Por José Roberto Balmori*
El cierre de 2025 evidencia un desempeño económico anémico. Cerramos el año con un modesto crecimiento de apenas 0.3%, una cifra que contrasta con el sustancial aumento de la deuda pública. Esta magra expansión, inferior al crecimiento poblacional, se traduce directamente en una reducción del Producto Interno Bruto (PIB) per cápita, un claro indicador de que el bienestar material promedio se contrajo. Lamentablemente, las proyecciones futuras no ofrecen un panorama mucho más optimista.
Incluso antes de iniciar el nuevo año, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) ha revisado a la baja su pronóstico de crecimiento para 2026, situándolo en un 1.2%. Este ajuste es significativo, ya que representa la mitad de lo que se ha presupuestado en el Paquete Económico de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP) para el 2026. No obstante, la cifra ofrecida por la OCDE se alinea con las expectativas de los analistas privados encuestados por Citi, quienes proyectan un crecimiento de 1.4%.
En contraste, la OCDE mejoró las perspectivas de Estados Unidos, cuya economía se espera que se expanda un 1.7% en 2026 (0.3 puntos porcentuales más que la estimación previa). Esta divergencia es crucial: Mientras nuestro principal socio comercial acelera, el recorte en el pronóstico mexicano sugiere un enfriamiento de los motores impulsados por el mercado interno.
El principal factor de preocupación radica en la inversión privada, motor fundamental del crecimiento. La inversión se desplomó a 22% del PIB al cierre de 2025, muy por debajo del umbral de 24% que se considera necesario para generar una expansión económica sostenida. La caída interanual de la inversión privada, cercana al 7% durante el año, refleja un palpable deterioro en el clima de negocios.
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Temas sensibles como la reforma judicial, las modificaciones a la Ley de Amparo y el debate en la Suprema Corte de Justicia sobre la revisión de casos ya juzgados, han generado una sensación de vulnerabilidad legal que frena la decisión de muchos inversionistas. Si a la caída de la inversión privada le sumamos los recortes significativos en la inversión pública, que rondan el 32%, el panorama de formación de capital se torna profundamente inquietante.
En el ámbito laboral, la situación es igualmente compleja. A pesar del aumento en el número total de empleados, este crecimiento se concentra en sectores de baja productividad. En 2025, se observó un alarmante aumento del empleo informal a costa del empleo formal. Esta transición se traduce directamente en una disminución de la productividad laboral, lo que erosiona la capacidad de la economía para generar crecimiento sostenible.
Si bien la masa salarial ha crecido, no está logrando impulsar la productividad necesaria. En consecuencia, el factor trabajo, al igual que el capital, está fallando como palanca de desarrollo económico.
Finalmente, el factor de la inseguridad continúa siendo un lastre que impacta directamente en la rentabilidad de las empresas. Las recientes protestas de transportistas y productores agrícolas por las extorsiones constantes evidencian un preocupante fenómeno de extracción de rentas por parte de organizaciones criminales. Este entorno de alto riesgo para los empresarios y trabajadores representa un cóctel de desafíos que requerirá un esfuerzo sostenido y políticas públicas eficaces para ser revertido.
Sobre el autor:
*Jose Balmori-de-la-Miyar es Director de los programas de licenciatura de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad Anáhuac México.
X: @jrbalmori
Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.
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