La alarma suena, pero nadie despierta. En la era del pánico perpetuo, la tragedia es el titular indiscutible que desfila al pie de la pantalla mientras desayunamos.
Gaza arde, Irán e Israel tensan la cuerda, Estados Unidos amenaza con entrar al cuadrilátero y Ucrania ya no es tendencia, salvo cuando se filtra una imagen lo suficientemente escandalosa para colarse entre videos de gatos y ofertas de e-commerce. Los migrantes son cazados en redadas quirúrgicas, mientras el crimen ha perfeccionado la burocracia que las autoridades solo imitan: administra, cobra y protege con más eficacia que cualquier Estado. ¿Alguien recuerda la última balacera en una escuela? ¿O ya fue desplazada por la penúltima?
Vivimos anestesiados por la abundancia de desastres. El horror es un bien de consumo diario, mientras que la compasión, un lujo escaso y en extinción. Vivimos un ciclo de alarma continua, donde cada sobresalto borra al anterior. Un misil cae sobre un hospital, la red se inunda de condolencias automáticas, minutos después una celebridad es cancelada y la prioridad mundial cambia de sede. En esta feria de sobresaltos, la única certeza es el olvido. La noticia es la nueva peste: sobrevive el que logra distraerse más rápido.
Así, el “business as usual” ya no es solo una expresión cínica del poder. Es el modo de existencia generalizado. El horror, la injusticia, la catástrofe ambiental y el racismo son rutina, y la rutina se vuelve paisaje.
La guerra pasó de una estrategia secreta a una coreografía previsible. Los noticieros reparten bajas y misiles con la dicción de un parte meteorológico. Los políticos simulan preocupación, los mercados ajustan sus apuestas, las tecnológicas perfeccionan los filtros para que la sangre no manche los anuncios. La audiencia, entrenada en el arte del olvido, exige una dosis diaria de tragedia con sabor distinto: hoy Oriente Medio, mañana Ucrania, al día siguiente migrantes, y siempre, en la sobremesa, una nueva variante de corrupción.
La información corre y corre tanto, que huye de sí misma. Lo realmente urgente queda relegado al sótano de las prioridades. El cambio climático —el enemigo sin rostro ni trending topic— avanza mientras el planeta se recalienta en cámara lenta. Los glaciares no se derriten en videos virales. Los incendios no figuran en rondas de negociaciones. La extinción no se va a medir en likes, pero tendrá total engagement. Y acaso las lluvias solo nos hacen correr y refugiarnos, sin otra acción de mayor alcance. Nuestra atención, programada para lo inmediato, no detecta lo irreversible ni lo gradual.
Business as usual es la frase con la que el mundo administra su ruina. Seguimos trabajando, produciendo, tuiteando, confiando en que el siguiente escándalo sustituya la incomodidad del anterior. El crimen se institucionaliza, la política se banaliza, la autoridad se delega, la democracia se gamifica, la empatía se monetiza y la atención se desperdicia. Todo sigue igual, precisamente porque nada permanece igual.
En este preciso momento, alguien muere en un conflicto, alguien es víctima de la injusticia, alguien se ahoga en un mar sin rescate, alguien enciende el aire acondicionado para olvidar el calor que él mismo genera. Y nosotros, mientras tanto, cambiamos de canal, esperando el siguiente escándalo, la nueva tendencia, el próximo olvido.
Vivimos un estado de alarma sin sobresaltos, un apocalipsis dosificado en temporadas, una sucesión de emergencias administradas por la dejadez. Si todo es grave, nada lo es. Si todo exige atención, nada merece memoria.
Tal vez la verdadera urgencia sea esa claridad en la atención. Detenerse en el vértigo. Preguntarse por aquello que no hace ruido, pero nos está quemando los pies. De lo contrario, solo quedará esperar el próximo desastre para seguir ignorando el anterior. Business as usual.
Sobre el autor:
* Eduardo Navarrete es especialista en Estudios de futuros, periodista, fotógrafo y Head of Content en UX Marketing.
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