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    En noviembre de 2025, el autorretrato El sueño (la cama), de Frida Kahlo, se vendió en 55 millones de dólares, alcanzando así dos hitos: el primero es que es la obra más cara hecha por una artista mujer y, en segundo lugar, alcanzó un precio 1,000 veces mayor que cuando se subastó por primera vez en la década de 1980, de acuerdo con la casa de subastas Sotheby’s.

    Este es un ejemplo de cómo el arte es un activo refugio que sigue incrementando su valor mientras otros son más volátiles, como el S&P 500 o los bonos, por lo que tener arte es una apuesta a largo plazo, y si se cuenta con una pieza tan codiciada como la de Frida Kahlo, los números pueden ser estratosféricos.

    No obstante, aún hay grandes diferencias entre los artistas el “blue chip art” (Frida) y los ultra-contemporáneos, que son más riesgosos y no cualquier coleccionista está dispuesto a invertir en estos.

    Más allá de artistas mexicanos, el mercado del arte en América Latina ha mostrado una visibilidad y crecimiento significativos. Entre 2020 y 2023, las ventas de artistas latinoamericanos se han incrementado más de 50% comparadas con los años prepandemia, excediendo los 250 millones de dólares (mdd), de acuerdo con un artículo de Harvard Law Journal. En 2024, las ventas de obras de arte latinoamericanas totalizaron los 112 mdd. Y entre 2013 y 2023, los artistas de la región han amasado ventas por más de 2,740 millones de dólares, según información de Artnet.

    En dicho periodo, los artistas con mayores ventas son los argentinos, con más de 1,000 millones de dólares, seguido de los mexicanos por 509 mdd, y los colombianos con 332 mdd.

    Hablar hoy del estado del arte en México y América Latina implica aceptar una paradoja: nunca se ha producido tanto, nunca ha habido tanta visibilidad y, al mismo tiempo, nunca ha sido tan difícil fijar un diagnóstico claro. ¿Estamos ante una etapa de consolidación, de transición o de desgaste? Para el escultor mexicano Rodrigo de la Sierra, creador del personaje Timoteo, la respuesta no es excluyente.

    “Hoy conviven todas esas etapas al mismo tiempo”, explica. “Hay artistas muy consolidados que siguen profundizando en su lenguaje; otros que están en plena búsqueda y una enorme cantidad de propuestas nuevas que aparecen con una velocidad que hace imposible etiquetar el momento”.

    Este crecimiento cuantitativo ayuda a entender por qué, como señala De la Sierra, la producción artística ya no se mide en clave local.

    El artista nacido en la Ciudad de México no ve un desgaste estructural del arte mexicano, pero sí advierte un fenómeno que puede confundirse con él: la saturación. “Vivimos un abuso visual, sobre todo de medios tecnológicos y digitales, que a veces carecen de una propuesta sólida. Eso no significa que el arte esté agotado, sino que el ruido es cada vez mayor”, dice el artista incluido en 2021 por Forbes México en la lista de los mexicanos más creativos.

    Lo que resuena en México, tiene eco en Berlín

    Uno de los ejes que atraviesan la lectura de De la Sierra es la velocidad. El tiempo del arte (históricamente lento, reflexivo) se ha visto tensionado por una lógica de inmediatez que atraviesa no solo la producción, sino también la circulación y la recepción de las obras.

    “La tecnología no es el problema”, aclara. “Es una herramienta que puede aprovecharse en cualquier momento artístico. El riesgo está en confundir medio con propuesta”.

    Esa aceleración está íntimamente ligada a la globalización del sistema del arte. Lo que sucede en México resuena casi de inmediato en Berlín, Londres o Nueva York, y viceversa. Las ferias de arte contemporáneo se han convertido en nodos clave de ese intercambio: espacios donde lo local y lo global se mezclan hasta volverse casi indistinguibles.

    Uno de los debates persistentes en el arte latinoamericano es el de la identidad. Desde fuera de la región, muchas veces se espera que la obra “represente” un territorio, una problemática o una estética reconocible. De la Sierra matiza esa expectativa.

    “Cualquier artista está atravesado por su lugar y su tiempo; eso está en el ADN”, dice. “Pero eso no significa que la identidad deba convertirse en una consigna o en una estrategia”.

