Por Avelina Ruiz*
El actual contexto geopolítico, marcado por profundas tensiones internacionales, desafía la confianza en el multilateralismo que es central para la acción climática. Así, la COP30 que arrancó en Belém, Brasil, con delegados de más de 160 países, deberá restaurar y fortalecer el sentido de cooperación. Éste es el principal camino para alcanzar el objetivo global de limitar el aumento de la temperatura a 1.5°C, así como para promover la adaptación a los efectos del cambio climático bajo los principios de equidad y justicia social.
En este complejo escenario global, los países están llegando a Belém con nuevos compromisos de reducción de emisiones para el año 2035 y de adaptación al cambio climático respaldas por políticas concretas en sus Contribuciones Nacionalmente Determinadas (NDC) actualizadas. En este contexto, la COP30 se perfila como una prueba de credibilidad del Acuerdo de París adoptado por 195 países hace una década.
Los resultados del más reciente Informe sobre la Brecha de Emisiones, publicado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, no son alentadores. De los NDC presentados hasta septiembre de 2025 por 60 países, se estima que las emisiones globales se reducirán un 15 % para 2035, muy por debajo del recorte del 56 % que se requiere para mantener viva la meta del 1.5 °C.
La brecha de emisiones no sólo revela compromisos insuficientes; también es una señal del rezago en la implementación de políticas públicas, en la movilización de recursos financieros y en el desarrollo de capacidades institucionales para descarbonizar la economía.
Es importante reconocer que las políticas que se han puesto en marcha y financiamiento que se ha orientado a tecnología de bajas emisiones desde la firma del Acuerdo de París, empiezan a transformar el sector energético. En 2024, por ejemplo, la inversión global en energía limpia representó dos terceras partes del total destinado al sistema energético; las ventas de vehículos eléctricos ligeros alcanzaron cerca del 25 % del mercado, frente a menos del 1 % en 2015; y la capacidad de generación renovable superó, en el primer semestre de ese año, al carbón como principal fuente de electricidad a nivel mundial. Sin embargo, estos avances son desiguales entre países y regiones y no se producen a la escala y velocidad que la emergencia climática demanda.
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La COP30 debe marcar el punto de inflexión de pasar de los compromisos a la implementación. De Belém, los países deben regresar con un acuerdo ambicioso que trace la ruta para eliminar progresivamente los combustibles fósiles y acelerar una transición energética justa. Esta transformación debe asumirse como la vía principal no sólo para cerrar la brecha de emisiones, sino también para promover una alternativa de desarrollo que brinde nuevas y mejores oportunidades para todas las personas.
Con esta ambición, la COP30 debe asegurar que las inversiones se multipliquen y que el financiamiento climático fluya hacia los países en desarrollo. Esto necesariamente requiere que los acuerdos y negociaciones partan de una visión compartida en donde el desarrollo económico, la seguridad energética y el bienestar social no se perciban como prioridades en conflicto, sino como objetivos complementarios con la descarbonización de los sistemas económicos y energéticos.
México llega a la COP con un liderazgo climático renovado. Por primera vez, presenta metas de reducción absolutas —en un rango de entre 364 y 404 MtCO₂e de forma no condicionada— y planes de desarrollo que colocan a la justicia energética y la transición justa en el centro de su estrategia. Su papel será clave para avanzar hacia los acuerdos que se necesitan en Belém. Lo que el país diseñe en coordinación con todos los sectores será decisivo para alinear inversiones y acelerar la acción climática durante esta década, de forma coherente con los objetivos de desarrollo sostenible.
Limitar el calentamiento global a 1.5 °C sigue siendo técnicamente posible. Sin embargo, cada año de retraso consolida infraestructuras intensivas en carbono, genera mayores pérdidas para las personas y los ecosistemas y vuelve más costosa la ruta hacia las cero emisiones netas cero. La COP30 representa una oportunidad histórica para cambiar el rumbo.
Sobre la autor:
*Avelina Ruiz es subdirectora de política climática de Iniciativa Climática de México (ICM), think tank especializado en impulsar políticas públicas para acelerar la acción climática en el país.
Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.









