Por Edgar Alonso Angulo Rosas*
Pocas prácticas están tan arraigadas en nuestra idiosincrasia como la costumbre de postergar. Dejar para el último minuto la realización de una tarea —ya sea salir a tiempo para un compromiso, entregar un reporte corporativo o estudiar para un examen— parece ser un deporte extremo que practicamos casi por inercia.
Este fenómeno admite una lectura clínica. Lo que observamos es una manifestación clara del goce, tal como lo comprendía Jacques Lacan: ese sufrimiento paradójico y adictivo que se experimenta en la tensión de no saber si el objetivo se alcanzará a tiempo. Mientras el reloj avanza, la angustia generada por el agotamiento de los días se camufla con la realización de actividades intrascendentes. Es un mecanismo de defensa; calmamos la ansiedad mintiéndole a nuestra parte consciente, autoconvenciéndonos de que, si no abordamos lo verdaderamente importante, es porque estamos abrumados atendiendo “otras urgencias”. Así, el adolescente decide repentinamente arreglar su cuarto a fondo, o el ejecutivo ordena meticulosamente su archivo, mientras los plazos fatales se agotan.
Esta dinámica, tan habitual en la cultura mexicana, nos ha llevado a gestionar el ámbito académico y laboral de formas muy peculiares. Exigimos plazos más largos para construirnos una zona de confort ilusoria y desarrollamos un ingenio sin igual para las justificaciones. El clásico “llegué tarde, pero sin sueño” es el lema no oficial de nuestra tolerancia a la demora.
Más allá del psicoanálisis, la psicología actual nos ofrece una explicación bastante sencilla. Investigadores como Tim Pychyl señalan que procrastinar no es un problema de mala gestión del tiempo, sino una falla en nuestra regulación emocional. Posponemos lo importante simplemente para evadir la incomodidad o el desgaste que nos genera, y buscamos alivio refugiándonos en una hiperactividad que nos otorga una falsa sensación de productividad; es la “hiperactividad vacía” que reseña el filósofo Byung-Chul Han.
Sin embargo, esta misma evasión adquiere proporciones de riesgo sistémico cuando se convierte en el método operativo de todo un aparato de Estado. Como sociedad, solemos tener una empatía mal entendida: aplaudimos el esfuerzo dramático y visible —como ver cuadrillas trabajando a las tres de la mañana— en lugar de exigir verdadera eficiencia operativa y cumplimiento de objetivos. Preferimos romantizar la cultura del esfuerzo en lugar de consolidar la cultura del resultado. Jugaron como nunca, perdieron como siempre.
El ejemplo más inminente lo tenemos de cara a la organización de la Copa del Mundo. Con años de anticipación se conocía la magnitud de este compromiso internacional y hubo tiempo de sobra para planificar y ejecutar. Y, sin embargo, el patrón se repite: llegamos al límite sin obras terminadas, con vialidades a medias y una infraestructura aeroportuaria rebasada y vergonzosa.
En lugar de una planeación estratégica, presenciamos con angustia una verdadera “gestión de urgencia”. La ciudad se pinta precipitadamente de morado, en lo que parece ser un gigantesco acto fallido —un lapsus a escala urbana sobre el cual Sigmund Freud se regodearía en sus interpretaciones—. Hoy, como el estudiante que intenta salvar el semestre en una madrugada, vemos a plantillas completas de trabajadores recorriendo la capital a marchas forzadas, intentando, con lo que popularmente llamaríamos una “manita de ajolote”, maquillar con pintura de último segundo las profundas grietas estructurales de la capital.
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Y aunque las comparaciones resultan odiosas, es inevitable cuestionarnos cómo fue posible evidenciar una mejor organización en eventos internacionales del siglo pasado, como las Olimpiadas del 68 o los mundiales del 70 y el 86. A pesar del clima político que ensombreció aquellas épocas y del devastador terremoto que precedió a este último, las obras cumplieron sus calendarios.
El rigor internacional actual exhibe aún más nuestra falta de método. Qatar 2022, a pesar de edificar su infraestructura desde cero, tenía siete de sus ocho estadios listos y probados un año antes del inicio del torneo. Rusia 2018 utilizó la Copa Confederaciones del año previo como ensayo general, entregando sus sedes principales con doce meses de anticipación. Y si miramos hacia Alemania 2006, considerado el “estándar de oro” moderno, sus doce estadios operaban al 100% un año completo antes de la justa. En todos ellos hubo planeación, no improvisación, lo cual se tradujo en una absoluta certeza financiera y operativa que evitó los deprimentes sobrecostos de emergencia; además, las ciudades lucieron, por decir lo menos, espectaculares.
Hoy, el sello de la administración en turno se vuelve sinónimo de lo malhecho; más que austero, resulta fallido. La 4T, más que un sello de orgullo, es motivo de preocupación. No estamos frente a las criticadas obras faraónicas del pasado, ni frente al rigor arquitectónico de las culturas prehispánicas que tanto se admiran en el discurso. Son, más bien, obras de una comedia trágica que exponen las infinitas limitaciones de quienes nos gobiernan. Pasamos de lo faraónico a lo escenográfico; a la fachada de cartón que amenaza con colapsar apenas desfile el contingente.
El destino de un país no debería gestionarse a brochazos, ni atendiendo al síndrome de “limpiar por donde pasa la suegra”. Hoy atestiguamos soluciones desesperadas: adelantar vacaciones escolares, decretar días de asueto de último minuto, improvisar cierres viales de madrugada y mandar a la población a home office en un intento burdo por ocultar el colapso logístico. Así, hoy el gobierno debería entender que la ineptitud también es corrupción, quizá la más costosa de sus manifestaciones.
A pesar de todo, si en algo tanto Claudia Sheinbaum como Clara Brugada han demostrado una sorpresiva capacidad de anticipación —en irónico contraste con su retraso en las obras— es en calcular que, si pisan un palco durante el desarrollo del Mundial, el repudio sonoro en un estadio lleno sería abrumadoramente contundente. Ante su ausencia, dictada por el miedo al abucheo monumental, la gran incógnita protocolaria será descubrir a qué funcionarios sacrificarán como representantes para dar la cara ante los jefes de Estado en un evento que debía ser una vitrina para enaltecer a una nación.
A fin de cuentas, y en respuesta directa tanto para la Jefa de Gobierno como para la Presidenta cuando se preguntan por qué a la ciudadanía le molesta el morado, la razón es muy simple: no es el morado, es lo demorado.
Sobre el autor:
*Edgar Alonso Angulo Rosas es psicólogo clínico y experto en adicciones con amplia experiencia en prevención y atención a violencias, adicciones, salud mental y derechos humanos. Ha ocupado cargos directivos en ONGs, sector público y privado.
Correo electrónico: [email protected]
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