Hace unos días platiqué con una amiga que me contaba que su jefe tenía trabajando a su equipo al menos 12 horas al día.
La regla expresa dictada por aquel “tirano” es muy injusta, pero sencilla: “de 9 a 9, por si algo se le ofrece al director”. No importa si hay algo concreto por hacer, dice la instrucción.
En México, la Constitución de 1917 estableció con suma claridad los derechos laborales con una jornada de 8 horas diarias y “al menos” un día de descanso por cada 6 de trabajo.
En 1919, la Organización Internacional del Trabajo recomendó también una jornada de 8 horas, y en 1957, de 40 horas semanales.
Pero no es que hoy en estas líneas combata en favor de un derecho que no existe en las leyes, sino que me opongo a la creencia errónea que tienen ciertos jefes de que dedicar la vida al trabajo es señal de lealtad o de que una buena conducción del personal se logra controlando su tiempo.
La ciencia ha demostrado que trabajar demasiadas horas, omitir comidas o no tomar descansos genera un rendimiento laboral negativo y disminuye la productividad.
Según diversas consultoras, diagnósticos de riesgos psicosociales y el estudio Factor Wellbeing que realizamos en el Instituto del Propósito y Bienestar Integral, el mayor reto que tenemos quienes trabajamos en México es lograr un buen equilibrio entre la vida privada y la laboral.
Lograr esta conciliación trae como beneficio una mejor salud física y mental a las personas, e incluso más productividad laboral.
Al jefe de mi amiga se le olvida que actualmente el gobierno federal y los sectores obrero y patronal están tratando de llegar a un acuerdo para reducir oficialmente la semana de trabajo a 40 horas.
Hay empresas que ya operan bajo este esquema que llamamos “semana inglesa”; es decir, jornadas de ocho horas, incluyendo una hora de comida, de lunes a viernes.
Algunos empresarios se oponen al cambio en la ley porque les implica “menos ganancias”, por un liderazgo mal entendido o porque la naturaleza de su industria les dificulta reducir la jornada.
La gradualidad en la reducción de la jornada es necesaria, no tengo la menor duda, pero es algo que no debemos detener con el fin de que las personas gocemos de una mejor vida.
Los y las mexicanas somos de los que más horas trabajamos en el mundo: 2,124 horas anuales (los alemanes, por ejemplo, 1,332 horas, según datos de la OCDE a 2020), pero estamos entre los menos productivos, 22 dólares por hora (los alemanes 74, con la misma fuente a 2019) y entre los que más enfermedades sufrimos por estrés laboral.
El principio debe ser, primero, el respeto de los derechos laborales, pero también ofrecer un entorno seguro y favorable para realizar las tareas; brindar una mejor calidad de vida y la posibilidad de cuidarnos personal y mutuamente entre compañeros, clientes, proveedores y todas las personas con quienes tenemos contacto, cercano o remoto.
No es un tema de horas de presencia, sino de un trabajo comprometido donde el colaborador se sienta útil, apreciado y respetado.
La reforma que se traen entre manos el gobierno, empresarios y sector trabajador es una oportunidad para hacer más eficiente el trabajo en el país, para rediseñar los puestos de trabajo, para ofrecer retos más atractivos a los colaboradores y para pagar mejores salarios, tanto monetaria como emocionalmente.
Sobre todo, nos ofrece la ocasión de aprender a empatizar el trabajo y la vida personal para enriquecernos de bienestar, para lo cual hemos venido a este mundo.
Sobre el autor:
Rosalinda Ballesteros es directora del Instituto del Propósito y Bienestar Integral de Tecmilenio.
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