Estados Unidos ocupó durante mucho tiempo el centro del sistema financiero global, siendo el dólar estadounidense la columna vertebral de la economía mundial. Los inversores privados confían en el dólar como reserva de valor en tiempos de incertidumbre.
Los gobiernos y los bancos centrales poseen dólares para gestionar el valor de sus propias monedas y como una forma de protección contra las crisis económicas. Materias primas clave como el petróleo también cotizan en dólares.
Esta posición dominante, que otorgó a Estados Unidos enormes privilegios, incluyendo la capacidad de obtener préstamos a bajo precio y la capacidad de utilizar el sistema financiero global como herramienta de gobierno, se explica a menudo por el tamaño y la estabilidad de los mercados estadounidenses y la solidez de sus instituciones. Pero detrás de estos fundamentos económicos se esconde algo más intangible: la confianza.
Los países y las instituciones financieras privadas poseen dólares, comercian en dólares y solicitan préstamos en dólares porque confían en que Estados Unidos mantendrá un orden internacional abierto y basado en normas. También confían en que Estados Unidos cumplirá los contratos, protegerá los derechos de propiedad y gestionará el sistema financiero mundial de forma responsable, actuando como prestamista internacional de última instancia en períodos de crisis.
El sistema del dólar tuvo sus críticos desde hace tiempo. Tras la crisis financiera mundial, ocurrida entre 2007 y 2009, las economías emergentes se enfrentaron a graves consecuencias derivadas de la política monetaria estadounidense y a una creciente exposición a la deuda denominada en dólares. También fueron testigos del creciente uso de sanciones financieras como herramienta de la política exterior estadounidense.
China, Rusia, India y otros países fuera de Occidente comenzaron a construir infraestructuras financieras alternativas: nuevos sistemas de pago, líneas de swap de divisas e iniciativas para internacionalizar sus propias monedas. Lo que comenzó como una búsqueda gradual de algún tipo de protección frente al poder financiero estadounidense creó discretamente grietas en los márgenes del sistema basado en el dólar.
Sin embargo, nada fue tan desorientador para el papel global del dólar como los ataques abiertos de la segunda administración Trump al orden económico internacional liberal. La imposición de amplios aranceles comerciales, así como los esfuerzos por socavar las instituciones internacionales y nacionales, representan una ruptura fundamental con la promesa de un liderazgo financiero estadounidense responsable.
Las predicciones previas sobre la depreciación del dólar resultaron prematuras. Pero, como argumentamos en un artículo publicado recientemente, la erosión de la confianza en Estados Unidos como garante del orden internacional liberal debe tomarse en serio. Lo que presenciamos no es el colapso inmediato del poder financiero estadounidense, sino el inicio de una lenta transición hacia un sistema monetario global fragmentado, multipolar y menos predecible.
Ruptura de la confianza en el dólar
Tres acontecimientos destacan. En primer lugar, el compromiso de Washington con el orden económico liberal bajo el liderazgo de Donald Trump está siendo ampliamente cuestionado. En lugar de actuar como garante de la apertura de los mercados, Trump replanteó el comercio global como un sistema transaccional donde los países deben “comprar” los aranceles estadounidenses. Esto significa que otros países deben ahora comprar bonos del Tesoro estadounidense y otros valores a cambio de acceder al mercado estadounidense.
En segundo lugar, el aumento de la deuda estadounidense aumenta las dudas sobre la estabilidad fiscal del país. Se prevé que los importantes recortes de impuestos y planes de gasto de la administración Trump generen déficits persistentes de alrededor del 6% del PIB, y la deuda pública estadounidense se ha disparado a niveles récord. Esto llevó los bancos centrales extranjeros a reducir sus tenencias de dólares.
En tercer lugar, la administración Trump está atacando y socavando abiertamente a las agencias gubernamentales estadounidenses y al banco central del país, la Reserva Federal. Trump amenazó repetidamente con reemplazar al actual presidente de la Fed, Jerome Powell, y destituir a otros funcionarios del banco central desde que regresó a la Casa Blanca en enero.
La independencia de los bancos centrales se considera un sello distintivo de una gobernanza monetaria creíble, y socavarla plantea dudas sobre si Estados Unidos sigue siendo un ancla fiable para el sistema financiero global. De acuerdo con Reuters, las autoridades europeas cuestionan abiertamente si la Reserva Federal seguirá suministrando dólares a los bancos centrales extranjeros en tiempos de crisis financiera.
En conjunto, estas medidas afectan la base fundamental del dominio del dólar: la suposición de que Estados Unidos se comportará de forma predecible, responsable y con moderación institucional.
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A pesar de la turbulencia, ninguna moneda única está lista para reemplazar al dólar. El renminbi chino aún carece de mercados de capital abiertos y de sólidas protecciones legales, mientras que el euro carece de una autoridad fiscal unificada. Las nuevas plataformas de monedas digitales siguen siendo experimentales o especulativas.
Aun así, el mundo avanza hacia un panorama monetario más fragmentado. Los países están diversificando sus reservas en oro y otros activos distintos del dólar. Al mismo tiempo, los sistemas de pago regionales proliferan y los préstamos denominados en dólares a las economías emergentes están disminuyendo.
Las materias primas también se cotizan cada vez más en monedas distintas del dólar. Y ya no solo países como China se están retirando del sistema del dólar, sino que incluso los aliados de EU en Europa están animando a los bancos a reducir su dependencia de la financiación en dólares.
La economía global está entrando en un interregno financiero: un período en el que el antiguo orden se desvanece, pero el nuevo aún no ha nacido. El dominio del dólar no desaparecerá de la noche a la mañana, ya que demasiadas instituciones y redes aún dependen de él. Pero su supremacía indiscutible está llegando a su fin.
Un sistema financiero fragmentado reducirá el apalancamiento estadounidense, a la vez que hará que la economía global sea más compleja y, posiblemente, más propensa a las crisis. El dólar no ha muerto. Pero el mundo se prepara lentamente para la vida más allá de la hegemonía del dólar, y la segunda administración Trump podría ser el catalizador que convierta la insatisfacción prolongada en un cambio sistémico.
*Fabian Pape es investigador Leverhulme en la Facultad de Ciencias Sociales y Políticas de la Universidad de Edimburgo; Johannes Petry es investigador del CSGR de la Universidad de Warwick y Tobias Pforr es investigador visitante del Centro Robert Schuman de Estudios Avanzados del Instituto Universitario Europeo.











