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    La segunda mitad de 2025 se vislumbra como un periodo marcado por la intensificación de las tensiones internacionales y la consolidación de un escenario global fragmentado, carente de liderazgos efectivos y con consecuencias significativas para el orden económico y político. El análisis geopolítico más reciente se caracteriza por la ausencia de una potencia dominante capaz de definir reglas, orientar la cooperación internacional y contener los riesgos sistémicos. Esta deriva hacia el desgobierno internacional conlleva impactos concretos para América del Norte, en particular para México, Estados Unidos y Canadá, cuyas economías profundamente integradas enfrentan una serie de desafíos en materia de comercio exterior, estabilidad institucional y política industrial.

    La reconfiguración del liderazgo en Estados Unidos, tras el regreso de Donald Trump a la presidencia, representa un punto de inflexión para el equilibrio regional. La doctrina unilateralista que vuelve a tomar fuerza en Washington socava los pilares del multilateralismo y debilita los mecanismos de cooperación previamente impulsados desde el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (TMEC). Las amenazas de imposición de nuevos aranceles generalizados a bienes provenientes de China, pero también la reconsideración de los compromisos asumidos con sus socios norteamericanos, introducen una elevada dosis de incertidumbre comercial. Aunado a ello, las decisiones de política industrial, como la relocalización selectiva de cadenas de suministro o los subsidios discriminatorios en sectores estratégicos como el automotriz o el tecnológico, afectan directamente los márgenes de maniobra de México y Canadá en el marco del tratado comercial trilateral.

    En este entorno, México se encuentra ante un dilema geoeconómico complejo: por un lado, capitaliza su posición geográfica y el proceso de nearshoring como vía para atraer inversiones y consolidarse como socio estratégico de América del Norte; por otro, enfrenta el riesgo de quedar atrapado en una lógica de subordinación asimétrica, en la que las decisiones tomadas en Estados Unidos redefinen el mapa de oportunidades sin un diálogo estructurado. La ausencia de mecanismos regionales eficaces para gestionar disputas, coordinar respuestas frente a disrupciones globales —como las derivadas del conflicto prolongado en Ucrania, las tensiones en el Estrecho de Taiwán o la inestabilidad en Medio Oriente—, y establecer una estrategia común de integración, refuerzan esta fragilidad.

    Canadá, por su parte, ha mantenido una política exterior más alineada con las reglas del orden liberal, pero también comienza a resentir las consecuencias de esta pérdida de liderazgo global. Las disputas energéticas con Estados Unidos, la presión sobre sus políticas ambientales y la dependencia comercial de sus exportaciones hacia su vecino del sur colocan a Ottawa en una posición incómoda ante el giro proteccionista de Washington. En este contexto, Canadá explora nuevos mercados y alianzas, pero la creciente fragmentación del sistema internacional limita su capacidad de maniobra.

    El comercio exterior, columna vertebral de la economía mexicana, se convierte en terreno sensible. Las decisiones unilaterales sobre aranceles, los cambios en las reglas de origen del T-MEC, las barreras no arancelarias emergentes y la politización de temas como el cumplimiento laboral o medioambiental impactan directamente en sectores clave como el automotriz, la agroindustria y la manufactura avanzada. Además, la digitalización del comercio y la regulación de tecnologías disruptivas, como la inteligencia artificial y el uso transfronterizo de datos, requieren consensos regionales que hoy parecen lejanos ante la ausencia de liderazgo cooperativo.

    El entorno internacional de 2025 obliga a repensar las estrategias nacionales y regionales en materia de integración económica, soberanía tecnológica y diplomacia comercial. Para México, el desafío no radica únicamente en adaptarse a un entorno adverso, sino en construir una voz propia que contribuya a la rearticulación de liderazgos regionales más inclusivos y sostenibles. La segunda mitad del año se presenta como una ventana de oportunidad para replantear el papel de América del Norte como bloque económico en un mundo donde la coordinación estratégica ya no puede darse por sentada.

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