En algún punto incierto del siglo XX, la clase media se convirtió en un espejismo con Wi-Fi. Sus integrantes aprendieron a vivir como si aún tuvieran futuro, aunque ya nadie se los garantizaba. Llevaron a sus hijos a escuelas privadas, compraron a meses sin intereses, celebraron ascensos sin aumento real y aprendieron a sonreír en LinkedIn mientras el Excel doméstico ardía en números rojos.
Nadie se dio cuenta cuándo la clase media dejó de ser una posición y empezó a ser un papel. Un rol social que se interpreta con esfuerzo, con cuotas, con apariencias. Ser clase media ya no es tener estabilidad, es parecerlo.
Porque la estabilidad desapareció, pero el guion quedó intacto: tener un coche (aunque esté financiado a 48 meses), salir de vacaciones (aunque con el aguinaldo anticipado), pagar un seguro (aunque sea la cobertura mínima) y mantenerse en ese limbo moral de “ni ricos ni pobres”, como si el infierno fuera pertenecer con contundencia a cualquiera de los dos extremos.
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Sobreactuar implica tensión, desgaste, miedo. Pero también esperanza. Por eso la clase media es la más obediente de todas: tiene demasiado que perder y muy poco que ganar. No reclama mucho, no protesta, no se mueve mucho. Prefiere conservar la ilusión antes que arriesgar la escena.
Lo grave es que ya no tiene público. Los gobiernos la desatienden, los bancos la exprimen, las empresas la precarizan y los medios la romantizan. La clase media es el personaje favorito de la ficción nacional, pero fuera del relato, nadie se hace cargo.
Mientras tanto, muchos que ya salieron de la clase media siguen actuando como si aún pertenecieran. Y quienes todavía la conservan, lo hacen con miedo: basta un despido, una enfermedad, un aumento en la renta o un cambio de algoritmo para perderla. Porque hoy caer no significa una crisis contundente, sino una suma de pequeños retrocesos: dejar de ir al dentista, aplazar el gimnasio, cancelar el streaming o pedir prestado a escondidas.
Y sin embargo, ahí sigue: visible, ansiosa, bien peinada. Como si nada pasara. Como si todo estuviera bajo control. Como si el relato de progreso no se hubiera ido hace rato con las tasas de interés.
La clase media está sobreactuada porque la realidad es intolerable sin una puesta en escena. Sin el consuelo de parecer lo que alguna vez fuimos. O lo que tal vez nunca fuimos. Pero el telón se sostiene con alfileres. Y cuando caiga, no habrá aplausos. Solo silencio, deudas y una función que nadie se atrevió a interrumpir.
Sobre el autor:
Periodista por vocación, provocador por defecto. Eduardo Navarrete es Head of Comms & Press en Fintual México y escribe columnas porque Excel no lo deja expresarse.
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