Por Luis Javier Álvarez Alfeirán*
La sombra de la guerra parece amenazar a la humanidad en esta segunda mitad del año. El conflicto Israel-Palestina toma otro tinte, mucho más peligroso, sumando a Irán y su potencial armamento nuclear; Estados Unidos, haciendo también advertencias que, junto a las recientes protestas en Estados Unidos, bastarían para que se sumara –buscando el presidente mayor popularidad bajo la bandera del nacionalismo americano–. En Europa, Rusia y Ucrania no parecen ceder; África, con conflictos de menor magnitud, no termina de ser un continente estable lo mismo que Latinoamérica con el creciente dominio de la narcopolítica en la región. Parece ser que la era del progreso siempre termina enfrentando a las sociedades, ciclos históricos que se repiten continuamente.
Hablando de geopolítica el panorama parece bastante desolador, a nivel más de individuos, no parece muy diferente; sociedades internamente confrontadas por temas migratorios, raciales, ideológicos, políticos o religiosos. La era digital y de las super comunicaciones, en una evidente contradicción, aísla a las personas; “vivimos en una sociedad en la que no nos tratamos” dice el más recientemente galardonado con el premio Princesa de Asturias 2025 en comunicación y humanidades Byung-Chul Han en su libro El espíritu de la esperanza.
La economía mundial tampoco vive una situación que pareciera más alentadora encontrándose llena de incertidumbre y radicalismos impositivos.
Ante el aparentemente difícil panorama internacional, devolver la mirada a la persona humana nos puede dar esa luz de esperanza de la que parece carecer nuestra época. A lo largo de la historia, la humanidad siempre ha sabido sobrellevar los más oscuros presagios, los tiempos más difíciles y las adversidades más grandes. A través de la cocina podemos entender la armonía que habita ontológicamente dentro de la persona humana.
La cocina moderna no carece de sofisticación y tecnología, se habla y se comparte sin importar ideología, religión o raza, los ingredientes se armonizan sin contemplaciones ni complejos. Los sabores amalgaman las culturas dando origen a transformaciones que superan las condiciones más viles de la humanidad. El valor moral y la trascendencia de la gastronomía puede significar un modelo de vida en un mundo desestructurado. La cocina, a pesar de su apertura, debe respetar reglas y procesos para alcanzar incluso los más exquisitos resultados.
Todo buen cocinero sabe que el talento y las buenas intenciones no bastan dentro de la cocina; la unidad, la disciplina, la paciencia, la tolerancia, la búsqueda del último propósito es siempre indispensable. Los ingredientes armonizan cuando los procesos son claros y definidos.
Así mismo, la humanidad debe entender que no puede vivir sin reglas básicas de convivencia, que la anarquía no es un camino, que no respetar los derechos de los demás es como creer que si uno deja las cosas al fuego no se van a quemar. Que omitir la pimienta en un plato porque su origen no es de nuestra región llevará al platillo a perder muchas de sus potencialidades. Que, –en el caso de la cocina mexicana–, no mezclar ingredientes tan diversos como el chile y el chocolate [sumado a otros muchos], solo por ser diversos, no tendríamos nuestros famosos y deliciosos moles.
La cocina como transformación nació del caos y de los accidentes, el fuego fue fundamental para pasar del miedo al sedentarismo. De las especies animales, sólo el ser humano fue capaz de domarlo y usarlo en su propio beneficio. “Cocinar hizo al hombre” diría Faustino Cordón; no es una frase solamente, es una consigna, somos más humanos cuanto más cocinamos, cuando comprendemos que nuestra humanidad está presente en el uso y riqueza de la diversidad y no en los antagonismos.
No perdamos la esperanza de una vida mejor, tomemos el ejemplo de la cocina y hagámosla encuentro con nuestros semejantes. Que la paz nos reúna uno a uno y comencemos una nueva era de transformación social basada en el respeto a los demás, en el trabajo duro, en la armonía de la convivencia social bajo reglas claras y exigibles. Mucho nos puede enseñar el mundo de lo culinario para ser mejores personas, para no dejar de creer en nosotros mismos y en nuestra potencial riqueza humana.
Sobre el autor:
*Luis Javier Álvarez Alfeirán, MA, es director de Le Cordon Bleu-Anáhuac.
Correo: [email protected]
Twitter: @DirectorLCBMx
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