A nadie le gusta la insistencia de alertas urgentes, demoledores discursos, llamados a la reflexión y sobre todo la impostergable necesidad de actuar antes de que sea demasiado tarde.
La semana pasada se hicieron públicos los resultados de investigaciones realizadas durante varios años que volvieron a cimbrar en los pronósticos económicos y las perspectivas de supervivencia para la humanidad.
Miles de organizaciones, líderes, analistas y personalidades lo repitieron y reiteraron: estamos en un punto de crítico para el mundo futuro, donde el destino y calidad de vida de las generaciones por venir está en juego.
El agua se agota, está más contaminada, cada vez es más difícil y costoso acceder a ella; potabilizarla y limpiarla resulta muy oneroso y complicado.
Usra el termino bancarrota hídrica es un reflejo mordaz que implica la escalada de la sed a nivel mundial y lo que será una crisis pronunciada, profunda y hasta dramática a nivel social.
No se trata solo de no poder satisfacer las necesidades fundamentales como lavar, cocinar, asearse, sino de la sed misma. Para cerca del 40% de la población la crudeza de carecer de agua en condiciones mínimas de pureza ocasionará millones de muertes por enfermedades y la propia escasez del líquido.
La sentencia puede sonar exagerada pero ya ocurre actualmente, es una estadística sobre la que nadie pone atención y sobre la que se insiste en no soslayarla.
Las conclusiones son crudas pero realistas al final; el daño hecho al planeta es cada vez más evidente, las consecuencias de la deforestación, desertificación, erosión acelerada y los incendios forestales (entre otras cosas) han producido cambios irreversibles.
Basta tan solo observar por la ventana de un avión comercial para darse cuenta de la devastación de bosques y selvas, del crecimiento desordenada de las manchas urbanas, la sequedad, la extinción de las fuentes de agua y hasta el cambio de color del planeta.
Los estudios fueron más allá y encontraron como las fuentes de abastecimiento se agotaron paulatinamente y ahora es necesario perforar pozos muy profundos para acceder a aguas fosilizadas, cargadas de metales pesados, escurrimientos contaminados entre capas de roca más duras.
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La sobreexplotación, los conjuntos habitacionales y la agricultura -entre otros factores- contribuyeron a la polución y extinción del 85% de todos los humedales, manantiales, ríos, lagunas, lagos, arroyos en el mundo en menos de 30 años (de mediados de los años 90 a la fecha).
El 35% de los glaciares y hielos perpetuos de las montañas también ha sido parte de las perdidas vitales que ahora pasan la factura. Se perdieron, se retrajeron y ahora solo son recuerdos en fotografías de turistas ochenteros.
Los polos también pierden cantidades masivas, inimaginables de hielo, cada día son millones de litros de agua derretidos que ya no se recuperan con la velocidad necesaria y que están impactando en condiciones extremas de temperaturas récord en el mundo.
Visto como un sistema, lo anterior explica, la explosividad de tormentas, huracanes, nevadas, lluvias torrenciales, tornados por un lado y la frecuencia de tolvaneras, incendios forestales, sequias y calor por el otro.
El daño ambiental sobre el agua es una verdadera masacre, incluso sarcástica y retorcida, millones de toneladas de basura, metales pesados, micro-plásticos, derrames petroleros, toda clase de sustancias peligrosas, material radioactivo, químicos, materia orgánica terminan depositados en ella.
El mar es sobre explotado, agobiado, saturado de contaminantes, es ya el mayor basurero a cielo abierto, todas las descargas que terminan en el flotarán o se hundirán y permanecerán ahí hasta por miles de años.
La vida marina está en serio riesgo, la alimentación de al menos un 30% de la población mundial depende en gran medida de su sustentabilidad, pero se avecinan tiempos muy complicados y de enorme presión económica.
Los tiraderos terminan filtrando lixiviados cada minuto y así surge otro ciclo nocivo: contaminación directa para las aguas subterráneas y los acuíferos.
El desperdicio es recurrente en la agricultura y la ganadería, el costo de mantener a una población creciente y hambrienta depreda miles de hectáreas a cada minuto y va acabando con el suelo fértil causando de paso la extinción masiva de las especies.
En las ciudades el derroche es estridente, cínico, en algunas urbes casi el 40% del agua disponible en la red de abasto simplemente se tira, se fuga, o se derrama sin control ni utilidad.
La ONU y la comunidad científica repiten y repiten hasta el hartazgo, sin agua no hay futuro, si le agregas la ebullición climática, vivir en este planeta en los próximos 20 años será indeseable, muy caro, deplorable, extenuante, solo unos cuantos podrían solventarlo.
Los escenarios catastróficos que se describen van desde disputas locales, migración obligada y desplazamiento hasta una escalada regional de guerra por el agua, combinado con hambrunas, sequias prolongadas y alta presión social.
Paradójico, apocalíptico, inverosímil, ridículo, increíble, fantasioso, exagerado todos estos calificativos también se expresaron en contra de las evidencias, lo cierto es que abrir la llave es un reto sobre el que nadie puede saber con certeza que depara el futuro. Quizá hasta que el agua no brote más.
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