Por Karla Cuilty Esquivel** e Yvette Mucharraz y Cano*
En México, alrededor del 67 % de las labores de cuidado son realizadas por mujeres, mientras que solo el 33 % recaen en los hombres. El cuidado beneficia a 58 millones de personas, entre infantes, adolescentes, personas mayores, quienes padecen enfermedades o algún tipo de discapacidad. El cuidado constituye, por tanto, una actividad indispensable para el mantenimiento de la economía y de la vida en sociedad; sin embargo, no goza de un reconocimiento económico directo ni de beneficios materiales proporcionales a su importancia.
La problemática central del cuidado no solamente radica en su invisibilidad, falta de reconocimiento social y su escasa o nula remuneración. Estas características, derivadas en parte de la cultura, de la distribución de responsabilidades y de los roles de género, han contribuido históricamente a que el cuidado sea considerado un tema familiar y no un asunto público, con impacto económico y social.
La invisibilidad de estas labores puede comprenderse a partir de los planteamientos de Katrine Marçal, quien en su libro ¿Quién le preparaba la cena a Adam Smith? argumenta que la teoría económica clásica, elaborada casi exclusivamente por varones, excluyó de su análisis las actividades realizadas mayoritariamente por mujeres, como el cuidado, el trabajo doméstico y la limpieza. De esta forma, esta línea de pensamiento omite que estas labores contribuyen de manera directa a que otras personas puedan dedicarse exclusivamente al trabajo remunerado.
Además, Marçal señala que el “hombre ideal” sobre el cual se construye esta teoría es una figura abstracta que desconoce la interdependencia presente en distintas etapas de la vida humana. Durante la infancia, se requiere tiempo, atención y apoyo por parte de madres, padres o personas cuidadoras; mientras que, en la vejez, el cuidado suele recaer en hijas, hijos u otros familiares. Al prescindir del sustento no remunerado que brindan el cuidado y otras actividades realizadas principalmente por mujeres, esta teoría económica resulta poco aplicable a la realidad, ya que se apoya en supuestos que ignoran las condiciones materiales que permiten el funcionamiento del mercado. De esta forma, se limitaba a los varones a la participación en la vida pública y en la economía, dejando en un segundo plano, o anulando prácticamente, su rol en la familia y en la esfera privada.
En contraste y por tradición, a las mujeres se les ha asociado con los roles de cuidado. Esta asignación social de roles tiene un impacto directo en su participación en el mercado laboral y en la economía más allá de la administración de los recursos familiares, dado que con frecuencia se presupone que las mujeres no podrán desempeñar plenamente ciertas tareas, no son generadoras de riqueza, o que mostrarán un menor nivel de compromiso laboral debido a sus responsabilidades de cuidado.
Cuando las mujeres no logran integrarse al mercado laboral o permanecen fuera de él durante determinados periodos, enfrentan consecuencias económicas que tienden a mantenerse en el tiempo. Sus ingresos suelen ser inferiores a los de quienes permanecen activas de manera continua en el mercado de trabajo, lo que repercute en su estabilidad económica, acceso a derechos laborales y seguridad social.
En este contexto, la integración de un sistema de cuidados podría contribuir a mitigar estos problemas al ofrecer períodos de apoyo institucional que permitan a las personas encargadas del cuidado realizar otras actividades. Por ejemplo, una madre podría llevar a sus hijos a servicios de cuidado, o bien, una persona que funge como cuidadora de un adulto mayor o de una persona con discapacidad podría apoyarse en este sistema para disponer de tiempo destinado al trabajo remunerado o al descanso. Esto último resulta fundamental para prevenir el agotamiento físico y emocional, o burnout, de las personas cuidadoras.
Cabe destacar el caso de las mujeres que ejercen la jefatura de los hogares, las cuales representan uno de cada tres hogares en México. Si bien parecería que tienen mayor autonomía en la toma de decisiones, estas mujeres requieren también de redes de apoyo que les permitan integrarse al mercado laboral, tener disponibilidad de tiempo y cubrir adecuadamente las necesidades de sus familias, lo que refuerza la importancia de reconocer y redistribuir socialmente las tareas de cuidado.
Habría que plantearse también la pregunta de quién cuida de aquellas personas que cuidan de alguien más. La frase “el cuidado es el trabajo que hace posible todo lo demás” ilustra la importancia de estas actividades en las sociedades y en las economías a nivel mundial, visualizar, valorar y, en ciertos casos, incluso remunerar estas actividades mejoraría el bienestar de la sociedad.
Sobre las autoras:
*Yvette Mucharraz y Cano es Profesora del área de dirección de personal y directora del Centro de Investigación de la Mujer en la Alta Dirección de IPADE Business School
** Karla Cuilty Esquivel es Investigadora del Centro de Investigación de la Mujer en la Alta Dirección de IPADE Business School.
Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.
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