Parece que logramos elevar el arte de contener la respiración a una categoría de política económica. Mientras el resto del mundo se inyecta adrenalina digital y acelera hacia una productividad histórica, México decidió sentarse en una sala de espera. 2026 no será recordado por lo que logramos, sino por lo que pausamos mientras aguardábamos una firma.
Del reporte “Perspectivas de mercados 2026” de Fintual, surge una radiografía de dos velocidades que tendría que quitarle el sueño al más relajado.
La primera velocidad es una acelerada y ocurre en el norte. Estados Unidos logró un truco de magia contraintuitivo: crecer, dejando atrás a la mayoría. Nos enseñaron que el consumo masivo mueve la aguja, pero la realidad fue harto más cínica. Según el documento, el 20% de los hogares más ricos allá arriba ya consume el 57% de todo lo que se vende. Es una economía blindada por portafolios de inversión que crecieron 20% el año pasado. Mientras la clase trabajadora cuenta los centavos, la élite financiera mantiene la fiesta encendida. La desigualdad, esa vieja fractura expuesta, terminó siendo el motor del PIB estadounidense.
Y luego está la IA. Podemos dejar de gritar “burbuja” cada vez que vemos un gráfico ascendente. El reporte hace una distinción: las grandes tecnológicas no están infladas, están facturando. Sus utilidades se multiplicaron por quince en una década. La espuma en realidad está en otro lado, en esas startups que valen miles de millones sin tener un solo producto real, vendiendo humo a precio de oro y silicón. Estamos pasando de la etapa de los picos y las palas (el hardware) a la era de los orfebres (los modelos).
Pero mientras esa revolución termina de reconfigurar el planeta, nosotros decidimos poner pausa.
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México vive 2026 en un limbo. El reporte lo llama diplomáticamente “un compás de espera”. Yo veo una parálisis por ansiedad. Todo el capital que podría estar construyendo fábricas o patentes está congelado hasta julio, fecha en la que se revisa el T-MEC. Nadie apuesta sus fichas cuando sospecha que el dueño del casino (o sea, Washington) podría cambiar las reglas a mitad de la partida.
El resultado: un crecimiento anémico del 1,3%. Una mediocridad autoimpuesta. Y lo único que brilla en este estancamiento es la deuda: prestarle dinero al gobierno a largo plazo parece ser el único negocio seguro mientras se disipa la niebla.
La lección que arroja el reporte de Fintual (https://fintualist.com/mexico/educacion-financiera/perspectivas-de-mercados-2026-inversion-y-crecimiento-mx/) resulta áspera: el riesgo es político, más que financiero. La economía global se mueve por inercia tecnológica, pero la economía mexicana se convirtió en rehén de sus tiempos burocráticos.
Esperar a julio de 2026 para decidir nuestro futuro es tanto como encerrarnos en la recámara y pretender salir hasta el sexto mes. Porque no sobra decir que en la economía de la IA, seis meses de pausa equivalen a lustros de atraso. Y esa factura, tarde o temprano, alguien la tendrá que pagar.
Sobre el autor:
Periodista por vocación, provocador por defecto. Eduardo Navarrete es Head of Comms & Press en Fintual México y escribe columnas porque Excel no lo deja expresarse.
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