Colocar el bienestar de la población en el centro de todo el discurso como el objeto de entrega y veneración es algo que se hace en todos los sentidos para manipular, persuadir, convencer y someter casi de forma inadvertida.
Una de las necesidades fundamentales del ser humano es saberse importante, relevante, significativo, valioso. Es estimulante recibir halagos, menciones, una sarta y bombardeo constante de reconocimiento. En política esta estrategia se usa para rendir resistencias, agregar seguidores e inflarles el ego.
Las audiencias deben sentirse atendidas, incluidas, magnificadas. La narrativa es que ahora sí, todo el mal que se les ha hecho será reparado, que el gobierno está de su lado (sin duda) y que cualquier cosa que haga es por su bien (sarcasmo).
Haciendo un paralelismo, como suele suceder en las relaciones humanas rotas, la ruptura suele llegar en agresiones aparentemente pequeñas que van subiendo de tono, ese amor se transforma en agravio, indiferencia, engaño, decepción, cinismo y desprecio.
Cada impuesto tiene una larga serie de justificaciones, solo con el fin de legitimar la extracción de los recursos generados por la población para que estos queden a disposición de la administración pública y se puedan ejercer a su antojo (especialmente cuando no existe división de poderes ni instituciones que fiscalicen o al menos ayuden a saber con claridad y transparencia su destino final).
La creación del impuesto a los refrescos –como en su momento lo fueron el del alcohol, el tabaco, la tenencia, ecológico de las gasolinas entre otros- tuvieron un argumento bondadoso, noble, se iba a luchar por erradicar las enfermedades, evitar que la población cayera en excesos y sobre todo contribuir a remediar los grandes problemas sociales.
El portafolio de recursos a favor de incrementar las contribuciones incluye recitaciones poéticas, alusiones históricas, voceros de supuestas organizaciones zalameras que solo sirven de comparsa, campañas de publicidad, recomendaciones de “líderes de opinión” (pagadas con recursos públicos, claro).
Nada más alejado de la realidad, nadie salió del vicio, la obesidad, la contaminación, las enfermedades, los desastres, la deuda, por el aumento de impuestos. No. Nadie. La cruda realidad es simple: “más dinero para el gobierno”.
El populismo se opone a reducir su nómina electoral permanente con etiqueta de “beneficiarios” y echa mano de lo que tiene al alcance y le resulta fácil. Nunca está se incluye el recorte de la ineficiencia, mediocridad, la corrupción y la ineptitud.
Resultados, desarrollo, crecimiento, superación, mejora, transparencia, calidad en el servicio, rendición de cuentas, son palabras proscritas, pecados mortales, herejías de los “adversarios”. Al estilo del mal amor ahí está el pueblo para defender a capa y espada que le saquen del bolsillo hasta la pelusa.
El objetivo es que -bajo el disfraz de austeridad y el sermón diario de recitación romántica- la mano que cobra pase inadvertida, tersa, fugaz.
La mayor manipulación se logra cuando se agradece al carterista que sea hábil y no use la violencia para atracar (faltaba más, eso es oficio político).
Electoral y políticamente el cariño sale caro, las promesas de flores, el sostenimiento de la verborrea, la demagogia, serenatas y luna de miel propagandísticas se lubrican con billete y este tiene que salir del “adorado” pueblo.
Cierto, los refrescos no son saludables, causan muchos problemas, sin duda, pero algunos jugos de frutas naturales contienen más calorías y azucares que las bebidas comerciales. ¿Cómo les explico que tomar refresco de dieta con garnachas no les quita la ingesta negativa de grasas saturadas?
Muchos años de experiencia en el sector, estudios y análisis de mercado lo dicen: millones de trabajadores lo consumen precisamente por ser una fuente de calorías en su dieta, un breve aliviane en la jornada de trabajo, un poco de sabor a una comida restringida porque hay que hacer rendir el salario.
Comer frutas, verduras, carne, alimentos saludables, perfecto. Nadie puede objetar ni discutir, pero ¿de dónde sale para eso? las mejoras a la dieta cuestan, las vitaminas, proteínas, calidad y contenido excelso de la comida significan ingresos de primer mundo.
Estrés, ansiedad, genética, sedentarismo, problemas sociales, una larga serie de factores contribuyen a la obesidad. Pero el populismo es bueno para crear “demonios” y “amenazas” con las cuales justificar su búsqueda de dinero fácil.
En esta ocasión incluso la propuesta es ir por todo, incluyendo las bebidas bajas en calorías, endulzantes, saborizantes o aditivos no serán tomados en cuenta y al grito de todos ponen, los impuestos se imponen.
No hay esperanza para cabilderos ni las empresas refresqueras, esto va por que va, ya se hicieron los cálculos y no hay marcha atrás ¿de dónde saldría si no, para mantener el idilio electorero?
El consumidor está en la mira, al igual que fumadores, bebedores, quienes tienen una propiedad auto, ahorros, son contribuyentes cautivos confirmados, indefensos, inamovibles, sometidos, ahí está la mina para aumentar los impuestos.
No hay estadísticas, indicadores ni mediciones que valgan (se inventan a destajo, por encargo y mera ocurrencia). Tampoco existe defensa jurídica, ni instituciones, ni lógica, influir y razonar es desperdicio; salud, educación, empleo, de nada valen.
La estrategia debe ser disfuncional, disruptiva, radical, contundente.
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