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    Por Lucrecia Iruela*

    En Silicon Valley y otros centros de innovación, los inversores buscan startups con ideas revolucionarias para acelerarlas y expandirlas de forma exponencial. Este proceso, arduo y complejo, solo admite a los más preparados, aquellos que superan los rigurosos filtros de los expertos más exigentes. Sin embargo, es cada vez más común que las herramientas de inteligencia artificial desempeñen un papel decisivo, creando presentaciones tan impactantes que, en ocasiones, superan la verdadera calidad del producto o las capacidades reales de sus creadores. Esto ha dado lugar a una nueva realidad: lo que se muestra no siempre es lo que realmente existe detrás.  

    Hace no muchos años, las empresas emergentes presentaban propuestas que eran un reflejo directo de su creación y talento. Sin embargo, en el presente, herramientas basadas en inteligencia artificial están redefiniendo este escenario. Estas tecnologías permiten generar pitches impresionantes, tan pulidos y persuasivos que, en ocasiones, superan la realidad del producto o las capacidades de sus creadores. Esto abre una brecha preocupante: la desconexión entre la promesa y la sustancia. Por ende, los venture capitalists enfrentan un trabajo más arduo y se muestran mucho más escépticos.  

    La inteligencia artificial, como protagonista de nuestro tiempo, se ha convertido en un aliado poderoso, pero también en una sombra inquietante. En el ámbito de la comunicación, la narrativa y el mensaje están pasando por un proceso de transformación radical. El riesgo no reside únicamente en que estas herramientas puedan suplir el esfuerzo humano, sino en que desdibujen los límites entre lo auténtico y lo construido.  

    Es aquí donde surge un llamado a la reflexión. Como usuarios, empresarios y consumidores, debemos establecer con claridad cuáles son nuestras barreras éticas y “no negociables”. La autenticidad, la coherencia y la conexión humana no pueden quedar relegadas a algoritmos. En estos tiempos robóticos, la comunicación debe ser no solo efectiva, sino también genuina, reflejando fielmente el propósito y el potencial de quienes están detrás de cada proyecto.  

    El reto no es resistir la tecnología, sino integrarla de manera consciente y responsable, preservando la esencia de lo que significa comunicar: crear vínculos reales en un mundo que, cada vez más, se mueve al ritmo de lo artificial.  

    Hace poco leí una nota de una emprendedora de Silicon Valley a la que admiro, Anne Cocquyt, socia fundadora de The Guild. Compartía cómo, en menos de una hora, había realizado un gran volumen de trabajo: escribió y publicó ocho artículos, los subió a su web, los convirtió en podcasts y los publicó en YouTube, sintiéndose, según sus palabras, como “una maga del contenido”.  

    Todos los profesionales del contenido tenemos una gran responsabilidad: ensalzar, mantener y elevar nuestra profesión. Grandes figuras como Mark Dawson, un prolífico autor independiente; el estadounidense Paul Bellow, pionero en novelas LitRPG; o el mexicano Sebastián Tonda, primer embajador de Singularity University en México, nos muestran que se puede ser brillante utilizando la tecnología. Sin embargo, en un mundo acelerado por la tecnología, es nuestra labor garantizar que la comunicación conserve su propósito más humano: conectar.  

    En un entorno empresarial donde la estandarización de la comunicación se ha convertido en la norma, es fácil caer en mensajes impersonales y genéricos. Sin embargo, es precisamente aquí donde los coaches, managers y mentores tienen una responsabilidad crucial: fomentar una comunicación que sea personal, significativa y auténtica. Esto implica no solo transmitir información, sino hacerlo de una manera que genere impacto emocional y conexión.  

    Un correo electrónico, por ejemplo, puede ser mucho más que un simple medio de transacción de información. A través del correo, se puede transformar la relación. Cuando se escribe utilizando expresiones únicas, ejemplos concretos y metáforas que reflejan nuestra esencia, este se convierte en una herramienta poderosa que establece vínculos humanos. La comunicación emana de nuestra intención, y es esta precisamente la que surge de nuestro sentir, pensar, perspectiva y conexión. Al final, la clave no está únicamente en lo que decimos, sino en cómo lo decimos y en la expectativa que creamos en el lector. Cada mensaje tiene el potencial de ser una oportunidad para fortalecer relaciones y cultivar confianza.  

    La comunicación no debe reducirse a ser funcional; debe inspirar, motivar y conectar de manera genuina con las personas. Cada correo, presentación o interacción es una oportunidad para rescatar y realzar lo que nos hace humanos: la capacidad de escuchar, empatizar y conectar.  

    El futuro de la comunicación no está en resistir la tecnología, sino en aprender a integrarla conscientemente. Esto significa usarla para amplificar nuestra humanidad, no para reemplazarla.  

    Como siempre digo, podemos Do Better. Get Better. Be Better®. 

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    *Abogada, Coach Ejecutivo, Empresaria y Escritora

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