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    Una gerente de marketing de 31 años describía recientemente una situación que comienza a repetirse en miles de organizaciones. Gracias a la inteligencia artificial, hoy puede elaborar en una hora reportes que antes le tomaban toda una mañana. La tecnología le ha permitido trabajar con mayor rapidez, eficiencia y productividad. Sin embargo, lejos de sentirse más aliviada, se siente más agotada que nunca.

    “La IA me ayuda muchísimo”, dijo. “El problema es que nadie utiliza ese tiempo para que trabajemos menos; simplemente esperan que produzcamos más.”

    Su experiencia refleja una realidad que muchas empresas aún no han reconocido, porque si bien la inteligencia artificial puede liberar tiempo y aumentar la productividad, también eleva la presión por producir más, y si no se gestiona adecuadamente, el resultado es el agotamiento laboral.  Además, hay un riesgo adicional que aparece poco en los análisis corporativos:  el uso excesivo de la IA puede deteriorar las habilidades cognitivas, cuando sustituye, en lugar de complementar, el análisis, la memoria, la creatividad y el juicio propio.

    La paradoja que nadie quiere ver

    En 2025, el Upwork Research Institute publicó un hallazgo que debería atraer la atención de cualquier consejo directivo: el 77% de los ejecutivos reporta ganancias reales de productividad gracias a la IA, y los empleados afirman ser un 40% más eficientes con estas herramientas. Hasta ahí, las buenas noticias. El problema viene después: los trabajadores más productivos con IA tienen un 88% más de probabilidades de sufrir agotamiento severo, y el doble de probabilidades de renunciar.

    No es solo fatiga tecnológica: el 85% de los empleados más productivos con IA reporta ser más amable con los sistemas artificiales que con sus colegas humanos. El 67% confía más en la IA que en sus compañeros de equipo, mientras que el 64% afirma tener una mejor relación con ella que con las personas a su alrededor. Esto ya no es un dato sobre herramientas, sino una señal social que habla del estado de nuestras organizaciones y de la sociedad en general.

    El Papa León XIV aborda precisamente esta situación en la encíclica Magnifica Humanitas, dedicada a la custodia de la dignidad de la persona en el tiempo de la inteligencia artificial (IA). La pregunta de apertura no podía ser más oportuna: frente a una tecnología que promete productividad, eficiencia y hasta acompañamiento emocional, la disyuntiva no es si la IA funciona, sino hacia dónde nos lleva, ¿construimos con ella algo más humano, o levantamos una nueva torre de Babel?

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    La IA como terapeuta: entre el alivio y el riesgo

    Los testimonios disponibles muestran la doble cara de esta tecnología.  Kelly, quien mientras esperaba acceso a terapia tradicional a través del Servicio Nacional de Salud del Reino Unido, encontró en ChatGPT un apoyo para manejar la ansiedad, la baja autoestima y el impacto emocional de una ruptura de pareja.  Adam, de 16 años, compartió con la misma plataforma de inteligencia artificial los síntomas de su depresión antes de quitarse la vida. La diferencia entre ambas historias no invalida los beneficios potenciales de la IA, pero subraya con urgencia la necesidad de establecer límites, supervisión y criterios claros para su uso en salud mental.

    Una revisión sistemática publicada en NPJ Digital Medicine analizó 7,834 estudios sobre agentes conversacionales basados en IA. El metaanálisis de 15 ensayos controlados aleatorizados encontró resultados sorprendentes: los chatbots reducen significativamente los síntomas de depresión y el malestar psicológico. Los efectos son más pronunciados en intervenciones breves, en personas que no buscan terapia presencial y en adultos mayores. En regiones con escasez de psicólogos y psiquiatras como en la mayor parte de América Latina, México incluido, este alcance tiene un valor innegable.

    Sin embargo, la misma evidencia que documenta beneficios también revela límites importantes. Aunque algunas herramientas de IA han demostrado potencial para ampliar el acceso al apoyo psicológico, su impacto sobre el bienestar mental general sigue siendo temporal y acotado. Más preocupante aún es la brecha entre la adopción y la validación científica: solo una pequeña proporción de los chatbots de salud mental disponibles en el mercado ha sido sometida a evaluaciones independientes de eficacia clínica. En muchos casos, la comercialización ha avanzado más rápido que la evidencia.

