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    Afirmar que la estructura de la personalidad, el aparato psíquico o la organización mental de alguien causa sus propias enfermedades —o peor aún, la de sus hijos, nietos y descendientes— no solo es temerario; revela un espectro que va desde la ignorancia ingenua hasta la perversidad criminal. Esta idea es científicamente falsa, moralmente cuestionable y éticamente irresponsable. Además, alimenta una industria cruel que lucra con la culpa y la desesperación en momentos de profunda vulnerabilidad humana.

    La pérdida de la salud, ya sea la propia o la de un ser querido, supone golpes anímicos y económicos devastadores. La pregunta del “¿por qué a mí?” se vuelve una dolorosa interrogante que acompaña los tratamientos disponibles, las esperanzas y las batallas cotidianas de pacientes y familias, creando un terreno fértil para quienes ofrecen respuestas fáciles a preguntas complejas.

    La mente como moduladora: la base científica del vínculo

    Es innegable que nuestra mente y cuerpo están en un diálogo constante y que los pensamientos y emociones influyen en cómo percibimos una enfermedad. La ciencia ha documentado extensamente esta conexión a través de dos fenómenos principales:

    La enfermedad psicosomática: No se trata de una dolencia imaginaria, sino de una condición física real causada o exacerbada por el estrés psicológico. Su principal mecanismo, en términos técnicos, es la desregulación del eje hipotalámico-pituitario-adrenal (HPA), nuestro sistema central de respuesta al estrés. El estrés crónico libera cortisol de forma sostenida, lo que provoca efectos medibles: debilita el sistema inmunológico, genera inflamación crónica y altera la conexión cerebro-intestino. En estos casos, la mente actúa como un modulador que puede desequilibrar la fisiología del cuerpo.

    El efecto placebo: Este fenómeno demuestra que la creencia puede convertirse en biología. Un tratamiento inerte puede provocar mejoras medibles porque la expectativa de curarse activa los mecanismos de sanación del propio cuerpo. Como bien advertía Freud sobre la mejoría de los pacientes ante la simple presencia del médico en sus estudios sobre la transferencia, la creencia en la cura puede desencadenar la liberación de endorfinas (nuestros analgésicos naturales) o dopamina, generando un alivio real y tangible.

    Sin embargo, es crucial entender el límite: la mente modula, pero nunca reemplaza la base biológica de la patología. Estos fenómenos no son una licencia para afirmar que la voluntad o la personalidad pueden originar o erradicar enfermedades complejas como el cáncer, la leucemia o el lupus, pero una buena salud mental sí mejora su pronóstico.

    El reconocimiento de la ignorancia: donde la ciencia calla y la mentira grita

    Es cierto que la medicina ignora más de lo que sabe. Su fundamento científico, sin embargo, no consiste en tener todas las respuestas, sino en buscar iluminar honestamente los muchos campos de la ignorancia. Por ello, en no pocos casos se recurre a términos como “idiopático” para describir enfermedades de causa desconocida, reconociendo así con humildad los límites del conocimiento actual.

    Del otro lado del espectro se encuentran las remisiones espontáneas, casos en los que personas con los peores pronósticos sanan de manera inexplicable. Estos “milagros” existen. Unos opinan que aún no se conocen las variables biológicas que los provocan; otros, que no son variables biológicas las que operan. Pero incluso si se les atribuyera la intervención divina, esta no estaría sujeta al pago de honorarios de intermediarios con Dios.

    Es precisamente en este vacío de conocimiento donde prosperan aquellos que, bajo el manto de una supuesta fuerza espiritual o sabiduría ancestral, afirman tener una “conexión suprema”. Psicólogos que prometen curar el cáncer, sanadores de energía y otros gurús llenan ese vacío no con humildad, sino con afirmaciones fuera de toda lógica. Operan como una industria con reglas propias, sin la vigilancia de sistemas de salud ni comités éticos, incurriendo en prácticas que pueden ser criminales cuando llevan al paciente a retrasar, sustituir o abandonar su tratamiento médico.

    Incluso la reciente incorporación de la medicina tradicional a los sistemas de salud públicos —una estrategia que a menudo busca ganar confianza en comunidades reacias a la medicina basada en evidencia— solo puede considerarse acertada como un acompañamiento cultural. Es un puente para facilitar el acceso, pero se vuelve una decisión negligente si el equipo radiológico no funciona, si no existen vacunas, insumos y medicamentos en las farmacias del sistema y, peor aún, si se justifican estas carencias con el pago de honorarios a los médicos tradicionales.

    El espectro del bienestar: entre el apoyo legítimo y el fraude

    Para entender la magnitud del problema, basta observar la industria global del bienestar: un mercado valuado por el Global Wellness Institute en $5.6 billones de dólares, donde el segmento de la medicina complementaria por sí solo supera los $400 mil millones de dólares anuales. Dentro de esta gigantesca economía coexisten tanto prácticas valiosas como un mercado depredador. El primer paso para alcanzar la iluminación ya no es la introspección, sino la transferencia bancaria.