    En su propio trabajo, ha buscado deliberadamente escapar de una localización evidente. Timoteo (su personaje escultórico, desnudo, vulnerable y universal) no pertenece a un país específico. “He querido que sea un ciudadano del mundo”, afirma. “No que se lea como mexicano, sino como humano”.

    Eso no invalida otras posturas. Al contrario: De la Sierra reconoce la riqueza de propuestas profundamente arraigadas en contextos específicos, como ocurre con muchos artistas de Oaxaca que trabajan desde problemáticas locales con una identidad clara y consciente. “Ambas rutas son válidas”, subraya. “La diferencia está en la intención”.

    Y la producción de arte y cultura mexicana tiene una profunda riqueza, tanto intangible como material. Como ejemplo de lo segundo, el sector de la cultura aportó 865,682 millones de pesos a la economía en 2024, equivalente a un 2.8% del PIB total del país, de acuerdo con la Cuenta Satélite de la Cultura de México del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi). Del PIB cultural en México, un 18.4% (159,285 mdp) lo aportan las artesanías y un 4.5% (38,955 mdp) las artes visuales y plásticas. Y aunque este segmento es de menor tamaño, sí tiene un crecimiento mayor (5.3%), de acuerdo con datos del Inegi.

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    Dónde está hoy el centro del arte contemporáneo

    A pesar de los discursos sobre descentralización, el artista reconoce que el sistema del arte sigue teniendo polos dominantes. “Nueva York y varias capitales europeas continúan siendo los grandes centros donde se define buena parte de la agenda”, señala. A ellos suma ciudades como Miami, que han ganado peso como plataformas de intercambio y mercado.

    Sin embargo, la novedad no está tanto en el mapa como en su funcionamiento. “Hoy no importa si una feria ocurre en México o en Europa: lo que pasa ahí se replica de inmediato en otros lugares. El eco es global”.

    Otro elemento clave del panorama actual es la fragmentación de la escena. Ya no existe un solo “centro” del arte latinoamericano. Ciudades como Ciudad de México, Bogotá, São Paulo, Buenos Aires o Lima funcionan como nodos interconectados, cada uno con sus propias dinámicas, públicos y problemáticas. Para artistas consolidados, esto abre la posibilidad de circular sin depender exclusivamente de Europa o Estados Unidos; para los más jóvenes, implica también una mayor competencia y la necesidad de construir redes desde etapas tempranas de su carrera.

    Mercado, producción y escala

    Cuando la conversación gira hacia el mercado, De la Sierra no evade el tema: “Sí, el mercado condiciona la producción artística”.

    El ejemplo que pone es concreto. En el arte comercial, particularmente en escultura y arte pop, la noción de serie ha cambiado radicalmente. “Hace años, una edición de 18 o 36 piezas se consideraba grande. Hoy hablamos de series de 200, 500 o incluso 2,000 reproducciones”.

    A escala local, esas cifras pueden parecer excesivas. A escala global, no lo son. “Con el crecimiento del coleccionismo en países como China, una producción de 2,000 piezas es mínima. El mercado ya no es nacional; es mundial”.

    Esta lógica no solo afecta los volúmenes, sino también las decisiones creativas. La globalización no impone un estilo único, pero sí una conciencia permanente del alcance y la circulación de la obra.

    Asimismo, ante el incremento de la oferta, el coleccionista se vuelve más precavido al comprar, ya que muchos artistas nuevos aún no tienen una trayectoria consolidada, por lo que hay más riesgo. De acuerdo con un artículo del sitio especializado Arte al Día, en el mercado de artistas “ultra-contemporáneos”, es decir, aquellos artistas nacidos a partir de 1975, los precios han caído entre un 30 y 70% debajo del pico alcanzado entre 2020 y 2022.

    “Solo un pequeño grupo ha logrado mantenerse: aquellos que cuentan con un sólido reconocimiento crítico, representación institucional y, en muchos casos, el respaldo de galerías de gran peso. En realidad, solo los artistas que reúnen todos estos elementos han sobrevivido al ajuste. Las modas han pasado; lo que se valora ahora es una narrativa a largo plazo”, dice Arte al Día en su artículo.

    Por ello, los coleccionistas se vuelven más selectivos sobre qué artista comprar. Como dice la asesora de coleccionistas privados, Carmen Reviriego: Es mejor comprar una pieza buena que cuatro regulares.