    Los riesgos identificados por investigadores y especialistas son considerables: dependencia emocional del programa de IA, respuestas inadecuadas ante situaciones de crisis, sesgos algorítmicos, ausencia de empatía genuina y el uso de datos sobre la salud mental de las personas, una de las categorías de información personal entre las más sensibles que existen. A ello se suman desafíos éticos y regulatorios todavía sin resolver.  Por ello, hoy por hoy la IA no puede considerarse sustituto de los servicios profesionales de salud mental.

    El dato que más debería preocupar a los responsables de Recursos Humanos es este: el 58% de los trabajadores dice sentirse más seguro compartiendo sus problemas de salud mental con un chatbot que con el área de RH de su empresa. ¿Es falta de confianza? ¿Qué consecuencias trae eso para las organizaciones? ¿Cómo impacta en el clima y en los resultados?

    El temor que nadie menciona en la junta directiva

    La American Psychological Association documentó en julio de 2025 que el 38% de los trabajadores teme que la IA haga obsoletas algunas o todas sus funciones. En Estados Unidos, la IA fue un factor determinante en cerca de 55,000 despidos durante ese año. Investigadores de la Universidad de Florida han propuesto incluso un nuevo diagnóstico clínico: el Artificial Intelligence Replacement Dysfunction (AIRD) para describir el impacto psicológico del miedo crónico al desplazamiento tecnológico.

    Lo que llama la atención ya no es la magnitud del fenómeno, sino quiénes lo están experimentando, y no se trata de los trabajadores menos familiarizados con la tecnología. La Generación Z, que creció en un entorno digital y suele considerarse la más preparada para adaptarse, figura entre los grupos que reportan mayores niveles de ansiedad ante la IA. Comprender la herramienta, al parecer, no elimina el temor a ser sustituido por ella.

    León XIV señala algo que los datos laborales confirman con precisión incómoda: el problema no es la tecnología en sí misma, sino la concentración de su poder. “No podemos ignorar que las capacidades que hemos adquirido dan a quienes tienen el conocimiento, y sobre todo el poder económico para explotarlo, un dominio impresionante sobre el conjunto de la humanidad.” En términos de gestión de personas, el miedo al desempleo tecnológico no es irracional. Es una respuesta sensata a un cambio que pocos lideran con ética y  transparencia, y gestión efectiva.

    Yuval Noah Harari lo planteó en Veintiún lecciones para el siglo XXI. El verdadero reto de la transformación laboral por la IA es darle a las personas el tiempo, los recursos y las oportunidades para reinventarse continuamente. La pregunta que las organizaciones todavía no responden con suficiente claridad es si realmente lo están haciendo.

    Lo que no podemos perder

    En Situational Awareness: The Decade Ahead, Leopold Aschenbrenner sostiene que, así como en 1993 muy pocas personas comprendieron la trascendencia que tendría internet, hoy aún son pocos quienes dimensionan el impacto que la inteligencia artificial tendrá en nuestras vidas. Su llamado es claro: prepararnos para transformaciones económicas, sociales y políticas de una magnitud sin precedentes.

    Hay un ángulo de esta conversación que rara vez aparece en los informes corporativos: sus implicaciones para la salud mental y el desarrollo de las capacidades humanas. Si delegamos de manera sistemática nuestras tareas cognitivas a la inteligencia artificial, corremos el riesgo de dejar de ejercitar lo que más nos distingue.

    En este sentido, la curiosidad que impulsa el aprendizaje, la creatividad que genera ideas nuevas, el pensamiento crítico que cuestiona y analiza, el juicio para tomar decisiones complejas, la intuición que integra experiencia y la empatía que hace posible comprender a los demás.  Son capacidades que no solo enriquecen nuestra salud mental y nuestras relaciones, sino que también representan el valor más difícil de reemplazar por cualquier tecnología. El reto no es competir con la IA. Es evitar que su uso acabe debilitando aquello que nos hace profundamente humanos.

