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    Mi esposo estaba describiendo recientemente algo que ocurrió en unas vacaciones pasadas. No era un evento significativo, pero sonaba agradable. Yo, sin embargo, no tenía ningún recuerdo de lo que me contaba. Él no podía creerlo del todo.

    Sabemos que “los recuerdos pueden diferir”, pero ¿cómo pueden ser tan distintos? ¿Y por qué no tengo ese recuerdo? Estoy ocupada en el trabajo: ¿simplemente me quedé sin espacio?

    Es una explicación tentadora. Hablamos de “cabezas llenas”, “sobrecarga de información” y “demasiado que asimilar” como si el cerebro fuera un contenedor que eventualmente alcanza su capacidad. Pero el cerebro no se llena. Más bien, filtra.

    En cualquier momento dado, hay mucha más información disponible de la que podríamos almacenar de manera realista. Las imágenes, sonidos y conversaciones de un solo día abrumarían a cualquier sistema que intentara registrarlos por completo. En cambio, el cerebro se basa en la selección. La atención determina qué se percibe. La emoción ayuda a determinar qué es importante. Luego, estructuras como el hipocampo deciden qué vale la pena consolidar en la memoria a largo plazo.

    Si tu atención está en otra parte, el proceso falla desde el primer paso.

    En esas vacaciones, mi esposo puede haber hecho una pausa suficiente para registrar el momento. Yo quizá estaba pensando en a dónde íbamos después, revisando horarios o simplemente pasando el día sin detenerme a asimilarlo. La diferencia es sutil, pero importa. Sin atención enfocada, las experiencias se codifican de manera débil, si es que se codifican. En ese sentido, el recuerdo no se perdió. Nunca se formó completamente.

    Incluso cuando los recuerdos se codifican con éxito, no se almacenan como registros fijos. Cada vez que recordamos un evento, lo reconstruimos, a partir de fragmentos de detalles sensoriales, conocimientos previos y expectativas. Con la repetición —mediante conversación, reflexión o relato— esas reconstrucciones se vuelven más sólidas y coherentes. Con el tiempo, pueden sentirse cada vez más vívidas y seguras.

    Esto ayuda a explicar por qué las experiencias compartidas pueden divergir de forma tan marcada. Suponemos que vivir el mismo momento debería producir el mismo recuerdo, pero el cerebro no funciona así. No registra la experiencia de manera pasiva. Selecciona, prioriza y, tan importante como eso, descarta.

    La sensación de que nuestros cerebros están “llenos” surge no porque nos hayamos quedado sin almacenamiento, sino porque hemos alcanzado los límites de lo que podemos procesar al mismo tiempo. La atención es finita. La memoria de trabajo —la pequeña cantidad de información que podemos mantener activamente en mente— es aún más limitada. Cuando estos sistemas se saturan, la información nueva tiene dificultades para abrirse paso. Es el equivalente mental de tener demasiadas pestañas abiertas: nada se ha perdido de forma permanente, pero todo se vuelve más difícil de manejar.

    Dónde falla la analogía con la computadora

    Las analogías con la informática son útiles hasta cierto punto. Si la memoria de trabajo se parece a la RAM —rápida, temporal, limitada— entonces la memoria a largo plazo suele compararse con un disco duro. Pero aquí es donde la comparación deja de funcionar. Un disco duro almacena archivos en ubicaciones fijas, recuperables exactamente en la misma forma en que fueron guardados. El cerebro no funciona así.

    Los recuerdos no se almacenan como archivos independientes. Se distribuyen a través de redes de neuronas, se superponen, se remodelan y se reorganizan cada vez que se recuerdan. Las nuevas experiencias no simplemente se añaden a lo que ya existe: interactúan con ello, modificando tanto lo nuevo como lo antiguo.

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    Foto: Freepik

    Se han hecho intentos por estimar cuánto podría almacenar teóricamente el cerebro. Una cifra ampliamente citada del Instituto Salk la sitúa en alrededor de un petabyte —aproximadamente equivalente a cientos de años de video continuo—. Es un número impresionante, pero también algo engañoso. Implica un sistema de almacenamiento que se llena con el tiempo, cuando en realidad el cerebro se reorganiza constantemente. La capacidad no es fija, y la información no se almacena de forma aislada. Se integra, se modifica y, cuando deja de ser útil, se deja desvanecer.

    Lo que plantea una pregunta algo incómoda: ¿qué pasa con los recuerdos que nos gustaría conservar?

    Algunos de ellos se desvanecerán, no porque el cerebro se haya quedado sin espacio, sino porque no se refuerzan de manera continua. La memoria no se conserva simplemente porque sea importante para nosotros. Se conserva cuando se revisita, se relata o se conecta con otras experiencias. Sin ese refuerzo, incluso los momentos significativos pueden volverse más difíciles de acceder con el tiempo.

    Lo que se pierde, en la mayoría de los casos, no es el recuerdo en sí, sino nuestra capacidad para recuperarlo. Un olor familiar, una pieza musical o un detalle inesperado pueden traer de vuelta algo que parecía completamente perdido. El rastro permanece, pero ha quedado fuera de alcance. Y la ausencia de un recuerdo rara vez es evidencia de un sistema saturado: con mayor frecuencia, es la huella de un momento que nunca se almacenó por completo, o uno que simplemente no ha sido evocado.

    *Sobre la autora:

    Michelle Spear es profesora de Anatomía en la Universidad de Bristol.

    Este texto fue publicado originalmente en The Conversation.

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