Por Julio Peña*
La empleabilidad juvenil ya no depende solo del título, sino de la capacidad de demostrar valor en contextos reales de trabajo. El whitepaper Future-Ready Talent ofrece valiosos insightspara reflexionar sobre las alianzas estratégicas entre empresas y universidades, y su potencial para transformar el futuro del país.
Las universidades deben responder una pregunta de fondo: ¿preparan a la juventud para hacer contribuciones de valor a la sociedad o sólo acreditan estudios desvinculados de la realidad?
Durante décadas, muchos organizaron su promesa alrededor de una idea cómoda: estudiar primero, trabajar después. El aula ofrecía teoría mientras el mercado aguardaba al final del camino. Ese arreglo perdió vigencia. La aceleración tecnológica, automatización de tareas y presión competitiva redujeron el margen para aprender “desde cero” al llegar a una organización. El mundo se mueve más rápido que la mayoría de las universidades.
Future-Ready Talent: lo que se busca en los egresados, un whitepaper realizado por Tecmilenio en colaboración con AMEDIRH, deja una lectura incómoda: existe una brecha entre lo que el plan de estudios declara y lo que el estudiante puede probar frente a un desafío profesional.
El dato más revelador de este estudio que dialoga con empresarios, académicos y egresados, proviene de la realidad inmediata: un recién egresado sin experiencia tarda entre seis y doce meses en conseguir una oportunidad. A la vez, la falta de experiencia aparece como una de las razones de rechazo más frecuentes entre los empleadores. Esa tensión dibuja una paradoja: el país invierte años en formar talento que todavía debe esperar demasiado para demostrar su valor.
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Este whitepaper exige repensar la relación entre universidad y empresa. No se trata de un trámite reputacional, hablo de un sistema de formación compartida. Las organizaciones conocen los problemas vivos. Las universidades tienen método, acompañamiento, y capacidad para formar a escala.
Ahí cobra sentido la Formación Integrada al Trabajo (FIT), que coloca al estudiante frente a experiencias reales de aprendizaje: proyectos aplicados, retroalimentación externa, estándares profesionales y retos que no se resuelven con memoria o copy/paste. Con FIT, la juventud aprende con consecuencias, con interlocutores, ante problemas que no caben en una rúbrica.
El presente del trabajo pide reskilling y upskilling. La formación inicial ya no alcanza para toda la vida profesional. La actualización técnica importa, pero la permanencia depende de competencias humanas. Las primeras abren la puerta mientras que las segundas sostienen la carrera.
Hay una dimensión adicional que las empresas empiezan a valorar con más claridad: propósito. Una persona con propósito de vida no trabaja solo para cumplir instrucciones, entiende el impacto de sus decisiones, aprende con dirección y aporta a una comunidad. Esa diferencia define trayectorias.
Hoy la empleabilidad juvenil dejó de ser un indicador escolar y pasó a ser una prueba de coordinación nacional entre universidades y empresas. Hoy ya no nos inquieta tanto cuántos egresan, sino cuántos pueden entrar al mundo del trabajo con evidencia, propósito y hambre de seguir aprendiendo.
Sobre el autor:
*Julio Peña, Vicerrector de Educación Abierta y Organizaciones en Tecmilenio.
Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.









