Por Carolina González Alcántara
El entusiasmo por la inteligencia artificial (AI) en el día a día profesional en Latinoamérica es innegable. Sin embargo, detrás de este optimismo se esconde una realidad incómoda: la mayoría de las organizaciones está atrapada en lo que podemos denominar el “espejismo de la adopción”. El simple uso de la tecnología no equivale a la generación de valor estratégico; ahí es donde reside la brecha, como lo revela el estudio Trabajo Reimaginado de EY.
Este fenómeno surge de un desajuste entre el ritmo entre la innovación técnica y la evolución de los equipos. Si bien los colaboradores reportan ahorros de tiempo relevantes gracias a estas herramientas, estos beneficios permanecen en un plano individual y superficial. En consecuencia, el impacto se diluye antes de convertirse en mejoras estructurales de productividad. Esto ocurre porque el liderazgo sigue concibiendo a la IA como una solución tecnológica que se implementa, en lugar de una transformación cultural que se gestiona. Cuando la estrategia de talento y la cultura quedan fuera de la ecuación, el potencial de la tecnología no se optimiza.
A nivel operativo, esta desconexión se traduce en un uso poco sofisticado de las herramientas. Aunque el acceso a la IA se ha democratizado en gran parte de las organizaciones, solo una minoría logra trascender las tareas básicas y convertirla en un verdadero acelerador de procesos complejos. El riesgo es claro: quedar atrapados en una automatización superficial que optimiza lo inmediato, pero que no transforma. Así, se pierde de vista el verdadero valor de la IA: rediseñar modelos de negocio y liberar capacidad para el pensamiento crítico de alto valor.
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Esta falta de integración con propósito ya está generando tensiones evidentes en la fuerza laboral, como el temor al desplazamiento. Al mismo tiempo, la ausencia de lineamientos claros desde la alta dirección fomenta el uso informal de herramientas fuera de la normativa, abriendo riesgos silenciosos pero críticos en materia de gobernanza, privacidad y seguridad de la información. Según el estudio, del 23 al 58% de los usuarios encuestados a nivel global (y del 27 al 56% de los encuestados en Latinoamérica) trae sus propias herramientas de IA al trabajo.
Contrario a lo que podría pensarse, la resistencia no radica en una aversión a la tecnología. Surge, más bien, de un entorno que carece de un marco claro de confianza y de capacidades adecuadas de aprendizaje. Permanecer en el status quo por temor a la incertidumbre o a los errores iniciales es, en realidad, la decisión más costosa. El liderazgo hoy exige acompañar a los equipos en esta curva de aprendizaje y establecer, con rigor, modelos de gobernanza que impulsen la innovación sin comprometer la seguridad de los activos digitales.
Revertir esta tendencia implica reconocer que el desafío dejó de ser tecnológico para convertirse en un asunto de liderazgo. Exige priorizar el aprendizaje continuo para sofisticar el uso de la IA, gestionar activamente el cambio para reducir la incertidumbre y alinear los sistemas de incentivos con esta nueva realidad de eficiencia. Asimismo, es necesario promover un flujo dinámico de talento y una comunicación consistente que refuerce un principio clave: la IA potencia, pero no sustituye el juicio humano.
La clave para capitalizar esta nueva era es clara: la IA provee la herramienta, pero el talento humano define la ventaja competitiva. El valor real comenzará a materializarse cuando dejemos de centrarnos exclusivamente en la innovación tecnológica y empecemos a gestionar la adopción desde la cultura, el talento y la estrategia de negocio.
Sobre el autor:
*Carolina González Alcántara, Socia Líder de People Consulting, EY Latinoamérica.
Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.
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