Por Edgar Alonso Angulo Rosas
A veces, las aspiraciones más elevadas conllevan las frustraciones más severas. Quizá por falta de capacidad o por una omisa previsión de diagnósticos, la realidad suele golpear a los gobernantes justo ahí donde las promesas de campaña se estrellan contra el ejercicio del poder. Las inercias burocráticas detienen tanto las mejores como las peores iniciativas. Aun cuando se logren los cambios legislativos para las transformaciones prometidas, los nuevos actores se enfrentan a un muro de desafíos que influyen, y a veces determinan, sus resultados. Estos van desde factores externos imprevisibles —como una pandemia, una guerra o una crisis internacional— hasta la miopía, la impericia y la temeridad que solo la ignorancia otorga.
En la película Atrápame si puedes, el personaje de Leonardo DiCaprio se entrenaba como abogado viendo episodios de Perry Mason para lograr que, sin saber nada de derecho, pudiera cubrir las apariencias. Hoy, parece que algunos rostros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación han tomado sus lecciones de los Simpson, Cantinflas o de la Tremenda Corte de Tres Patines. Esta puesta en escena genera, en el mejor de los casos, una “pena ajena” —esa empatía incómoda que se siente al ver a un niño de kínder trabarse en su primera presentación—. En este escenario, el ministro presidente, otrora un moderado abogado, luce como el experto jurista solo porque, en tierra de ciegos, el tuerto es rey.
Este fenómeno no es ajeno a la cúpula. Cada video que surge de los “jueces del bienestar” da cuenta de cómo el desprecio por la carrera judicial ha premiado la lealtad por sobre el talento. En casi cada área de gobierno escasean los especialistas; el mando ha quedado, en el mejor de los casos, en manos de luchadores sociales bien intencionados que querían conducir, pero no sabían ni meter primera. Y, en otros tantos, en figuras oscuras, narcisistas e incompetentes que recuerdan a Faetón, aquel joven de la mitología griega que, por vanidad, insistió en conducir el carro del Sol sin tener la fuerza ni el talento para domar a los caballos; el resultado no fue el brillo del astro, sino el incendio de la tierra por la impericia del conductor.
La curva de aprendizaje no solo trae sufrimiento a las poblaciones, conflictos de interés y opacidad; daña el corazón del proyecto mismo de quienes lo encabezaron. ¿Será que, en la cúspide del poder político, ese rostro de hartazgo que observamos se deba a un burnout acelerado? Un burnout que aparece temprano en un mandato que apenas inicia y ya resulta muy largo. Es el agotamiento de quien descubre que el voluntarismo no sustituye a la técnica, y que la realidad es una jueza que no acepta improvisaciones, ni compromisos, ni “otros datos”.
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No es que administraciones como las de Enrique Peña Nieto o Vicente Fox Quesada no tuvieran pifias, sino que de ellas se hacía una burla mordaz que canalizaba, dentro y fuera del gobierno, los errores transformados en caricaturas y memes. Incluso en los gobiernos de Felipe Calderón Hinojosa y Ernesto Zedillo Ponce de León, aunque enfurecían, no les quedaba más opción que aguantar el precio de gobernar. Hoy, la ignorancia tiene piel delgada, una combinación peligrosa. Ya sea en gobiernos como Campeche o Veracruz, o en la propia Presidencia, esa fragilidad genera reacciones desproporcionadas y tentaciones autoritarias de atacar y judicializar al crítico; de perseguirlo fiscal o mediáticamente con el poder de una conferencia de prensa, un programa de televisión o una mañanera. Pareciera que hemos regresado a aquellos años donde hablar mal del presidente podía costar el patrimonio, la tranquilidad o la libertad.
Mientras tanto, la voluntad de golpear a los talentos que sí operan la maquinaria del poder no se explica más que con la mezquindad de las aspiraciones personales o la envidia de no poseer el mérito que otros ostentan. Figuras destacadas del movimiento, con altas responsabilidades y excelentes resultados que se configuran como opciones viables de futuro, son golpeadas desde dentro y fuera solo para que su luz no opaque a los demás. Golpean a quienes sostienen el gobierno y protegen a quienes perforan el casco del barco.
Un colaborador leal pero incompetente es más peligroso que un adversario brillante; el segundo te obliga a mejorar, el primero te ayuda a cavar tu propia tumba sin darse cuenta. Hoy en día, no habría que cuestionar solo cuánto se les paga a ciertos funcionarios, sino cuánto nos cuestan sus torpezas, su narcisismo, sus viajes y sus estilos de vida desconectados y contrarios a la historia que predican y los valores que profesan.
Al final, el burnout gubernamental ha contagiado al primer círculo, y se observa como el síntoma inequívoco de un sistema que prefirió el eco de los aplausos al rigor de los diagnósticos. La política nacional parece haber olvidado que el poder no se hereda ni se mantiene solo con voluntad; se sostiene con resultados. Mientras sigan premiando la obediencia sobre la eficacia, el barco seguirá hundiéndose, no por la fuerza de las olas externas, sino por el peso de quienes, desde adentro, se empeñan en demostrar que para mandar no hace falta saber, solo hace falta querer. Y en esa soberbia, el incendio de Faetón es ya inevitable.
Sobre el autor:
*Edgar Alonso Angulo Rosas es psicólogo clínico y experto en adicciones con amplia experiencia en prevención y atención a violencias, adicciones, salud mental y derechos humanos. Ha ocupado cargos directivos en ONGs, sector público y privado.
Correo electrónico: [email protected]
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