En los últimos años ha comenzado a circular una idea inquietante: que las nuevas generaciones tienen un coeficiente intelectual más bajo que las anteriores. Algunos estudios recientes hablan incluso de una posible reversión del llamado efecto Flynn, ese fenómeno que durante el siglo XX mostraba aumentos constantes en las puntuaciones del coeficiente intelectual. Hoy, en múltiples países, se han detectado estancamientos e incluso ligeras caídas en pruebas cognitivas, especialmente en habilidades como memoria, comprensión lectora y resolución de problemas.
Sin embargo, los propios investigadores advierten algo crucial: esto no necesariamente implica una disminución de la inteligencia, sino un cambio en el tipo de habilidades cognitivas que se están desarrollando.
Para entender el debate, es necesario preguntarnos qué mide realmente el coeficiente intelectual. El IQ no mide “inteligencia” en un sentido amplio, sino el desempeño en ciertas tareas específicas: razonamiento lógico, memoria de trabajo, habilidades verbales y matemáticas. Estas pruebas están estandarizadas para que el promedio sea 100 y se construyen con base en contextos culturales e históricos determinados . Es decir, no son neutrales: reflejan lo que una sociedad considera importante saber y saber hacer en un momento específico.
Y ahí está el punto clave. Las pruebas de IQ miden habilidades que fueron centrales en una realidad distinta: una cultura basada en la lectura profunda, la memorización, la resolución de problemas abstractos sin asistencia tecnológica y el pensamiento lineal. Pero el mundo ha cambiado radicalmente. Hoy, los jóvenes operan en entornos digitales donde la información es abundante, inmediata y mediada por algoritmos. No necesitan recordar datos: necesitan saber encontrarlos, interpretarlos y utilizarlos en contextos cambiantes.
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Desde esta perspectiva, no es que las nuevas generaciones sean menos capaces, sino que están desarrollando otras formas de inteligencia. Habilidades como la navegación en entornos complejos, la multitarea, la lectura no lineal, la interpretación de imágenes y códigos visuales, la interacción con sistemas automatizados y la capacidad de síntesis se vuelven centrales. El problema es que estas habilidades no están necesariamente reflejadas en las pruebas tradicionales.
En este contexto, el verdadero reto no está en los estudiantes, sino en la docencia. Los modelos educativos siguen evaluando con herramientas diseñadas para un mundo que ya no existe. Se sigue premiando la memorización cuando lo relevante es la interpretación; se siguen enseñando contenidos cerrados cuando el entorno es dinámico; se sigue evaluando en individual cuando el conocimiento hoy es colaborativo.
El conocimiento deja de ser acumulativo y se vuelve estratégico: saber qué hacer con la información, no solo poseerla.
Tal vez no estamos frente a una generación menos inteligente, sino frente a una generación que ya no encaja en las formas tradicionales de medir la inteligencia. Y eso nos obliga a replantear no solo cómo enseñamos, sino qué entendemos por saber. Porque el problema no es que los estudiantes estén fallando en las pruebas. El problema es que las pruebas podrían estar fallando en comprender a los estudiantes.
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