    El costo que no aparece en los estados financieros

    Las intervenciones digitales de salud mental, cuando están bien diseñadas y supervisadas clínicamente, pueden ser costo-efectivas, especialmente para ansiedad y depresión leves o moderadas. Pero tienen una cara que las empresas suelen omitir en sus proyecciones: infraestructura tecnológica, validación clínica, supervisión ética, ciberseguridad de datos sensibles y capacitación continua del personal. La IA no llega gratis al área de bienestar corporativo. Y cuando llega sin esos elementos, no es una solución. Es un riesgo cuya dimensión real aún no terminamos de comprender.

    Según el informe Modern Health 2026, el 88% de los empleados dice que las empresas necesitan culturas que alienten activamente el uso de recursos de salud mental, pero solo el 33% siente que su empleador valora genuinamente su bienestar.  Este dato refleja una caída de 8 puntos en un solo año con respecto al reporte anterior. Ese abismo es, precisamente, el espacio que la IA está ocupando sin regulación ni supervisión clínica adecuada.

    Criterios para un uso responsable: adultos, adolescentes y niños

    La evidencia no apoya un enfoque único. La relación entre IA y salud mental varía de manera significativa según la edad, el contexto y el tipo de intervención.  

    En adultos, la IA puede ser una puerta de entrada valiosa para quienes no buscan terapia presencial, un complemento entre sesiones y una herramienta de detección temprana. Los criterios no negociables son tres: validación clínica del sistema utilizado, supervisión profesional del proceso, y protección robusta de los datos generados. Ningún chatbot debe sustituir la atención especializada ante síntomas severos, ideación suicida o trastornos psiquiátricos graves. Este límite no es opcional.

    En adolescentes, el panorama es más delicado. Jonathan Haidt documentó en La generación ansiosa que el uso intensivo de redes sociales y smartphones se asocia con un incremento significativo de ansiedad y depresión en jóvenes, antes de que la IA conversacional estuviera en sus bolsillos. La Magnifica Humanitas llama a una alianza educativa para la era digital que involucre familias, escuelas e instituciones. El criterio rector no es la restricción ciega sino el acompañamiento consciente: saber qué está usando el adolescente, para qué lo usa, y qué tan solo está en esa relación.

    En niños, la evidencia y la encíclica convergen: la IA no debe ocupar el espacio del vínculo humano primario en ninguna de sus formas. El cuidado, el juego no mediado, la presencia física y la conversación cara a cara son condiciones del desarrollo psicológico sano que ningún algoritmo puede replicar. La salud mental infantil se construye en la relación, no en la pantalla. Y cuando delegamos esa construcción a la tecnología, el daño no siempre es visible hasta que ya es muy tarde.

    La pregunta que los líderes no pueden eludir

    La IA está cumpliendo con las ganancias de productividad que prometió. Pero lo está haciendo a un costo que las organizaciones no están midiendo con la misma rigurosidad con que miden los ingresos: el costo del burnout, de la desconexión interpersonal, del pensamiento crítico atrofiado, del miedo crónico al reemplazo y de la salud mental de las personas que sostienen a las empresas desde adentro.

    Estamos ante una elección decisiva que no pueden tomar los algoritmos ni los mercados. La tecnología está arraigada en nuestra historia, según León IXV, “como un hecho profundamente humano, vinculado a la autonomía y libertad del hombre”..Pero esa autonomía se ejerce o se pierde. Y se pierde, cuando alguien más, o algo más, decide el rumbo.

    La evidencia científica y la reflexión filosófica más rigurosa del momento apuntan en la misma dirección: la IA puede ser un instrumento poderoso al servicio de la salud mental, pero solo cuando está subordinada a la relación humana, supervisada clínicamente, regulada con transparencia y orientada hacia la dignidad de cada persona. Cuando no lo está, no es una herramienta. Es un problema del cual no tenemos muy clara su dimensión todavía.  

    Mientras tanto, ser cautos y prudentes en el uso de la IA, y asegurarnos de que sea ella la pieza a nuestro servicio y no al revés.

    (*) El autor es líder de opinión en adicciones a nivel nacional e internacional. Fue director de Monte Fénix y es fundador del Centro de Estudios Superiores Monte Fénix, Clínicas Claider y AMESAD. Es coautor del libro “Adicciones, el creciente desafío” y ha sido reconocido por su trayectoria con diversos premios. Actualmente desarrolla la Fundación Espinosa-Larrea.

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