¡Qué curioso! En tiempos de progreso vertiginoso y de adelantos acelerados parece que corremos el riesgo de volvernos tontos. La disyuntiva que nos presenta la actualidad es si el avance opera a nuestro favor o no. Esta inquietud no es nueva. Los seres humanos siempre pensamos si la evolución nos lleva a un mejor lugar o a uno peor. Por ello, es necesario hacer un análisis crítico del uso adecuado de la inteligencia artifical. Es preciso preguntarnos si estas mejoras nos hacen más inteligentes o más tontos.
Ya en la Antigua Grecia existía esta inquietud. Sócrates —y a través de él, su discípulo Platón— rechazaba la memoria escrita porque consideraba que los libros eran “letra muerta”. Creía que el conocimiento genuino sólo nace del diálogo, el debate y el cuestionamiento en vivo. El desasosiego socrático iba en torno a dejar la memoria a un artefacto externo al cerebro y, en esta condición, se preguntaba si este progreso llevaría a un mejor lugar a la Humanidad.
Hoy, la tribulación de quien fuera conocido como el Tábano de Atenas es pertinente. La tontería artificial se refiere al uso inadecuado que hemos hecho de la inteligencia artificial. No se trata de asustarse o de ir en contra de la carrera tecnológica, como tampoco de abrazar en forma irreflexiva procesos que lejos de mejorarnos, nos empeoren. Es verdad y no hay duda de que la inteligencia artificial ha revolucionado nuestras vidas. Los diversos programas inteligentes y sus aplicaciones nos han dado soluciones innovadoras. Sin embargo, esta tecnología también ha dado lugar a una serie de circunstancias que, en muchos casos y sin lugar a dudas, pueden catalogarse como “tontería artificial”.
He acuñado este término en referencia al uso inadecuado —o irresponsable— de la inteligencia artificial. No podemos dejar de pensar. La Humanidad no debe de renunciar a la capacidad de examinar, razonar, evaluar, formar juicios sobre uno mismo o su entorno. La tontería artificial compromete la efectividad y nos puede llevar a decisiones perjudiciales.
En el ámbito empresarial, la inteligencia aratificial se nos ha presentado como una solución para mejorar operaciones, reducir costos y optimizar procesos. Con gran ilusión podemos caer en la trampa de una eficiencia ilusoria. Muchas empresas han adoptado un enfoque superficial al implementar estas tecnologías. La automatización de tareas rutinarias es sólo una parte del potencial. Muchas organizaciones caen en la trampa de pensar que cualquier tarea puede ser automatizada sin evaluar el contexto o el impacto que esto tendrá en el trabajo humano. Sin tomar en cuenta la dignidad de la persona.
Uno de los efectos más preocupantes de esta “tontería artificial” es la deshumanización del trabajo y pérdida de empleo. Al priorizar la tecnología por encima de la interacción humana, las empresas pueden crear un ambiente laboral tóxico. Además, la automatización indiscriminada ha llevado a la pérdida de empleos, dejando a muchos trabajadores en la incertidumbre, frenando el impulso económico. El mejor ejemplo es el de empresas de atención al cliente que han sustituido agentes humanos por chatbots. Aunque estos sistemas pueden manejar preguntas básicas, a menudo carecen de la empatía y el entendimiento necesarios para resolver problemas complejos. Esto frustra a los clientes, y puede dañar la reputación de la empresa a largo plazo. En muchos casos, los usuarios sienten que sus expectativas chocan con un obstáculo que les impide resolver sus problemas y preferirán buscar una compañía que los ayude y no una que no.
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La promoción sin análisis de inteligencia artificial en la academia ha probado ser un cuchillo de doble filo y una muestra fehaciente de tontería artificial. Cuando la inteligencia artificial es usada para personalizar la educación, mejorar el aprendizaje y facilitar la investigación, tenemos resultados virtuosos. Pero, el uso irresponsable de estas tecnologías puede llevar a resultados desastrosos. La dependencia excesiva de estudiantes y profesores da lugar a sesgos y a una comprensión superficial del aprendizaje. Asimismo, la proliferación de herramientas de generación de texto basadas en en inteligencia artificial ha facilitado el plagio y la falta de originalidad en los trabajos académicos. Muchos estudiantes optan por utilizar estas herramientas como atajos, lo que no nada más perjudica su aprendizaje, sino que también devalúa el valor de las credenciales académicas. Esto debiera llevarnos a plantearnos la pregunta sobre si ¿estamos realmente educando a la próxima generación o simplemente entrenándola para cumplir con estándares muy bajos? Hacer ese uso pareciera más tontería artificial que otra cosa.
En la medicina y ciencias de la salud, la inteligencia artificial ha mostrado ser maravillosa e increíble para mejorar los diagnósticos y personalizar tratamientos. Sin embargo, su uso inadecuado puede tener consecuencias fatales. Consultar una herammienta como ChatGPT o GeminiAI puede llevar a diagnósticos equivocados. Además, la dependencia excesiva en la inteligencia artificial para la toma de decisiones médicas puede desincentivar la formación continua de los profesionales de la salud. Esto puede crear una brecha en la atención médica, donde los médicos se convierten en meros operadores de tecnología en lugar de expertos en diagnóstico y tratamiento.
Debieramos orientarnos hacia un uso Responsable de la inteligencia artificial. Es necesario trabajar en torno a la regulación para evitar la tontería artificial. Es fundamental establecer reglas que guíen el uso de la inteligencia artificial. Esto incluye garantizar la transparencia en cómo se utilizan los algoritmos y asegurar que se tomen medidas para mitigar los sesgos.
Las empresas deben invertir en la formación de sus empleados para que comprendan las implicaciones de la inteligencia artificial en su entorno de trabajo. La inclusión debe ser un principio fundamental en el desarrollo de estos sistemas. La inteligencia artificial tiene el potencial de transformar nuestras vidas de maneras inimaginables, pero su uso irresponsable puede resultar en una “tontería artificial” que perjudica más de lo que ayuda.
Es crucial que todos los sectores —negocios, academia, medicina y más— adopten un enfoque reflexivo y ético al implementar estas tecnologías. Solo así podremos aprovechar al máximo el potencial de la IA y construir un futuro en el que esta herramienta sirva verdaderamente a la humanidad. Es preciso reflexionar y preguntarnos: ¿Cómo podemos, como sociedad, fomentar un uso más responsable y ético de la inteligencia artificial en nuestras vidas diarias?
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