    Por un lado, se encuentran disciplinas legítimas que, usadas de forma complementaria, ofrecen un apoyo invaluable. Ejemplos con respaldo científico incluyen la acupuntura, que ha mostrado evidencia sólida en el manejo del dolor crónico; la meditación y el yoga, validadas consistentemente para la reducción del estrés y la ansiedad; los grupos de autoayuda; e incluso rituales ancestrales o la herbolaria, que pueden ser simbólicamente significativos para la idiosincrasia de ciertas poblaciones y, en algunos casos, fuente de indagación para nuevos medicamentos. Por otro lado, y amparado en las mismas cifras multimillonarias, opera un sector fraudulento. La línea divisoria es clara e innegociable: mientras las prácticas legítimas buscan apoyar sin hacer promesas de curación, el mercado depredador vende curas milagrosas, en no pocas ocasiones sugiere o exige el abandono de la medicina basada en evidencia y, finalmente, culpa a la víctima de su inevitable fracaso.

    El secuestro de la fe: ¿cómo diferenciar el apoyo del abuso?

    Este diálogo no es una afrenta a la fe. La espiritualidad enriquece. La fe es un acto profundamente amoroso y trascendental; el recurso que nos permite encontrar sentido en el sufrimiento, entender que nuestro paso por el mundo no es irrelevante y que incluso el dolor puede traer enseñanzas. La fe es un pilar que sostiene, un bálsamo que alivia el alma y que contribuye significativamente a sobrellevar los procedimientos médicos. La oración y el amor son apoyos invaluables: son la forma de esperar el resultado de una cirugía, de animar a continuar la batalla por la vida.

    El problema surge cuando la fe es secuestrada y la culpa se convierte en una herramienta dentro de un modelo de negocio. Cuando se le dice a un paciente que su falta de fe o sus bloqueos emocionales son la causa de que un “tratamiento” no funcione, se está cometiendo un acto de violencia criminal.

    El modelo de la culpa: anatomía de una estafa emocional

    El “terapeuta” fraudulento se publicita con el estandarte del éxito de ciertos casos, mientras se lava las manos frente al fracaso de otros. Su modelo de negocio es tan simple como perverso:

    – Si un paciente mejora (a menudo por el tratamiento médico real o, en casos excepcionales, por una remisión espontánea), lo anuncian como muestra irrefutable de su método.

    – Si el paciente no mejora o fallece, la narrativa cambia drásticamente. La culpa se transfiere a la víctima con argumentos devastadores: “no entendió la profundidad del saber”, “no se esforzó lo suficiente”, “no tuvo la fe necesaria” o, incluso, “no pagó el tratamiento completo”.

    Es una fórmula infalible que les permite salir siempre victoriosos, protegiendo su reputación y su flujo de ingresos. En ambos casos, éxito o fracaso, cobran por sus servicios. Esta práctica no solo es una estafa, sino que añade una carga de culpa insoportable a pacientes y familias. Cabe preguntarse: si alguien realmente tuviera dones de sanación, ¿no sería suficiente recompensa el tenerlos?, ¿para qué cobrar por ello?

    Conclusión: la responsabilidad de acompañar sin juzgar

    Culpar a una persona por su sufrimiento es una de las formas más profundas de crueldad. La verdadera sanación, tanto física como espiritual, proviene de un enfoque que combina la medicina basada en evidencia con un acompañamiento compasivo y libre de juicios. El objetivo debe ser siempre curar cuando sea posible y, en todos los casos, acompañar y sostener sin culpar.

    Si bien en el trabajo clínico a profundidad suceden cosas cuyo poder solo se puede atestiguar en el contexto de las sesiones —el insight o la epifanía—, esto responde al uso de la técnica y al trabajo profundo y genuino por el bienestar del paciente. Aun cuando no sepamos mucho de los mecanismos involucrados, el componente ético es un sine qua non (una condición indispensable).

    Este principio ético se resume en el aforismo hipocrático Primum non nocere (Primero, no hacer daño); el psicólogo clínico que acompaña dolencias de salud debe promover la adherencia terapéutica al tratamiento médico, explicar con honestidad las limitantes de la medicina alternativa y ayudar al paciente a fomentar el amor por la vida y la aceptación de las condiciones que ella implica, fortaleciendo sus recursos emocionales para enfrentar la adversidad.

    Sobre el autor:

    *Edgar Alonso Angulo Rosas es psicólogo clínico y experto en adicciones con amplia experiencia en prevención y atención a violencias, adicciones, salud mental y derechos humanos. Ha ocupado cargos directivos en ONGs, sector público y privado.

    Correo electrónico: [email protected]

    Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

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