    La obra frente al ruido

    En los últimos años, el ecosistema del arte en la región ha cambiado de forma acelerada. Las ferias internacionales, la profesionalización de galerías y la entrada de nuevos coleccionistas han generado oportunidades inéditas para muchos artistas. Sin embargo, este crecimiento también ha impuesto lógicas de visibilidad, producción constante y “marca personal” que no siempre dialogan bien con los tiempos largos de la reflexión artística.

    En una época donde la visibilidad del artista parece tan importante como la obra misma, De la Sierra defiende una idea clásica, pero cada vez más contracultural: la obra debe sostenerse sola.

    Cita a un maestro escultor: “El artista debe sentir hondo, pensar alto y hablar claro”. Para él, la pieza debe ser lo suficientemente sólida para “rebasar al artista”.

    Recuerda una de sus primeras bienales, donde el nombre del autor era secundario: la obra competía por sí misma, a partir de su título y su presencia. “Cuando expones en el extranjero, donde nadie te conoce, eso se vuelve evidente: la obra crea su propio currículo”.

    Esa es, para él, la única protección frente al ruido mediático y la sobreexposición: una propuesta con valores claros y una consolidación interna que no dependa del personaje público.

    El silencio y los gritos del arte contemporáneo

    Si el mundo parece estar “patas para arriba”, como insiste De la Sierra, el arte tiene ante sí un material inagotable. Sin embargo, el artista siente que aún podría decirse más.

    “Vivimos una realidad que rebasa a la ficción”, afirma. “Hay un caos global que merece ser abordado con más fuerza. Aplaudo a los artistas que se comprometen y gritan con su obra, pero creo que se necesitan más voces”.

    Uno de los riesgos que identifica es la normalización de la violencia y del desastre. Noticias de muertos, guerras o colapsos sociales se consumen con la misma indiferencia que cualquier otro contenido. “Es como vivir en una casa con un agujero en el techo mientras llueve, y seguir comiendo como si nada”.

    Para De la Sierra, el arte no tiene una obligación moral única, pero sí una responsabilidad implícita: cuando el artista siente el peso de su entorno, debe expresarlo con las herramientas que tiene.

    Timoteo y el mundo

    Timoteo, su personaje más conocido, no tiene boca. La decisión no es casual. “Las cosas no se dicen, se hacen”, suele repetir De la Sierra, citando a Woody Allen. Timoteo actúa, observa, carga, se encorva. No proclama.

    Si pudiera hablar hoy, quizá no lo haría con palabras, sino con un gesto: perplejo, inocente, irónico. “Tal vez diría algo como ‘paren esto, me quiero bajar’”, sugiere el artista, sin solemnidad.

    La esencia del personaje, explica, parte de una convicción simple: “La vida es demasiado seria como para tomarnos tan en serio”. Frente a un mundo desbordado por el ego, la violencia y la normalización del absurdo, Timoteo responde desde la ironía y la fragilidad.

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    Entre ferias y márgenes

    Rodrigo de la Sierra ha participado en Zona Maco en dos ocasiones, llevado por galerías extranjeras (una italiana y una coreana) con buenos resultados. Hoy no forma parte de la feria, aunque sigue observando el sistema con distancia crítica y curiosidad.

    “No estar también es una posición”, dice, entre bromas. “Además, siempre es interesante ir a enterarse de los chismes del mundo del arte”.

    En un entorno saturado de imágenes, discursos y urgencias, la obra sigue siendo el núcleo. Todo lo demás (el mercado, la visibilidad, el ruido) es circunstancial.

    En un mundo patas para arriba, el arte, como Timoteo, no siempre tiene respuestas, pero sí la capacidad de detenerse, mirar y recordarnos que la normalización del caos no debería ser una opción. Y si además el mercado escucha a estas nuevas voces, pueden surgir nuevas obras que se valuarán como grandes activos de inversión.

    Más que una escena homogénea, el arte en México y América Latina atraviesa hoy un momento de pluralidad intensa. Conviven discursos políticos, exploraciones íntimas, propuestas formales y obras abiertamente comerciales. La pregunta ya no es si el arte de la región “está a la altura” del circuito global, sino cómo logra participar en él sin perder complejidad ni convertirse en una caricatura de sí mismo.