Hay ciudades que se vuelven invisibles no porque les falte algo, sino porque les sobra. Sobran rejas, carriles, pretextos. Uno ya no camina: se desplaza con cautela. La ciudad deja de ser un lugar compartido y se convierte en un protocolo de seguridad. No la habitamos; la esquivamos.
Contracorriente (Aguilar, 2025), de Miguel Treviño, incomoda por una razón: recuerda que eso que llamamos realismo urbano es, en realidad, resignación. No propone una reconciliación emocional con la ciudad, sino una pregunta que tal vez peca de practicidad: ¿en qué momento aceptamos que el encuentro fuera un riesgo y no una posibilidad?
El diagnóstico está a la vista y, por eso, golpea doble. Perdimos el espacio de encuentro. Durante años hemos confundido crecimiento con encierro. Diseñamos calles para huir, no para encontrarnos. Construimos fraccionamientos que prometen seguridad a cambio de aislamiento y centros comerciales que sustituyen la plaza pública por un simulacro climatizado de convivencia. La ciudad, así entendida, no fracasa de golpe; se desgasta. Administra su decadencia como si fuera un fenómeno natural. El espacio público, ese lugar donde los extraños deberían aprender a coexistir, se abandona. Y cuando se abandona, se le teme.
La respuesta fue el atrincheramiento. Fraccionamientos con aduanas, guardias armados y promesas de seguridad a cambio de aislamiento que se confunde con paz. La ciudad entendida como club. El “otro” convertido en amenaza potencial.
Miguel Treviño, el ex alcalde de San Pedro Garza García, dice que ese cálculo es erróneo. La seguridad no nace de los muros, sino del uso. Cuando el espacio público es digno, se llena. Y cuando se llena, se cuida.
Hay una escena clave que narra Contracorriente: vecinos que protestan porque un parque tendrá baños. El argumento no es sanitario, sino moral: “vendrá gente de fuera”. La ciudad entendida como club. Los baños se construyeron y lo interesante no es la anécdota, sino lo que vino después: parques llenos, habitados, vivos. El apocalipsis no llegó. Al contrario: cerca del 40% de quienes los usan no viven en el municipio. Nadie perdió estatus por compartir una banca. El temor al otro se disolvió cuando el otro dejó de ser una abstracción.
Aquí conviene detenerse. La ciudad no es un paisaje, es una relación. Cada quien carga con una idea específica de lo urbano: para algunos es tránsito y consumo; para otros, defensa y retiro; para pocos, todavía, encuentro. ¿Desde qué valores nos movemos? ¿Qué antivalores justificamos cuando aceptamos que la banqueta sea un estorbo y no un derecho?
Miguel Treviño enumera tres males conocidos: autoridades débiles frente a intereses privados; un espacio público que reproduce desigualdades y genera resentimiento; y alcaldes sin idea de legado, gestores de emergencia sin una pregunta de fondo. Gobiernan como si la ciudad fuera una habitación de hotel.
De ahí una idea radical por lo obvia: de la puerta de la casa hacia afuera, el espacio público debe ser de la misma calidad para todos. Tus interiores pueden ser distintos. La banqueta no. Ahí se tendría que probar la ciudadanía.
El autor no escribe para reconciliarnos con la idea de ciudad, sino para obligarnos a mirarla desde otro ángulo. El suyo no es un alegato estético ni un sermón cívico. Es una invitación práctica a preguntarnos con qué ciudad convivimos y, sobre todo, por qué aceptamos la que tenemos.
Por eso Miguel Treviño insiste en algo que solemos evitar: hay que entrarle. No como benefactores ni como estatuas, sino como ciudadanos. La indignación no debería llevarnos al cinismo, sino a la participación, empezando por lo local, donde las decisiones se ven y se miden.
La buena ciudad, según Jane Jacobs, urbanista canadiense, es un lugar lleno de extraños que pueden encontrarse sin miedo. Por eso es relevante la pregunta: ¿quiénes somos cuando estamos fuera de nuestra puerta? ¿Hay tales cosas como la casa común o el club privado? La mala ciudad es la que nos enseña a sospechar. La que nos divide. La que nos aísla.
Hay temas que no deberían estar sujetos a consulta. Que existan aceras. Que haya baños. Que caminar no sea un acto sospechoso. Si eso suena radical, es porque nos acostumbramos a lo inaceptable y lo llamamos cotidianidad.
Sobre el autor:
Periodista por vocación, provocador por defecto. Eduardo Navarrete es Head of Comms & Press en Fintual México y escribe columnas porque Excel no lo deja expresarse.
Linkedin: https://www.linkedin.com/in/eduardo-navarrete
Mail: [email protected]
Instagram: @elnavarrete
Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.










