Contaba Mariano Azuela que el presidente Ernesto Zedillo lo invitó a desayunar a su casa. En esos momentos se discutía lo que sería la transformación de la Suprema Corte, que pasaría de 26 a 11 ministros.
Azuela, al entrar al lugar de la cita, se encontró con un cuadro de la virgen de Guadalupe, católico, como era, lo consideró como una señal de que “todo iría bien”, y así fue, ya que sorteó la aduana de las siguientes designaciones y permaneció como ministro por dos décadas, ya que llegó al pleno en 1983.
Presidió la Suprema Corte entre 2003 y 2007, por lo que le tocó capotear una etapa de enorme importancia, ya que por primera vez había en Los Pinos un mandatario panista, Vicente Fox.
Si algo define el contorno de aquellos días es precisamente el equilibrio de los poderes, la estira y aflija que es esencial desde una perspectiva democrática.
La Presidencia de la República era un factor más, muy relevante, pero que no definía las votaciones en el Pleno, porque justamente se trataba de interpretar y defender a la Constitución en todo momento.
Para nada era una época mágica, ni mucho menos, pero conviene tener presentes las que sí eran virtudes y las que fueron posibles porque jueces como Azuela utilizaron de la manera adecuada uno de los atributos más preciados: el de la libertad.
El periodo de Azuela a la cabeza del máximo tribunal del país se puede ilustrar por la voluntad de buscar siempre el acuerdo de sus pares, el decidir de manera conjunta sobre los grandes temas que cruzaban por el cambio que ya se experimentaba en el sistema judicial.
Recordar lo anterior, sirve como tarima de observación para comprender un legado poderoso, un reconocimiento que el ministro siempre obtuvo y conservó de sus pares, no porque tuvieran que estar de acuerdo ni pesar lo mismo, sino porque siempre estuvieron dispuesto a escucharse, a ponderar el argumento de los otros.
Como jurista constitucional y como persona, a ministro Azuela siempre lo definieron dos pilares de su actuación, la búsqueda de la verdad y la justicia.
Por eso hizo de la ética uno de los ejes de su trabajo y también de jueces y magistrados, impulsando un código que sirviera como guía del comportamiento cotidiano.
Azuela sabía que el cambio que se estaba experimentando requería del conocimiento de la sociedad y por ello creó el Canal Judicial en 2006, lo que permitió que La Corte “entrara en los hogares de las personas” y que dio oportunidad a que se conociera el trabajo de los ministros en el Pleno y en sus salas.
Vendrán, por supuesto, los balances sobre la trayectoria del ministro Azuela, lo que sin duda servirán para las actuales y las próximas generaciones de abogados.
Seguramente se destacará su vocación por la ética, su calidad como persona y, por qué no, si buen sentido del humor, inclusive en los mementos más complejos.
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