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    Por Gustavo Martínez Baca Anaya*

    México no enfrenta un problema de disponibilidad de capital para infraestructura energética. El reto está en encaminar proyectos verdaderamente financiables.

    Esta es la diferencia entre las economías que logran acelerar su desarrollo y aquellas que se rezagan: la capacidad de transformar prioridades nacionales en proyectos estructurados que realmente lleguen a materializarse y que puedan resistir el escrutinio técnico, financiero y jurídico que exige el capital institucional.

    Hoy México enfrenta precisamente ese momento de definición.

    El marco institucional empieza a alinearse. La Ley para el Fomento de la Inversión en Infraestructura Estratégica contempla inversiones por alrededor de 5.6 billones de pesos en sectores como energía, transporte y agua, bajo un modelo donde el capital privado tendría una participación cercana al 46%. Sin embargo, la experiencia internacional demuestra que el éxito de estos programas no depende del tamaño de las cifras anunciadas, sino de la calidad técnica de los proyectos que las respaldan.

    En banca corporativa y de inversión existe una regla no escrita pero ampliamente comprobada: el capital persigue certidumbre. Eso significa proyectos con asignación clara de riesgos, contratos bancables, fuentes de pago confiables, marcos regulatorios estables y estructuras financieras capaces de resistir ciclos económicos completos. Sin estos elementos, el capital se mantiene al margen. Con ellos, el capital compite por participar.

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    La diferencia entre un proyecto anunciado y un proyecto financiado suele encontrarse en aspectos que rara vez son visibles en el discurso público: mecanismos efectivos de mitigación de riesgos, claridad en los derechos de los acreedores, estándares sólidos de gobierno corporativo y disciplina en los procesos de ejecución. Esa diferencia-–entre intención y ejecución-–es donde se define la verdadera competitividad de una economía.

    En el sector energético, por ejemplo, la meta de elevar la generación renovable al 48% representa una oportunidad histórica para detonar inversión productiva, pero también implica retos sofisticados relacionados con infraestructura de transmisión, almacenamiento, estabilidad regulatoria y diseño de vehículos financieros adaptables.

    México tiene hoy una oportunidad clara para consolidar una nueva generación de infraestructura estratégica que permita elevar la productividad y la competitividad. El factor decisivo no será la magnitud de los anuncios, será la consistencia en la ejecución, la disciplina técnica y la capacidad de generar confianza entre inversionistas de largo plazo.

    Porque al final, el capital siempre está disponible para los proyectos bien estructurados. Y en esta nueva etapa del desarrollo económico del país, la diferencia entre crecer de forma sostenida o perder competitividad dependerá precisamente de eso: de la capacidad colectiva de transformar visión en proyectos, proyectos en financiamiento y financiamiento en infraestructura que genere crecimiento real.

    El capital está listo. La oportunidad es clara. Ahora toca demostrar que también existe la capacidad de ejecutar.

    Sobre el autor:

    *Gustavo Martínez Baca Anaya es Subdirector General de CIB en Banco Sabadell México.

     Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

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