Enlaces rápidos

    ¿Cuántas veces hemos tenido que ir a las urnas para elegir la opción “menos peor”? Y, ¿qué valor expresa eso a los ojos de una sociedad que se piensa democrática?

    Uno de los principios más seductores que presenta la democracia como forma de organización social es su promesa de representación: el poder en manos del pueblo. Solo que hoy, y tras varios sexenios como argumento, la clase política parece más preocupada por su siguiente elección —y consecuente beneficio exclusivo— que por el bienestar colectivo.

    La democracia se presenta como el ideal incuestionable al que toda forma social debería aspirar: soberanía popular, rendición de cuentas, protección de derechos individuales. Todo suena evolucionado y pinacular. Al menos en teoría.

    Ya en la práctica, este sistema, diseñado para ser la voz de muchos, suele transformarse en la ganancia de unos pocos. Puesto de una manera práctica: ¿cuántas veces has votado, no por convicción, sino “por el, o la menos peor”? Y, peor aún, ¿cuántas veces nuestros votos se han convertido en una especie de ritual vacío que apenas tiene eco en las políticas que genuinamente representen nuestros valores e intereses de largo plazo?

    La llamada democracia no está cumpliendo

    La promesa de la democracia parece estar en una vitrina resguardada e intocable. Su práctica se ve marcada por la fragmentación política, el embate de intereses económicos y una creciente desconfianza hacia las instituciones.

    La realidad es que lo que se presenta a nosotros como democracia, no está cumpliendo con su parte del trato. Mientras los desafíos globales, como el cambio climático o las crisis económicas, exigen respuestas inmediatas, los sistemas democráticos parecen trabados en debates interminables o, peor aún, secuestrados por agendas risibles y peleas partidistas.

    ¿Hay otras formas de gobierno disponibles?

    ¿Se trata entonces del fin de la democracia como nos la enseñaron en la escuela? Definitivamente estamos experimentando formas residuales y alternativas de prácticas gubernamentales, por lo que es buen momento para dejar de idealizar la democracia y comenzar a imaginar formas de gobierno más ajustadas a los tiempos actuales.

    – La “democracia líquida” —ese híbrido entre lo representativo y lo directo— suena como una opción viable. Se trata de dar la opción de votar personalmente en los temas que más nos interesan y delegar en representantes cuando no tenemos ni el tiempo ni la energía para informarnos. Se puede ver como una actualización de la democracia para la era digital, aunque deja en el aire preguntas como el destino del poder y la posibilidad de su concentración en manos específicas, como los más informados o capacitados.

    – También está la idea de una gobernanza algorítmica en la que inteligencias artificiales juegan un rol crítico al analizar datos masivos y recomendar políticas públicas con base en comportamientos sociales actuales. Se ha puesto el tema sobre varias mesas de discusión y seguramente formará parte de plataformas de inteligencia política, aunque también habrá dudas como saber quién vigila al algoritmo.

    – La demarquía, por su lado, representa una lotería política en la que cualquier ciudadano podría ser seleccionado para gobernar por un tiempo. En tiempos en los que las tómbolas suenan atractivas, esta posibilidad resuena como posible antídoto contra problemas estructurales como la corrupción, tomando en cuenta que un vecino con la preparatoria trunca y que apenas sabe usar una computadora, termine decidiendo el futuro energético del país.

    Ideas experimentales pueden sobrar, el tema de fondo es discutir la capacidad de la democracia para ser flexible sin que pierda sus valores elementales que la han puesto como fundamento de la integración social.

    En el fondo, el reto no lo presenta la democracia en sí, sino el uso a modo de ella. Tras intentos autocráticos en varias latitudes del planeta, es un hecho que con la disrupción tecnológica vengan también laboratorios de experimentación política en los que lo local y lo global, lo humano y lo digital, intenten poliarquías participativas, descentralizadas y subrayando lo que hoy carecemos: integridad y transparencia. Buena cuna, pues.

    Contacto:

    * Eduardo Navarrete es especialista en Estudios de futuros, periodista, fotógrafo y Head of Content en UX Marketing.

    Linkedin: https://www.linkedin.com/in/eduardo-navarrete

    Mail: [email protected]

    Instagram: @elnavarrete

    Sigue la información sobre los negocios y la actualidad en Forbes México