Por Edgar Alonso Angulo Rosas*
La política vive obsesionada con el pasado; la sociedad civil vive urgida por el presente.
Mientras los gobiernos gastan su capital político culpando a sus antecesores —sobre todo cuando pertenecen a otro espectro ideológico—, la narrativa parece calcada: los problemas de hoy son culpa ineludible del régimen de ayer. Las derechas culpan a las izquierdas y viceversa, en una cadena de responsabilidades retroactivas que, si nos descuidamos, nos llevaría a culpar a la Conquista, al Medioevo o a Mesopotamia, en una regresión infinita que podría llegar hasta la fundación de las civilizaciones o al dominio del fuego.
Pero mientras la política mira hacia atrás, la realidad exige soluciones en tiempo presente. En el “aquí y el ahora”, las poblaciones padecen los costos de las divisiones ideológicas. Bien podemos juzgar los esfuerzos de los gobernantes en turno, pero la ciudadanía necesita resultados, no justificaciones; las voluntades no sirven si no cambian las realidades. ¿Para qué apoyar un ideario político si en el hospital hay carencias de servicios básicos? Caeríamos en el supuesto de que el hambre te tira, pero la pertenencia partidista te levanta; tristemente, no es raro ver la manta del líder supremo en un hogar de cartón y lámina.
Ante el vacío de resultados, surge un denominador común histórico: la sociedad civil organizada. Personas que, movidas por una historia personal de dolor, un compromiso ético o una genuina utopía, deciden dejar de esperar y comenzar a actuar. Así nacen las organizaciones que luchan contra la pobreza, las enfermedades o la violencia; iniciativas donde convergen tantas causas que atraviesan poblaciones originarias, grupos vulnerables y sueños compartidos.
Sin embargo, una desconfianza histórica ha minado la relación entre el poder y el Tercer Sector. A menudo, las Instituciones de Asistencia Privada (IAP) y las Asociaciones Civiles (AC) son acusadas desde las tribunas oficiales de ser meros vehículos para la evasión fiscal o la conspiración política. Si bien no se puede “meter las manos al fuego” por el 100% de las organizaciones, la realidad es que la inmensa mayoría está integrada por sobrevivientes: personas que transformaron su tragedia en una causa para evitar el sufrimiento ajeno. Funcionan buscando recursos en complejas convocatorias y demuestran que la participación es posible.
El discurso que descalifica a la filantropía se desmorona ante una tendencia global innegable: los grandes capitales están decidiendo donar sus fortunas a fundaciones operativas en lugar de heredarlas intactas a descendientes o dejarlas en manos de gobiernos. ¿Cómo entender este fenómeno? No solo como caridad, sino como una declaración de principios: es la búsqueda de eficiencia ante las dolorosas ineficiencias gubernamentales.
La sociedad civil tiene una capacidad de articulación y agilidad que el Estado, por su propia naturaleza, ha perdido. La explicación radica en la operatividad. Mientras el gobierno se enreda en licitaciones, burocracia y candados —necesarios para tratar de evitar la corrupción, pero que a menudo solo la encarecen y paralizan la ejecución—, una ONG pequeña detecta una necesidad y la cubre. Si un niño necesita un medicamento, el gobierno inicia un trámite; la sociedad civil lo consigue y lo entrega. La buena fe y la urgencia operan donde la burocracia se estanca. Los pacientes requieren estudios, no autopsias.
Entonces, ¿por qué persiste el rechazo gubernamental hacia las ONGs? ¿Es celo por el protagonismo, desconfianza institucional o miedo a que se evidencie la ineficacia operativa?
Esta vocación por “hacer” en lugar de “esperar” no es nueva; tampoco lo es el recelo que despierta, pues se remonta a la Grecia clásica. Ahí nació el concepto de Philanthrôpía, vinculada desde su origen a la “desobediencia constructiva”. En el mito, Prometeo fue el primer filántropo: se opuso a los dioses para entregar el fuego y la técnica a los humanos, dotándolos de civilización. Fue un acto de valor frente al poder. Por su osadía, pagó el precio: fue encadenado a una roca mientras un águila le devoraba el hígado, el cual se regeneraba cada noche para perpetuar el sufrimiento. Desde siempre, la filantropía ha sido un acto de rebeldía: entregar el fuego cuando el poder establecido (el Olimpo o el Estado) es incapaz de lograrlo o se niega a hacerlo.
De esa Philanthrôpía surgió el Evergetismo, una práctica donde los ciudadanos con recursos no esperaban a que el gobierno (la Polis) resolviera las carencias públicas: ellos mismos financiaban baños, teatros y granos para el pueblo a cambio de honor y estatus. La sociedad civil entendió hace milenios que la legitimidad no se gana con discursos, sino cubriendo los vacíos que el Estado deja abiertos. El Olimpo no importa si la sociedad se organiza.
Pero, así como la vocación de ayuda es antigua, también lo es la paranoia gubernamental. Ya en Roma existían los Collegia, asociaciones ciudadanas de ayuda que operaban con una autonomía que, antes como ahora, incomodaba al poder central. La respuesta imperial fue la Lex Iulia, promulgada por Julio César y ratificada por Augusto, diseñada para controlar y disolver estas agrupaciones bajo el temor de que se convirtieran en focos de conspiración política. Fue el momento histórico en que el Estado decidió que la organización ciudadana dejaba de ser un derecho natural para convertirse en una concesión administrativa sujeta al humor del gobernante o un privilegio para los amigos. La historia suena vigente: el poder central sigue mirando con recelo a la organización independiente, acusándola de agendas ocultas cuando, en realidad, solo busca operatividad.
Las naciones de alto desarrollo no son aquellas donde el gobierno lo hace todo, sino aquellas que han logrado la articulación perfecta: gobierno, empresa, academia y sociedad civil jugando para el mismo fin. En México, es hora de entender que la sociedad civil no es enemiga del Estado; por el contrario, puede y debe ser su mejor aliado para llegar a donde el presupuesto, los programas y la política no alcanzan.
Sobre el autor:
*Edgar Alonso Angulo Rosas es psicólogo clínico y experto en adicciones con amplia experiencia en prevención y atención a violencias, adicciones, salud mental y derechos humanos. Ha ocupado cargos directivos en ONGs, sector público y privado.
Correo electrónico: [email protected]
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