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    Por Lorena A. Palacios-Chacón* y Jahir Lombana**

    La temporada de vacaciones solía ser una época muy esperada para algunas ciudades, pero de un tiempo para acá, los habitantes no ven con buenos ojos la avalancha de turistas que inundan sus calles. Al principio, la preocupación se basaba en la contaminación causada por el turista insensato que botaba basura al suelo o se comportaba de manera errática porque, al creerse foráneo, sentía que las leyes locales no irían contra sí, por ser “turista”. A este ingrediente, en otros tiempos temporal, se le ha sumado de manera permanente el aumento de los precios en los destinos no solo para el turista sino también para el habitante local. Por ejemplo, los sitios de comida, otrora asequibles para los lugareños en plazas tradicionales, se vuelven imposibles por sus precios, ya que el turista quiere probar la “experiencia” local. Y ni qué decir de las modalidades de alojamiento que, al superar el límite de la capacidad local, el alquiler de habitaciones informales de corta duración, han hecho que las rentas de larga duración se disparen más allá de los límites del poder adquisitivo de los habitantes habituales.

    Para ciudades emblemáticamente turísticas, esto parecía haber sido natural hace algunos años, pero las nuevas corrientes de bienestar y el desenfreno de los viajeros, quizás después del largo encierro del COVID, presentan un nuevo panorama. Barcelona, Cuzco, Cartagena de Indias, por nombrar algunos ejemplos iberoamericanos, ya tienen organizaciones en contra del turismo masificado y esta es una discusión que apenas empieza. Los lugareños se han beneficiado históricamente del turismo, pero cuando se pierde el control y llega una abrumadora cantidad de turistas que no necesariamente quieren pagar por servicios bien prestados, sino por servicios baratos y de ocasión, el valor agregado de los sitios turísticos poco a poco va decreciendo. 

    La solución a esto no se encuentra en una receta porque los afectados son muchos: empresas formales e informales que ofrecen servicios, turistas que quieren pasar un buen rato, gobierno que ve en el turismo una fuente adicional y en algunos casos principal de recursos y por supuesto el ciudadano local que puede estar simultáneamente en cualquiera de los grupos anteriores pero que por encima de todo necesita vivir el día a día. 

    Por otro lado, cuando las ciudades ya no esperan temporadas para llenarse, como es el caso de las que acabamos de nombrar, deben realmente preocuparse, tal y como lo están. Pero, ¿qué pasa con esas ciudades que tienen un corto tiempo para mostrarse al mundo?. Eventos como el próximo Mundial de Fútbol de la FIFA en el 2026 es un ejemplo de ello, hay ciudades acostumbradas al turismo (como Ciudad de México, Guadalajara, Los Ángeles, San Francisco, Toronto y Vancouver)  y otras más pequeñas que buscan hacer sus primeros pasos para atraer turistas y que el voz a voz ayude a que vuelvan. Esta es la primera vez que se realiza un mundial en 3 países distintos, por lo que la expectativa, la logística y el impacto no tienen precedentes. Para las ciudades grandes esto puede ser normal, pero para ciudades pequeñas y suburbios es un reto que no debe tomarse a la ligera.

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    De acuerdo con un estudio del periódico The New York Times, basado en una muestra de 6 hoteles por ciudad, en México se espera el aumento más alto en los precios por noche de estancia: 961% en Ciudad de México, 466% en Monterrey y 405% en Guadalajara. Por su parte, en Estados Unidos, las ciudades con mayores incrementos son: Houston, con un 457%; Kansas City, con un 364%; y Atlanta, con un 344%. A su vez, en Vancouver se espera un aumento del 233% en los precios y en Toronto, un 78%. Lo anterior es una muestra de la derrama económica de estos eventos para determinados sectores, pero a su vez demuestra el encarecimiento de algunas actividades tradicionales, que para los locales puede ser un golpe fuerte mientras sucede el evento.

    Por su parte, las aerolíneas locales aprovecharon los días tradicionales de precios bajos “Black Friday” y “Cyber Monday” para lanzar ofertas relacionadas con este evento masivo apostándole a la masificación y el reciente sorteo de la FIFA que agrupa a los equipos mundialistas en determinadas ciudades; sin embargo, a medida que se acerca la fecha se verá un aumento progresivo en el valor de los boletos.

    Es importante destacar los efectos a largo plazo de este tipo de eventos, tales como las mejoras en la infraestructura. Si bien el foco principal es el tener estadios con buena capacidad, también se están viendo beneficiadas las vías, los aeropuertos y los sitios históricos, por lo que estas ciudades estarán preparadas para atender mejor a los turistas en el futuro, aunque por la experiencia en otros eventos también pueden quedar como monumentos colosales o infraestructuras que tuvieron que reformarse para albergar otro tipo de actividades. Aún hay mucho por verse, pero en julio revisaremos qué nos dicen los números y si hay satisfacción o desgaste en las ciudades involucradas. Ante lo expuesto hasta ahora, caben varias preguntas: ¿hay un número óptimo de turistas para las capacidades limitadas de las ciudades? ¿La derrama económica de las atracciones permanentes o de los eventos puntuales es suficiente para que los habitantes de las ciudades soporten y acepten el turismo? Seguramente estas preguntas no tienen una respuesta única y dependen de múltiples factores que aún en la experiencia histórica no se han logrado responder.

    Sobre las autores:

    *Lorena A. Palacios-Chacón es profesora investigadora de la Escuela de Negocios del Tecnológico de Monterrey, Campus Guadalajara, México.

    **Jahir Lombana, es profesor de la Universidad del Norte, Barranquilla, Colombia. 

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