológica, el capital dejará de premiar la inercia. La función financiera —tanto dentro de las empresas como en las instituciones que las acompañan— tendrá que distinguir con mayor rigor entre crecimiento coyuntural y valor estructural.

    Uno de los principales temas en la agenda estratégica de 2026 es la revisión del T-MEC. Nos encontramos ante una renegociación compleja donde los sectores de energía, autopartes y el cumplimiento laboral están bajo escrutinio. Para asegurar una revisión beneficiosa que preserve el flujo de inversión, es imperativo alcanzar acuerdos comerciales claros que brinden certidumbre a largo plazo. En este escenario, el sector financiero debe operar como un aliado estratégico que ayude a las empresas a navegar la volatilidad arancelaria, enfrentar cambios regulatorios y a fortalecer las cadenas de suministro regionales, asegurando que México mantenga su posición como socio prioritario en Norteamérica.

    Por otro lado, la Copa Mundial de la FIFA 2026, con 13 encuentros en territorio nacional, será un catalizador relevante de inversión. Sin embargo, los eventos de escala global no generan desarrollo por sí mismos; lo hacen cuando obligan a elevar estándares operativos, financieros y de infraestructura. La verdadera oportunidad no estará en el consumo temporal, sino en la modernización de activos que mantengan competitividad mucho después del silbatazo final.

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    El impacto en el PIB y en el sector turismo será significativo, ya que para las ciudades sede se esperan crecimientos porcentuales mayores al 2% en su PIB local, pero su valor real reside en la capacidad de las empresas para elevar sus estándares de competencia. La banca especializada tiene aquí un papel determinante: financiar la modernización de activos que garanticen rentabilidad mucho más allá del silbatazo final, transformando la demanda temporal en una ventaja competitiva de largo plazo, tanto en el sector de real estate como en el sector hotelero y de servicios. 

    La adopción tecnológica dejará de ser una ventaja diferenciadora para convertirse en un requisito operativo. El coeficiente tecnológico —la capacidad de integrar datos, automatizar procesos y asignar capital con información en tiempo real— será determinante para la rentabilidad. Según el reporte Tendencias Financieras 2026 de Deloitte, esta transformación es ya una realidad operativa: el 48% de los líderes financieros ya opera sobre soluciones en la nube para maximizar márgenes, mientras que un 43% integra Inteligencia Artificial para la asignación estratégica de capital y la automatización de procesos.

    Esta transición permite que la función financiera deje de ser un centro de costos para convertirse en un motor de crecimiento, mejorando la visibilidad sobre el flujo de caja mediante el análisis predictivo.

    En conclusión, el éxito no dependerá del volumen de recursos disponibles, sino de la precisión con la que se asignen. En una economía cada vez más compleja, el capital mal estructurado será el mayor riesgo; el capital inteligente, la mayor ventaja competitiva. 2026 marcará una diferencia clara entre quienes reaccionan al entorno y quienes lo interpretan estratégicamente.

    Sobre el autor:

    *José Iragorri, CEO de Banco Sabadell México.

    Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

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